De nuevo, otro ex país

El año pasado fui a visitar a mi hija, una de las tantas venezolanas expulsadas por la inseguridad, la falta de transporte, la devaluación del bolívar, por la inflación grosera e inaceptable, una más de las cientos de miles que decidieron ponerse a salvo, antes de que los escombros de lo que fue un país, la terminaran de aplastar

Estuve en Pacarayma, el poblado fronterizo entre Venezuela y Brasil, y como muchos pueblos de frontera, sucio, vendedores de todo, hasta de almas, pobre, incrementado por la presencia de miles de paisanos que huyen del hambre, de la soledad, del abuso estatal, seres buscando vida, tratando de encontrar un sentido diferente a su existencia

Luego, Boa vista, el terminal rodeado de centenares de venezolanos en idéntica búsqueda, las carpas de Acnur, los atiende, el ejército brasilero los cuida, los censa, les  ofrece empleo en algún lugar de ese inmenso país

Manaus, mas venezolanos deambulando y otros viviendo en las carpas de UNICEF y Acnur, a 17 horas de Santa Elena de Wairen, el pueblo de los pemones, y recuerdo el poema de Gustavo Pereira, Sobre Salvajes, ojalá, él lo recuerde, Pereira también es autor del prólogo a la constitución bolivariana

Miles de compatriotas deambulando por esas calles calurosas, y la calidez de su gente, su dulce voz

Después de tierra suficiente, y aire, el país de Jorge Luis Borges, el grande de nuestra literatura, la tierra del Che Guevara, ahí mismo, contradictorio, amado por unos, rechazado por muchos,  el país de Ernesto Sábato y su túnel, Alfonsina Storni despidiéndose de la avenida Córdoba en dirección  al mar, el suelo de Gardel.

Ese hermoso país, a todo el mundo recibe, sin prejuicios, sin colonialismo cultural, un territorio de humanos, en su laberinto, en su memoria, sus dolores, sus urgencias, sus truncos proyectos, pero, ahí van, empujando la  noche mientras comparten y celebran su mate, su arte corporal, su sonrisa, de vez en cuando algún escándalo político o farandulero, o de pronto el humo colectivo, y su leña ardiendo, aunque sigan buscando hasta encontrar todo, mientras ellos aman desesperada y tiernamente a los perros, tanto, que lo llaman por nombres de nuestra cedula 

En el subte, la dulce muchacha venezolana con su violín a cuesta,  engalana las mañanas de la estación Lima, al borde de la Avenida de Mayo, o, Inocente, con otro violín, encanta a los paseantes del boulevard florida, eran integrantes del sistema de orquestas, ese proyecto también se vino abajo, o al menos se tambalea en la tormenta cotidiana

Todos los días viajaba en el tren, los sábados  limpiábamos las pocetas, después disfrutaba un helado con mi hija, con Daniel, o una cerveza, y reímos, sus ojos también brillaban, y añoran las playas de Patanemo, Chuao, Morrocoy, saben, intuyen que pronto reiremos en familia, entre amigos, que pronto celebraremos todo, Abril me decía, no leas tantas noticias de Venezuela, al menos mientras estés aquí, deja de sufrir tanto

En la estación Constitución, Alicia, muchacha de guanare, del llano central, levanta la voz gravemente, “chipa, chipaaa a 10 pesos la chipa” me dijo, que estudiaba economía, pero mi padre está desempleado, tengo un hermano especial, y no podíamos, yo tampoco pude escucharla más, me derrumbé

En enero regreso, la misma ruta, pero algo diferente, en Manaus, ha crecido el número de venezolanos, en Boa Vista, sube Armando, me cuenta, que es trabajador de Corpoelec, su esposa vive en boa vista, viene de visitarla, de acompañarla, ella sufre de lupus, en pto la cruz se estaba muriendo, en Brasil la atienden, le suministran su tratamiento, el  pasó el 31 de diciembre recogiendo latas en pacarayma, me dijo “gano más, me tocó vivir en la calle 5 meses, pero me siento mejor, mi mujer sobrevivió, ahora arregla manos, pinta uñas y yo la apoyo” al llegar al sector minero llamado 88 ya en bolivar, el autobús hace parada, estiramos las piernas, respiramos más profundo, allí hablo con Eloísa, vivía en el barrio Los Próceres, joven de 23 años, vende café, que rostro tan dulce y tan triste, me dice, “tengo una niña, tuve que venirme , el salario no me alcanzaba para comer, ni comprarle sus útiles del colegio, ahora la cuida mi mama, vivo cerca, el barrio se llama jumanji, no tiene luz, ni agua, pero no hay problema, aquí manda el sindicato de malandros y el gobernador los apoya, seguimos, en el bus converso con Agustín , ingeniero, joven, viaja hacia Maturín, decidió venir para legalizar sus documentos, si dios quiere parto en marzo, me dice, prefiero morirme, que ver a mi madre sin medicamentos y sin poder tomar leche o lo que quiera

Llego a Puerto Ordaz, son las 2 de la madrugada, el terminal, sucio, oscuro, lleno de maleza, debo esperar las 6 de la mañana para seguir a ciudad bolívar, allí permanezco varios días, voy con un sobrino a la Calle del Hambre, funciona en el estacionamiento de lo que fue un estupendo polideportivo, ahora arruinado, ante aquel lugar sombrío,  destartalado, le pregunto a Luis, el me responde, de 96 negocios, solo quedan 4

Al  día siguiente, conozco a Adrián, 27 años laborando en Sidor, tengo año y medio sin ir a la planta, no tenemos transporte, y los pocos que pueden llegar, solo asisten a jugar carta y echar cuentos. El casi llora, le brota el orgullo de ser sidorista, y abunda, “Alcasa está destruida, Venalum, y Ferrominera también, si reclamas te encarcelan, así le hicieron a Rubén Gonzales un obrero del hierro, preso en la cárcel de la Pica

Sigo mi viaje hacia valencia, en el terminal de ciudad bolívar, los Waraos y Jivis venidos del alto Orinoco, harapientos mendigan, los niños conmueven, los que esperar salir, se solidarizan, aunque haya poco que compartir

El bus arranca, me corresponde una butaca cubierta por un pedazo de madera, antes hubo una ventana, no puedo mirar hacia afuera, después de varias horas de baches, frenazos, zigzag, el conductor anuncia que debemos bajar, mientras camino sobre mi propio eje,  pregunto a un compañero del viaje dónde estamos?, me responde, santa maria de ipire, realmente abandonado, me comenta, ya pasamos el peligro, entre Pariaguan y Santa María siempre atracan los buses, respiro hondo

Finalmente llego a mi barrio, Alexis me recibe con café, debo bajar rápido para despedir a Yeison, a las 10 de la mañana se va del país con sus hijos de 8 y 9 años, lo abrazo, sus padres quedan solos

Yaneth, la vecina del piso 1 me dice, mi hija se fue en diciembre con mi nieto de año y medio, viajaron 8 días por tierra, pero estaban desesperados, y sigue su marcha, voy a ver que consigo, dice bajito

Entonces, me corresponde pagar el gas, comprar pan, cancelar el transporte público, buscar medicamento para la tensión arterial, y me indigno de nuevo, me escandalizo, me arrecho, con razón esta gente prefiere caminar miles de kilómetros, dormir en la calle con sus niños, soportar frio y riesgos, es que mi hermoso país está más destruido, más triste, más invivible

En la noche, a las 9, con Alexis recorro la ciudad, en tiniebla, todo cerrado, fantasmal, vaciada, un territorio arrasado, al amanecer, la geste masculla su tristeza, su impotencia, sus horas sin sentido, la radio promueve eventos y productos inútiles, alguna gente conocida sigue en ciertas instituciones, hacen un esfuerzo por fingir normalidad, me consta que lo hacen de buena fe, pero en la mirada no pueden ocultar su desolación, su molestia, su rechazo al desbarrancadero, hasta que no soporten mas, y hagan lo que su buen corazón, su don de gente, y el amor por Venezuela, les indique otro sendero.

freddyrojas18@hotmail.com


 



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