El gobierno de Gabriel Boric, que concluye en los próximos días, se presentó como un proyecto transformador que avanzaría en distintos ámbitos de la sociedad. Uno de ellos fue el bienestar animal, pero —al igual que en otros temas— quedó mayoritariamente en retórica, sin sustento político profundo ni confrontaciones reales con la explotación animal.
Lo menciono porque en campaña Gabriel Boric prometió el reconocimiento de la sintiencia animal, el fin al maltrato como fuente de divertimento humano y un giro ético que incluyera a todos los seres sintientes (1). Cuatro años después, el saldo es un gobierno que, pese a gestos simbólicos tardíos, perpetuó un especismo estructural y evadió desafíos a intereses económicos y culturales arraigados.
Una de las contradicciones más evidentes es que este mismo gobierno respaldó —en su momento— la norma más avanzada en la materia que haya tenido Chile: el reconocimiento constitucional de la sintiencia animal, consagrado en la propuesta de la Convención Constitucional de 2022 (2). Esa norma declaraba a los animales como sujetos de especial protección y reconocía su capacidad de sentir dolor; fue una conquista histórica del movimiento animalista.
Sin embargo, tras el rechazo ciudadano y el fracaso de la primera propuesta constitucional —que apoyamos en las redes y en las calles—, el Ejecutivo no retomó ni impulsó ninguna iniciativa equivalente. No ingresó proyectos de ley para incorporar la sintiencia en la legislación ordinaria, no priorizó reformas que la materializaran en políticas públicas ni la usó como base para decretos o regulaciones concretas.
En campaña, Boric fue explícito al cuestionar prácticas como las carreras de galgos, tildándolas de formas de crueldad normalizada. Sin embargo, el Ejecutivo no usó sus facultades para prohibir por decreto dichas carreras. Activistas lo exigieron con marchas, cartas en La Moneda y proyectos de resolución aprobados en la Cámara, pero el gobierno optó por el silencio. El tema sigue en un limbo legislativo lento, sin urgencia presidencial.
Una contradicción similar ocurrió con el rodeo: criticado en 2021 como "divertimento" cruel, en 2022 el ministro de Agricultura, Esteban Valenzuela, firmó convenios con la Federación de Rodeo Chileno y la Asociación de Municipios Rurales para fortalecerlo en nombre de las tradiciones rurales, el desarrollo social y cultural (3). No hubo regulaciones serias, prohibiciones parciales ni reformas que limitaran el sufrimiento.
El silencio más grave y revelador es el de las granjas industriales: millones de cerdos en jaulas de gestación perpetua, vacas en ordeña intensiva continua, animales en hacinamiento extremo con mutilaciones rutinarias. No hubo actualización significativa de los reglamentos para animales de producción (como el Decreto 29 de 2013), ni planes para transitar hacia sistemas menos crueles, ni un posicionamiento firme contra esa explotación masiva que, además, agrava la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.
En consecuencia, estos no son errores aislados; son síntomas de un progresismo que visibiliza el cuidado en lo doméstico —mascotas, duelo familiar— pero retrocede ante lo que desafía intereses económicos arraigados, como la industria agropecuaria y el negocio de la carne, los cuales se profundizaron bajo este gobierno, mostrando un desinterés completo por transitar hacia una sociedad mucho más empática.
Es cierto que hubo avances marginales: incremento en recursos para esterilizaciones, urgencias intermitentes a proyectos parlamentarios (Ley Cholito actualizada, tipificación de zoofilia, robo de mascotas) y, en la última Cuenta Pública, anuncios como un piloto de financiamiento para cementerios municipales de mascotas (vía Subdere), creación de un registro nacional de condenados por maltrato animal y refuerzo de sanciones (4). Sin embargo, son más bien "saludos a la bandera".
Como ex militante del Frente Amplio que creyó en cambios profundos, esta autocrítica es necesaria. Un gobierno verdaderamente transformador debió confrontar el especismo en todas sus dimensiones: recreativa, productiva y cultural. Pudo dejar un legado con decretos contra prácticas crueles, regulaciones éticas en la producción animal, educación masiva en empatía interespecies y actualización de normativas pendientes. Optó, en cambio, por la continuidad de un sistema que pone precio a la vida de los no humanos, tratándolos como objetos de consumo.
En definitiva, el legado en bienestar animal es una oportunidad perdida que deja heridas abiertas: animales sufriendo en calles, espectáculos y granjas, mientras se habla de empatía sin transformación real. Necesitamos la incorporación efectiva de la sintiencia animal en leyes y políticas, y un cuidado integral que rompa con siglos de especismo. Los animales no humanos no esperan más promesas; exigen cambios concretos.
1: https://www.instagram.com/p/CWGZwxDLOyo/
2: https://www.youtube.com/watch?v=xx6fL7KDW34
3: https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2022/09/14/ministro-valenzuela-respalda-al-rodeo-no-lo-comparen-con-el-salvajismo-de-otros-deportes.shtml
4: https://youtu.be/r3GGmVWoc1c?si=jsz79LAYPHpIluhm
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