Disonancias en las tres etapas de Rubio

Miércoles, 21/01/2026 12:02 PM

Hace poco circuló por las redes sociales un video donde se observa una mujer desnuda, bailando una danza que pretende ser sensual, encima de un camión, frente a la Asamblea Nacional. La reacción de la galería de este panóptico absoluto virtual, osciló entre la burla, las protestas por la publicación misma que dañaría la dignidad de la señora, y la alarma ante los colapsos mentales que están ocurriendo por doquier. Yo me anoté en este último segmento del público, porque, efectivamente, Venezuela es un país donde abundan los trastornos emocionales, cosa notable ya en los suicidios de adolescentes, los femicidios, los abusos sexuales de menores, y otras evidencias, cuidadosamente ocultas en las estadísticas oficiales, demuestran que la tarea de preservar la salud mental de la población, asumida por gente como el doctor León Uzcátegui, es terriblemente difícil

El conflicto político que vivimos desde hace décadas, llena de mecanismos emocionales patógenos, es el ambiente que induce esos colapsos. En Venezuela se aplica aquello de que, aunque tú no quieras involucrarte en política, esta se te mete abusivamente a joder en la vida. Al parecer, la mujer protagonista del "performance" del desnudo era una dirigente de base del PSUV. Esto refuerza la percepción del ambiente político patógeno.

El reciente y caluroso encuentro entre Delcy Rodríguez y el director de la CIA, John Radcliffe, no es cualquier cosa, desde el punto de vista de unas personas cuya mente ha sido cargada durante décadas con una dieta estricta de "resistencia antiimperialista". La imagen de ese apretón de manos debió generar una fractura mental que los psicólogos conceptualizan como disonancia cognitiva. Incluso, puede caracterizarse como ese tipo de mensaje, comprobadamente generador de esquizofrenia, llamado "doble vínculo" o "doble mensaje".

La disonancia cognitiva ocurre cuando un individuo sostiene dos creencias contradictorias al mismo tiempo. Para el militante, admitir que su liderazgo, no solo negocia con el "enemigo", cosa que pudiera aceptar porque ya perdió la inocencia del principismo, sino que se le recibe con demasiada amabilidad, la cual hace completamente verosímil que hay acuerdos que agreden su sensibilidad, como desplazar a los cubanos de funciones de inteligencia y contrainteligencia, tal vez incluso en el sistema de identificación, sustituyéndolos por auténticos agentes de la CIA. Esa contradicción entre el dicho y el hecho, entre el espectáculo y la acción, que muy bien describió el profesor Cecil Pérez en un reciente artículo, implica aceptar que todas aquellas escenificaciones son falsas, que se ha sido sistemática y pendejamente engañado. Claro, ahí viene el mecanismo enfermo. Para evitar el dolor de esa conclusión racional, el cerebro recurre a mecanismos de defensa. Entonces, comienzan las racionalizaciones lamentables: todo "es una estrategia magistral" del propio Maduro, o, peor, "los estamos venciendo en su propio terreno". Tragarse eso duele, no solo en la faringe, sino en todo el esófago y en el estómago. Si ya saber de la capitulación fue dolorosa, lo debe ser mucho más ver lo que se ve.

La tensión entre el espectáculo desafiante y el apretón de manos, entre el discurso identitario de una posición política y sus hechos, tiene un límite psicobiológico. El reciente incidente de una jefa de cuadra, con su brote psicótico, es la manifestación individual de este colapso. Científicos como Bateson han demostrado que el "doble vínculo", induce esquizofrenia. Si a un niño o a una persona en general, se le indica que haga o sienta algo (digamos, que manifieste su rechazo al imperialismo), y, al mismo tiempo, se le señala lo contrario (que aplauda el apretón de mano con el jefe de la CIA), ahí aparece el colapso.

El debate político en todos estos años, ha estado marcado por estas fuertes tensiones psíquicas. Chávez reventó toda la normalidad de cortesías y tratamientos desde el comienzo. Ejerció la violencia simbólica a discreción. Claro, la justificación era que era un líder revolucionario y de eso se trata una revolución. Pero pronto vino el doble vínculo. La condena moral del enriquecimiento iba a contravía del enriquecimiento de representantes del poder, aparte del despilfarro, la corrupción y la extrema pobreza. Claro que Chávez volvió loca a gran parte de la clase media venezolana, la que nutrió la primera ola migratoria posterior a 2004. Fue parte de esa "locura" el golpe de estado de abril de 2002. Los sucesivos errores políticos de la oposición mostraron, no solo que el orden partidista del bipartidismo había dado paso a la dispersión y la desorientación de los "nuevos dirigentes", sino que, en el proceso, hubo una pérdida generalizada de salud mental. No solo ha habido brotes psicóticos, como los desnudos, sino un desnudamiento ético: el descaro de demagogia desbordada, un enamoramiento hipnótico de los carismas, un fanatismo que solo ve lo que quiere ver.

Mientras tanto, también se perdió otra cosa: la autoestima nacional. Hace poco, también por el panóptico absoluto virtual de las redes, el politólogo Ángel Álvarez lanzó una dura sentencia: las élites políticas venezolanas, de los dos lados, han desnudado impúdicamente su "vocación de colonia". Por una parte, el chavismo mutó, de identificarse con un patriotismo novelesco de "Venezuela Heroica", llena de sensiblería bolivariana, a asumir una dependencia pragmática de potencias como Rusia, China e incluso, irónicamente, a la búsqueda de validación del propio Estados Unidos para sobrevivir, como se expresó con los últimos intentos de Maduro de ofrecer de todo a Trump a cambio de su reconocimiento. Por su parte, el sector mayoritario de la oposición, la de MCM, ha supeditado su estrategia interna, no solo a la política norteamericana, sino incluso a los arranques egocéntricos de Trump, por lo que varios analistas apreciaron como "brillante" la adulación del obsequio de la medalla del Nobel al malcriado mandamás de Washington. Así, se observa que ambos lados actúan como si estuvieran convencidos de que la solución a nuestros problemas nacionales solo viene de afuera. Esta élite comparte un rasgo: su mirada no está puesta en el ciudadano nacional, sino en cómo posicionarse frente a los centros de poder global.

El desnudo no es solo una crisis de salud mental; es el grito de quien ya no puede sostener la mentira, ni cubrirse con los harapos de una ideología que la dejó a la intemperie. Las élites se han desnudado; ofrecen el espectáculo de su vocación de colonia, mientras su base social empieza a sucumbir bajo el peso de sus propias contradicciones. El apretón de manos con la CIA desnuda que las consignas son para el consumo de los humildes, mientras que los acuerdos son para el beneficio de quienes ostentan el poder.

La tesis de Ángel Álvarez (por cierto, mi amigo de la infancia, en la escuela "Enrique Chaumer" de Lídice) sugiere que la élite política venezolana —sin distinción de bando— padece de una "vocación de colonia". Mientras el discurso oficial se envuelve en la bandera del antiimperialismo, en la práctica, la supervivencia del gobierno ha dependido del respaldo financiero de China, el apoyo militar/tecnológico de Rusia y, más recientemente, de negociaciones directas con Estados Unidos (el apretón de manos con la CIA). Es una forma de colonialismo pragmático: se entrega soberanía a cambio de estabilidad en el poder. Por otro lado, Álvarez desde hace tiempo ha señalado que gran parte de la dirigencia opositora ha operado bajo la premisa de que el cambio político vendrá de una intervención o presión externa, delegando su estrategia a centros de poder en Washington o Bruselas. De alguna manera, esta intención se ha cumplido a la postre. Hoy dependemos más que nunca.

Por eso, cualquier intento de observar las tendencias del proceso político venezolano, de ahora en adelante, debe tomar en cuenta las etapas, con posibles solapamientos, que Marcos Rubio indicó: estabilización, recuperación y transición. Hay mucha expectativa económica con las ventas del petróleo, la posibilidad de detener la espiral hiperinflacionaria, moderar la depreciación del bolívar con los dólares que entrarían y la perspectiva del levantamiento de las sanciones. La decisión de las excarcelaciones, medida limitada porque se ve acompañada de límites a las víctimas, además de que estamos en estado de excepción (decreto de conmoción nacional), debiera animar la lucha por la restitución total de las garantías democráticas e iniciativas como la de la Ley de Amnistía General. Es decir, el horizonte de los esfuerzos muestra una cierta liberalización política, propicia a la transición a la lena vigencia de la Constitución.

Varias voces (Haussman, entre otros) han llamado la atención de la mutua relación entre los objetivos de las tres etapas. Es decir, la estabilización y la recuperación, requieren de una normalización democrática, plasmada en un Poder Judicial creíble e independiente del Partido, así como el funcionamiento de las convenciones de la OIT para el diálogo social, y resolver la cuestión de los salarios y, con ella, la reactivación general del mercado interno. Lo político no debe retrasarse mucho. La legitimidad política es una condición de gobernabilidad y estabilidad (la famosa "paz"), no solo las armas y la capacidad represiva. De modo que hay una esperanza razonable en que la transición (en la cual ya Trump dijo que incorporará a MCM) hacia una democracia constitucional, pueda realizarse.

Pero debemos recuperar nuestra autoestima nacional, fracturada por las élites, e impulsar esa democratización.

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