Más de lo mismo, ¿pero quizá…?

La noticia: "Palestinos atacan desde Gaza con cohetes ciudades de Israel. El ataque palestino causa 8 muertos. Ejerciendo su derecho a la defensa, Israel responde con aviones que arrojan bombas sobre Gaza, la destrozan por completo, derriban casas y edificios de habitación y causan 240 muertos".

Esa noticia, difundida por la prensa internacional, es de hace tres semanas. Pero en verdad no tiene fecha pues quien se tome la molestia de buscar, encontrará noticias iguales de hace tres o cuatro años, de hace 10 o 12 años, y de hace 20, 30 o 40 años. Y si se cambia cohetes por piedras, la noticia podría tener 75 años. Y en todas, la relación entre muertos palestinos e israelíes es similar, pero en la mayoría de ellas los israelíes raramente llegan a una decena mientras los palestinos pasan siempre de cientos o de miles.

Es que lo que tenemos delante, que muchos no quieren ver, es un genocidio declarado, lento e imparable, el que el sionismo israelí lleva a cabo desde hace tres cuartos de siglo contra el pueblo palestino, dirigido a masacrarlo hasta hacerlo desaparecer o expulsarlo de sus tierras, con lo que se apoderaría al fin de toda Palestina (le falta poco) para implantar en ella su Estado exclusivo judío, colonialista, xenófobo y racista. Porque eso es el sionismo.

Con su gastada idea de hacerse siempre pasar por víctima amenazada, el sionismo no podía perder esta ocasión. Y en portales de internet en que hay documentales, aparecieron dos sobre el famoso gueto de Varsovia: judíos hacinados en el gueto mientras soldados nazis armados de fusiles lo rodean en forma amenazante. Exageraron. Las imágenes son ciertas, es decir, lo fueron, pero si se quiere que sigan siendo válidas hay que invertir los papeles. Los judíos no viven ya en guetos. Encerrados en guetos viven los palestinos, y comparado con el horrendo gueto que es Gaza, el de Varsovia parecería un palacio de Las mil y una noches. Y quienes los tienen encerrados no son los desaparecidos nazis alemanes sino los nazis de hoy, los judíos sionistas. Que son peores, pues llevan 75 años masacrándolos con aviones, bombas, misiles y fosforo blanco. Y cuando hace una semana una bella modelo estadounidense hija de palestinos salió en defensa de su pueblo, gritó el propio Netanyahu: ¡Esta quiere arrojarnos a los judíos al mar!

La noticia narrada no se inició en Gaza con cohetes. Empezó en Jerusalén unas semanas antes. Y no se trata de partir del necesario contexto que muestra que siempre el agresor ha sido el sionismo israelita. Al dividir Palestina entre judíos y árabes, la ONU dejó a Jerusalén, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, como ciudad internacional libre. Pero luego de que los sionistas la ocupasen, se logró que aceptaran dividirla, la mitad mejor, la occidental, para ellos y la oriental para los palestinos. Pero desde hace años el sionismo declaró que la ciudad era su capital eterna e indivisible y ha estado expulsando de su sector a los palestinos. Pocos quedan ya. Y hace cuatro semanas intentaron desalojar por la fuerza a familias que se resistieron. Era ramadán, mes sagrado para el islam, y hubo protestas en el área de la mezquita Al Aqsa, patrimonio de la humanidad y sagrada para los musulmanes. La policía sionista atacó y entró a la mezquita a causar daños. Desde Gaza, Hamas exigió a los sionistas retirarse. Israel lo ignoró. Nada de eso fue noticia.

Entonces Hamas respondió lanzando cohetes. Justo lo que la gran prensa esperaba para iniciar la noticia mostrando a Palestina como agresora y a Israel como agredido.

La ONU, que antes trataba de hacer algo, ahora no puede hacerlo pues Estados Unidos veta toda posible resolución que critique a Israel, propuesta por Rusia o China. Es lo que ha hecho de nuevo esta vez, cosa que Netanyahu le ha agradecido. El caso de la Unión Europea es peor porque en sus países, culpables de haber perseguido y asesinado por siglos a los judíos y en su mayoría de haber mantenido durante la Segunda guerra campos de concentración para masacrarlos, criticar a Israel es hoy un delito que se paga con cárcel.

Entonces empiezan los lugares comunes ya gastados. La ONU y la Unión Europea le piden a palestinos e israelíes que paren la guerra. La pregunta es ¿cuál guerra? Las guerras se producen entre Estados y los protagonistas son sus respectivos ejércitos. Israel es un Estado rico, poderoso, armado hasta los dientes y dueño de poder nuclear. Palestina no tiene nada, ni es Estado ni tiene ejército y tiene que tirar piedras o fabricar sus propios cohetes. Esto no es una guerra, es simplemente un genocidio, que la mayor parte del mundo contempla con indiferencia o trata de no ver, mirando hacia otro lado.

Y luego, para lograr la imposible paz, resucitan la fracasada idea de los dos Estados. ¿Y por qué no se preguntan antes cuál sería ese otro Estado? Porque es obvio que Palestina no lo es. Cuando en 1947 la ONU, sin consultar con los palestinos, dividió Palestina en dos Estados, partió el territorio en dos mitades, extrañas, porque una, la de los sionistas, era más grande que la otra, la de los palestinos. A los primeros, que eran un tercio de la población, se les dio el 55% de las tierras, que eran además las mejores; y a éstos, que eran los otros dos tercios, se les dio el 45%, que, para colmo, eran las peores. Hoy, después de décadas de guerras, robos, agresiones sionistas y planes racistas de colonización, a los palestinos les queda menos del 8% del territorio, mientras Israel es ya dueño de más del 92%.

Además, la tierra palestina ya no es una. Fue dividida a la fuerza por el sionismo en restos de territorios separados. Así dos millones de palestinos se hacinan en el espantoso campo de concentración a cielo abierto que es Gaza; unos tres millones sobreviven en Cisjordania, que fue convertida una serie de bantustanes, campos de concentración para encerrar y aislar pueblos, cercados con alambre, sin comunicación entre ellos, rodeados de colonos sionistas armados, de alcabalas en las que los soldados israelíes los humillan y agreden a las mujeres, y en la que las carreteras aptas para circular son solo para judíos. Ellos, para desplazarse por su patria, necesitan siempre permisos del invasor. Otros dos millones viven todavía en territorio israelí como sospechosos ciudadanos de tercera clase a los que se priva de buena parte de sus derechos. ¿Qué clase de paz podría lograrse entre esos dos Estados, uno de ellos rico, nuclear, armado hasta los dientes, y el otro inexistente, pobre, dividido y desarmado? Y, por cierto, Biden, luego de hacer aprobar 735 millones en misiles más poderosos para Israel, apoyó también la idea de los dos Estados.

Esto es más de lo mismo. ¿Pero es que hay algo nuevo? Parece que sí. Biden tiene un problema. En su partido, un movimiento joven y activo, dirigido por varias valiosas mujeres y con apoyo del senador Sanders, quiere que Estados Unidos cambie su política de defensa ciega y servil de Israel y reconozca los hasta ahora ignorados derechos de los palestinos. En Israel el daño económico que los cohetes causaron fue grande. Palestina, que parecía resignada, revivió. La OLP sigue hundida, pero Hamas se ve fuerte y hay otros grupos rebeldes. Hubo marchas en Gaza. Cisjordania e Israel. Se planteó reunir fuerzas para enfrentar la política israelí. El desgaste de Netanyahu es patente, lo mismo que el de su rival. Israel parece no saber qué hacer, salvo actuar con brutalidad. Testigos aprecian rasgos de crisis interna. Por un lado, la creciente virulencia de grupos sionistas que llaman de nuevo a matar árabes. Por el otro, judíos cansados del sionismo y de sus crímenes, que quieren buscar otro camino. Lo que no sabemos es el peso y apoyo de estas diversas corrientes. En Israel puede haber cambios o una nueva guerra. Esperamos que los cambios triunfen.

Tomado del diario Últimas Noticias.



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Vladimir Acosta

Historiador y analista político. Moderador del programa "De Primera Mano" transmitido en RNV. Participa en los foros del colectivo Patria Socialista

 vladac@cantv.net

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