El “cultivar, proteger y practicar” el diálogo social de la OIT, no es suficiente

La Conferencia Internacional del Trabajo  finalizó el 8 de junio con el llamado del Director General de la OIT Guy Ryder a“cultivar, proteger y practicar” el diálogo social, un rostro humano que encubre las clásicas medidas encaminadas a salvar el capitalismo, aplicando el clásico principio lampedusiano de que es necesario que todo cambie para que todo permanezca igual.

El tripartismo – que reúne a gobiernos, empleadores y trabajadores – “no sólo aporta un valor agregado al mundo del trabajo, sino que es un antídoto muy poderoso contra ciertas tendencias negativas que observamos en el discurso político y el debate público”, declaró.

Guy Ryder señaló los progresos alcanzados por los tres grupos en las negociaciones de nuevas normas sobre la violencia y el acoso en el mundo del trabajo y confió en un resultado positivo de esta discusión “debido a la importancia de lo que está en juego. En verdad, este problema es demasiado grande, no podemos fracasar”.

La Conferencia reanudará la discusión sobre la violencia y el acoso en el mundo del trabajo durante la Conferencia del centenario de la OIT, en junio 2019, con vistas a la adopción de un convenio, complementado por una recomendación. Naturalmente cualquiera puede imaginar o advertir sentimientos del todo nuevos en estas conferencias sin una correspondiente experiencia empírica, cualquier mente puede formar ideas nuevas y originales, en la materia.

Pero este ejercicio dialéctico de mediación, de paz social, de dialogo es tan viejo como la propia injusticia que lo precede.

La mediación tratara de organizar y financiar ciertas actividades que mitiguen las tensiones que produciría una población marginada desatendida. Desde esta imagen de neutralidad, el Estado tratara de consensuar formas pacificas de convivencia entre la población propietaria, la población mercancía, y la población marginada, lo que en definitiva supone la legitimación y estabilidad del verdadero causante del caos.

Creemos que la precisión de su prosa hace cuasi imposible encontrar sinónimos explicativos de los términos en las palabras más actuales del lenguaje onusiano que pretende ocultar lo esencial del problema que es el propio sistema capitalista.

Ignorarlo en el debate parece ser la nueva misión de los intelectuales funcionales a estas corrientes de pensamiento. Pero ver la realidad es definir el mundo en que vivimos, sin contemplaciones.

Vivimos en medio de una enorme falacia, de un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales.

 Bajo la égida del colonialismo globalizador vemos como se construyen y reconstruyen las historias nacionales. Con esa ilusión que nos hacen seguir administrando crisis al cabo de las cuales se supone que saldríamos de la pesadilla.

Distante de la mediocre parcialidad y la mutilación del conocimiento integrador que defiende la burguesía, podemos entender que el sistema capitalista es caótico, y que en su seno conlleva una crisis tras otra, que a su vez sólo aparece a los ojos comunes en el instante en que la gran burguesía empieza a hallar dificultades de rentabilidad y ganancia y por consecuencia se ahonda la contrata natural de la inmensa riqueza que se genera en el sistema, que no es otra, que las hambrunas, miserias, precariedad y violencia desquiciante. El sistema está diseñado para la acumulación de capital, no para la satisfacción de las necesidades de quienes trabajan.

La ganancia es el único motor de la actividad económica, por ello al capitalismo le es indiferente invertir en medicinas, drogas o tráfico de seres humanos, es un negocio como cualquier otro. El capital necesita incrementar la tasa de explotación al trabajo (su fuente de riqueza), forzado por la competencia global, lo que lo impele a depauperar y de esta forma continua a empeorar las condiciones de trabajo y existencia de los trabajadores en el mundo.

Cada vez más el poder económico y su institucionalización (las organizaciones políticas de la burguesía) dominan el planeta y deciden por millones su destino. La feroz competencia entre megacorporaciones y otras de menor importancia impulsa a la sobreproducción desesperada y absolutamente disociada de las necesidades sociales pertinentes a la humanidad.

Por este mecanismo de concentración se reduce la cantidad de trabajadores ocupados, lo que constriñe la demanda efectiva de los bienes y servicios que una franja obrera produce y que otra más pequeña puede consumir, en detrimento de millones de obreros expulsados al paro o transformados en  Ejército Industrial de Reserva donde su depauperación, servirá al sistema para el sostenimiento de bajos salarios y aumentará la competitividad entre obreros para mendigar empleos de condiciones laborales infamantes de precariedad.

Es de por sí evidente que dialécticamente coexisten en el sistema contra tendencias que frenan o amortiguan la evolución de estas bases funcionales, según períodos históricos de auge o retroceso de la lucha de clases. Sin embargo, la realidad nos muestra que a medida que se desarrolla el sistema, agudiza todas sus contradicciones y se muestra más reaccionario y salvaje.

Mientras que, en la realidad, los trabajadores son echados a la calle sin pena ni gloria por centenas de miles, las empresas quiebran, la inflación se dispara y hace imposible la subsistencia, la burguesía con sus órganos propagandísticos se dedica a explicitar subidas y bajadas de la bolsa de valores. Encubrir la crisis, y hacerla ver como un episodio externo al sistema es un éxito de los economistas de la burguesía que repiten aquellos que incluso se dicen socialistas y sólo corean con golpes de moral los manuales neoliberales y keynesianos.

Hoy es recurrente incluso en los países centrales del capitalismo; reformas laborales con la extensión de la jornada de trabajo, la precarización del empleo como políticas económicas que radicalizará el capital para abaratar los salarios, hambrear a la clase obrera y someterla, con el fin de salvar la tasa de ganancia y reflotar el sistema.

Sabemos que el rol de la OIT es relativo en la resolución de estos temas ya que los mismos dependen de los estados, pero los planteos realizados y las recomendaciones que derivan de estos -cultivar, proteger y practicar con el diálogo social- no nos convencen. Las medidas que se proponen van encaminadas a salvar el capitalismo aplicando el clásico principio lampedusiano de que es necesario que todo cambie para que todo permanezca igual.

Por mucho que se modifique se le dote de “rostro humano” o se le denomine con términos eufemísticos (capitalismo social, economía social de mercado) el capitalismo será siempre capitalismo y tendrá sus propias limitaciones.  Ahora bien, la falta de interés, la resignación, la apatía mundializada podrían permitir que se instaure lo peor. Y lo peor ya está en nuestras puertas.

 

*Periodista uruguayo, exdirector del semanario Siete sobre Siete. Miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 



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