En la página 124 de "Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992)", Manuel Caballero alude a la conocida crítica de la intromisión de los partidos políticos en cualquier ámbito de nuestra sociedad, por ejemplo, a la crítica de que adecos y copeyanos intervenían en las elecciones de los gremios, los criollitos de Venezuela o hasta en la elección de la respectiva reina de carnaval. La crítica, a su entender, no era muy exagerada. Como él llega hasta 1992 en su libro, creo que tampoco sería exagerado decir que la cosa no sólo ha continuado sino que en su cronificación se ha agudizado, no sería exagerado afirmar que hoy un solo partido político ha intervenido, cuando no capturado, prácticamente cualquier instancia de organización social del país, calle por calle, cuadra por cuadra. En otras palabras, el tejido social se supedita a intereses partidistas, aumentando los controles sociales del Estado, a su vez capturado por el mismo partido. Caballero explica la cuestión en la misma página, dice que "...al aparecer en la escena venezolana, los partidos políticos contemporáneos estaban actuando en terreno virgen. En efecto, en las sociedades de más larga historia política, los partidos no suelen encontrarse solos en el escenario social.". Se refiere nuestro historiador al hito histórico de 1945, a la etapa que se inicia con el golpe de Estado de un grupo militar con la cúpula adeca para desplazar el gobierno de Medina.
Precisamente el gobierno de Medina ya había hecho unos primeros intentos por crear tejido en la sociedad civil. Aprovechando el poder del Estado reunió a empresarios para formar su gremio: Fedecámaras. Igual emprendió el camino impulsando otras instancias gremiales y reforzando las pocas existentes, como fue el caso del sector de los educadores, que ya venía de poco antes, o del sector de los ingenieros. Luego el trienio 1945-1948 promovió, entre otros, la federación campesina y los sindicatos laborales, si bien quedaron capturados por el partido. Véase bien, las organizaciones civiles y comunitarias, salvo excepciones, no emergieron de un largo proceso de formación histórica, de forma independiente, motu proprio, sino que los partidos en control del Estado las fundaron. El carácter orgánico de la sociedad, es decir, la sociedad organizada en asociaciones civiles y comunitarias de acuerdo con sus respectivos intereses sectoriales, fue creado desde arriba, casi que decretado. A esto se refiere Caballero con terreno virgen que se consiguieron los partidos, un terreno social todavía no formado, no asentado históricamente. Dicha virginidad tiene un anclaje en nuestra turbulenta historia republicana.
Nuestro siglo XIX fue de lo más devastador del continente. Nuestra independencia fue en parte una guerra civil y en parte una guerra con España, una especie de round robin, un todos contra todos bélico. Luego, a nuestros libertadores se les ocurrió continuar la empresa independentista en otras tierras. El proceso fue muy duro. Bolívar mismo al final de sus días, y vistas las divisiones generadas, se pregunta sobre el sentido de tamaña empresa una vez que hay que reconstruir casi todo. Pero la demolición sociohistórica no concluye con la independencia. El siglo XIX venezolano es una alternancia de momentos de paz para construir instituciones con momentos sangrientos como la Guerra Federal. Lo que se comenzaba a levantar se destrozaba al poco tiempo. Y así hasta la llegada de Gómez, cuando el propio Caballero dice que se puso fin a la Venezuela de a caballo, la de los caudillos regionales y sus enfrentamientos.
Elaborar tejido social lleva tiempo, el arte de tejer alianzas y organizaciones supone asentar relaciones que perduren más allá de una o dos generaciones. Pero este tejer se hace imposible si tu casa recién levantada es arrasada por los ejércitos enfrentados. No hay tiempo para arraigarse, para echar raíces. Quizás la excepción fueron las regiones andinas debida a la escarpada geografía que las protegía de los conflictos, pero también hasta tiempo reciente las mantuvo incomunicadas del resto del país, un resto que se levantaba y caía una y otra vez. Fue el largo período de Gómez el que comenzó a construir la estabilidad mínima para empezar a tejer una sociedad orgánica, poco a poco, y, eso sí, sin meterse con los intereses del tirano. Fundó el ejército nacional, fundamental para el Estado moderno en el clásico concepto de Weber: un Estado caracterizado por el monopolio del uso de la fuerza. Comenzó a generar unas cuentas nacionales y a armar el aparato burocrático requerido para ese Estado moderno. Así, la Venezuela propiamente republicana comienza a nacer hace un siglo, muy poco en la historia de una formación social.
Se logró en las primeras décadas del siglo XX una estabilidad mínima para empezar a hacer sociedad. No obstante, pronto entró en escena una economía que como la petrolera poco facilitó la tarea de tejer vínculos sociales permanentes. El petróleo ha movido al mundo industrial de los últimos 150 años. Ha sido el centro energético del planeta. Se trata de una economía portentosa en la entrada de recursos monetarios. En Venezuela ello fortaleció a su propietario, el Estado. Este se transformó en un gigante con pies de barro, poderoso económica y militarmente pero sin mayor tejido social, capturado un tiempo por las fuerzas armadas y otra por unos partidos políticos que, en cuanto tales, repetían la historia del propio Estado, esto es, organizaciones políticas controladas por sus cúpulas ante el déficit organizacional de sus militantes. En nuestro país, desde la familia hasta el Estado, pasando por distintas instituciones sociales, se reproduce una estructura piramidal en el sentido de un orden jerárquico gobernado por un caudillo o unos pocos, una camarilla, un cogollo, una cúpula. En la base de la pirámide no hay socios, sino individuos poco relacionados entre sí vinculados a través del jefe, se llame este madre, secretario general o presidente. Por eso el Estado, capturado por estos cogollos, carece de efectiva base sociológica, sus pies son de barro pero con mucho poderío económico y militar generador de una constante dependencia de toda la sociedad. Como decía Uslar, y no sólo Uslar, la sociedad vive del Estado y no el Estado de la sociedad. O para decirlo con Mercedes Pulido de Briceño: en Venezuela el gobierno, apropiado del Estado, puede darse el lujo de darle muchas veces la espalda a la sociedad, gobernar casi que sin ella, gobernar aunque ella muestre que no quiere ser gobernada por ese gobierno. Un clásico de la teoría social como Durkheim califica esta situación como una monstruosidad sociológica, pues el Estado puede aplastar al individuo a falta de la mediación de las organizaciones sociales. Si esta fotografía es real, entonces la democracia siempre será más un deseo que una realidad, y como bien dice la sabiduría popular, deseo no preña.
"¿Con qué se come la sociedad civil?" dijo un Vicepresidente de la República de apellido Miquilena. ¿Se acuerdan? Comenzaba la deriva de la última etapa histórica, una que a veces inspirada en Ceresole se sentía agradada con el lema "un caudillo y un pueblo", sin mediaciones, sin organicidad. Y, sin embargo, por otra parte se trató de impulsar la construcción de tejidos sociales bajo la denominación de consejos comunales, mesas de agua, comunas, etcétera. Pero pronto, casi que en un vaivén histérico, las nacientes organizaciones eran intervenidas desde arriba, en menos de un año se modificó la naciente ley para someterlas a una comisión presidencial, se las redujo a maquinaría electoral, se las hizo completamente dependientes del financiamiento del gobierno (Estado). Y eso pudo ser porque el sujeto social era muy frágil, sin mayor tejido asentado, y el gobierno, en cambio, muy poderoso y enfrentando enemigos rudos y tremendistas. En términos formales somos una sociedad política, un Estado nacional con un territorio, empero, ¿esta sociedad política dispone de una sociedad orgánica por organizada?
Tomadas estas letras hiperbólicamente pareciera que no hay sociedad civil ni comunidades en el país. Y no dudo que se pueda hacer este ejercicio hiperbólico, seguramente lo facilite mi angustia ante el presente y el futuro. Y sin embargo las hay, pero les cuesta mucho formarse, crecer y sustentarse en el tiempo. Especialmente difícil les ha sido esta tarea formativa en los últimos años por las crisis a las que hemos estado sometidos, con particular referencia a nuestro desastre económico y a las consecuencias de las actitudes autoritarias de quienes han ostentado el poder. Sobreviven a duras penas muchas familias, adoloridas hasta el alma por el éxodo obligado que deja sin juventud el país, sin ellas y su esfuerzo estaríamos completamente perdidos. Sobreviven organizaciones locales y puntuales, económicas, culturales, asociaciones que por su pequeña escala necesitan para establecerse estrechar lazos con otras organizaciones y consolidar plataformas mayores. Sobreviven instituciones valiosas como las universidades y muchos otros se mantienen con grandes riesgos al frente de gremios, sindicatos, ONG’s, grupos religiosos y otros entes semejantes. Bastantes tendrán que remozarse. ¿Desde cuándo Natera es presidente de la federación médica? Quizás tenga muchos méritos, quizás haya logrado una "estabilidad" por décadas, pero, ¿no habla ello del tejido social de los médicos del país? Y no se trata de un caso aislado.
Por eso, cuando hablamos de transición en el país, cabe preguntarse, ¿estamos realmente en transición? De ser el caso, ¿a qué tipo de transición nos referimos? ¿Sólo política? ¿Política y económica? ¿Qué pasa con la transición social, con el paso de una sociedad atomizada a otra floreciente en diversas organizaciones civiles y comunitarias lo menos dependientes posible de un Estado autoritario? Pues probablemente los cambios políticos y económicos puedan realizarse en menos tiempo que los sociales, aquellos llevarán algunos años, estos al menos una generación si empezamos hoy. Aquellos podrán ser cambios de actores pero con un mismo libreto, estos serán, de ser, más sustantivos. Preocupa que en estos días vuelve el furor por la economía petrolera, por las promisorias inversiones que vendrán en petróleo y minería. La rapaz águila calva del norte así lo ha decretado y ya ha presentado su doctrina Donroe. Mientras, se comprenden las esperanzas que surgen entre una mayoría que lleva mucho tiempo comiéndose un cable por el desastre histórico causado en los últimos años. Sin embargo, esa economía que se promete no facilita la tarea de tejer sociedad. ¿Qué pasa con la economía no petrolera, realmente no petrolera? Pues la petrolera seguirá bajo control de un Estado con poca sociedad, y no parece que tanto de este Estado nuestro como el del rapaz norteño. ¿Qué pasa con el auténtico empoderamiento económico y político de nuestra gente? ¿Hay en el horizonte una agenda para discutir y proponer políticas públicas, educativas, económicas y sociales dirigidas a este empoderamiento? ¿O se tratará todo esto de cambios gatopardianos? ¿Que todo cambie para que nada cambie? El gatopardismo siempre ha estado a la orden del día, en la Italia del siglo XIX y también en la Venezuela del XXI.