La historia de América Latina durante los últimos dos siglos ha estado íntimamente ligada a la política exterior de los Estados Unidos, que comenzó como una postura defensiva frente al colonialismo europeo, que luego con el tiempo, se transformó en una política de intervencionismo activo que ha moldeado profundamente el destino de la región. Veamos aquí las causas y las consecuencias de estas intervenciones, examinando cómo la búsqueda de una hegemonía política y económica estadunidense, ha impactado la soberanía y el desarrollo de los pueblos latinoamericanos.
La presencia de Estados Unidos en América Latina, históricamente no ha sido un fenómeno aislado, sino un patrón recurrente, de acciones militares, políticas y económicas que se extienden desde el siglo XIX hasta la actualidad. Este historial de intervenciones muestra una evolución constante en sus métodos, pasando de ocupaciones territoriales directas a operaciones encubiertas y presiones financieras; desde el siglo XIX el expansionismo y las intervenciones, han estado marcadas por la doctrina del "Destino Manifiesto", la ideología del siglo XIX, en Estados Unidos, que afirmaba que era el destino inevitable y divino, de la nación expandirse desde el Atlántico hasta el Pacífico, llevando la "democracia" y sus valores, justificando así la anexión de territorios y el dominio sobre otras culturas y que aún resuena en la política estadounidense moderna, inspirando el expansionismo, que impulsó la expansión territorial y el control, sobre áreas estratégicas como Centroamérica y el Caribe. Así se instauraba la era del "Gran Garrote", a principios del siglo XX, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, consolidando Estados Unidos, su papel como "policía internacional" en la región, realizando intervenciones frecuentes en países como Cuba, Nicaragua, Haití y la República Dominicana para asegurar el orden y el pago de deudas.
A mediados del siglo XX, la metodología expansionista cambia el enfoque hacia la lucha contra la influencia soviética, derivando en el apoyo a golpes de estado y la instauración de dictaduras militares, siendo los casos de Chile con Allende asesinado en 1973, como el caso de Juan Jacobo Árbenz en Guatemala, también depuesto por mandato imperial en 1954, entre otros dolorosos casos, son ejemplos emblemáticos de esta política de desestabilización a los países latinos y caribeños.
En el siglo XXI, aunque las invasiones directas han sido menos frecuentes, sin embargo, persisten las presiones militares y financieras, así como el despliegue de fuerzas navales estadounidenses cerca de naciones en crisis y golpes de estados como el "carmonazo", en contra del presidente Hugo Chávez, secuestrado en 2002, luego el paro petrolero, causando serios problemas sociales y económicos al pueblo venezolano, luego con Nicolás Maduro, las sanciones económicas a partir del 2015, afectando el comercio petrolero, con la imposición del bloqueo económico, causando una de las más dolorosas crisis, al pueblo de Venezuela y como pudimos observar, durante los últimos cuatro meses del año 2025, el bloque naval por parte de la Armada de los Estados Unidos, asesinando humildes pescadores, en las aguas de Caribe y la invasión bélica al suelo venezolano, el 3 de enero de 2026, bombardeo y secuestro del Presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, con un doloroso saldo de alrededor de un centenar de personas asesinadas y muchos heridos, por tropas élites del imperio norteamericano, lo cual representa una flagrante violación del Derecho Internacional y la libre determinación de los pueblos.
Los motores que han impulsado la política exterior estadounidense en la región son diversos y complejos, abarcando desde justificaciones ideológicas infundadas, en contra del avance del comunismo como excusas, que no son otra cosa, que frenar el derecho de los pueblos a ser libres e independientes, y así poder controlar las riquezas nacionales en beneficio de las aspiraciones imperiales, la usurpación y saqueos a los pueblos latinos por parte de los imperialistas yanquis, que históricamente ha tratado a América Latina como su "patio trasero".
El fortalecimiento de Estados Unidos como imperio capitalista, durante el siglo XX consolida la doctrina de dominio político y económico sobre el continente, aprovechando el debilitamiento de las potencias europeas tras la primera y segunda guerra mundial. En el marco ideológico, la Doctrina Monroe (1823), bajo la premisa de "América para los americanos", estableció la base para excluir la influencia europea, mientras que el Corolario de Roosevelt (1904) justificó la intervención directa de Estados Unidos, para mantener una supuesta estabilidad regional, porque la causa real del expansionismo y el intervencionismo bélico, no es otra cosa, sino hacerse del control de los recursos naturales estratégicos de los países latinos, y la protección de inversiones estadounidenses, para asegurar mercados y garantizar la implementación de políticas económicas, alineadas con los intereses de la potencia norteamericana y hacerse del control de rutas comerciales, como el Canal de Panamá, durante el siglo XX, y la necesidad de mantener una hegemonía territorial, ya en el siglo XXI, frente a potencias rivales, (Rusia, China e Irán), han sido determinantes en la toma de decisiones militares y diplomáticas, como táctica de guerra cognitiva.
El costo de la injerencia externa para los pueblos intervenidos ha sido estructural y humano, dejando huellas profundas en la estabilidad y el desarrollo de las naciones latinoamericanas. Estas consecuencias han alterado el curso natural de los procesos democráticos y sociales en la región, han provocado la erosión de la Soberanía y la estabilidad política a través de las intervenciones induciendo la desestabilización de gobiernos legítimos y la imposición de regímenes autoritarios.
El apoyo a dictaduras militares, por ejemplo en la época del Plan Cóndor, resultó en violaciones sistemáticas de los derechos humanos: torturas, privación de libertad, incontables desaparecidos y asesinatos, y la pérdida de la autonomía política de los países afectados, a esto le sumamos la dependencia económica, subdesarrollo y transculturación, tras la imposición de estructuras económicas de "libre mercado", y el control de recursos por parte de empresas extranjeras, fomentando una dependencia que obstaculiza el desarrollo nacional autónomo y profundiza la desigualdad social, la pobreza crítica y la miseria, siendo el impacto en la estructura social, causada por las crisis inducidas, derivadas de las intervenciones, para provocar y mantener la inestabilidad política en la Región, que han sido causas de migraciones forzadas y han afectado el acceso a servicios básicos, como salud y educación, alimentación en las sociedades locales. Más allá de los cambios políticos y económicos, las intervenciones han moldeado la identidad nacional y las percepciones mutuas entre Estados Unidos y América Latina. Este legado transcultural define gran parte de las dinámicas políticas y diplomáticas actuales.
Las décadas de injerencia han generado un sentimiento de desconfianza y rechazo hacia las políticas imperiales, lo que ha sido utilizado como un eje de identidad política en diversos movimientos sociales de la región como: la alteración de Identidades Nacionales, influenciada por la ocupación y el influjo cultural, han impactado las costumbres y la estructura social de los países intervenidos, creando una relación de tensión entre la asimilación y la resistencia cultural, dando lugar a una gran tradición de movimientos sociales y discursos, que reivindican la autodeterminación y la soberanía de los pueblos latinoamericanos, frente a la coacción externa, aplicada por el gobierno imperial estadunidense.
Al comparar los diversos casos de intervenciones, se identifican patrones claros, como el uso de la fuerza militar suele ir precedido o acompañado de presiones económicas y campañas de deslegitimación política. Mientras que en el Caribe las intervenciones fueron ocupaciones territoriales prolongadas, en Sudamérica predominaron las operaciones encubiertas, para derrocar gobiernos durante la Guerra Fría. La lección fundamental de este historial es que la estabilidad impuesta desde el exterior rara vez conduce a un desarrollo democrático positivo. Por el contrario, las políticas intervencionistas suelen exacerbar las tensiones internas y crear ciclos de inestabilidad que persisten, mucho después de que las fuerzas extranjeras se han retirado. La efectividad a largo plazo de estas políticas es cuestionable, ya que el costo en términos de legitimidad internacional y resentimiento regional ha sido inmenso.
Las intervenciones de Estados Unidos en América Latina en los actuales momentos es un complejo tejido de avances tecnológicos y comerciales entrelazados con profundas heridas a la soberanía y la dignidad de los pueblos. La recurrencia de estas acciones a lo largo de la historia recalca la importancia vital de la autodeterminación y el respeto al derecho internacional, como pilares para un desarrollo regional sostenible. En el presente y futuro de la región, el desafío radica en construir relaciones bilaterales, basadas en la cooperación mutua y el respeto a la autonomía, superando las narrativas de dominación, que han marcado los últimos dos siglos. La comprensión de este pasado es esencial, para que las naciones latinoamericanas puedan forjar un destino propio, libre de injerencias externas.
Debemos profundizar el análisis sobre la historia de las intervenciones estadounidenses en la región latinoamericana y el mundo, para entender, el lenguaje bélico aplicado a través de las acciones actuales en pleno siglo XXI, del imperio yanqui, como los acontecimientos criminales acaecidos el 3 de enero en Caracas (Venezuela), que no ha sido otra cosa que una flagrante declaración de guerra contra nuestra patria bolivariana, donde actuaron, topas especiales estadounidenses, en un ataque apoyado por avanzada tecnología, con el afán de asesinar, destruir y desarticular la paz y la tranquilidad de los venezolanos, en aras de obtener a través del robo descarado, nuestras riquezas, principalmente nuestro petróleo y demás minerales estratégicos.