Incendio en el corazón del imperio: la revuelta que faltaba

I

Una ola incendiaria contra el neoliberalismo recorre a América. "El Caracazo" prendió la pradera en 1989 y extendió su ola expansiva al resto del mapa latinoamericano y caribeño. Ni la pandemia ha podido apagar decenas de revueltas por hambre y rebeliones contra medidas empobrecedoras de las clases medias.

En el llamado viejo mundo las praderas de Europa occidental arden por todos lados; jóvenes denominados "alter-activistas" y miles de mujeres y hombres toman los espacios públicos para denunciar crímenes ecológicos, prácticas patriarcales, antineoliberales, antifascistas y xenofóbicas. Su par, Europa Oriental, muchos países dan una vuelta a las revueltas de colores contra los ajustes que impone al FMI a sus títeres gobernantes disfrazados de demócratas.

En África, aquellos países que una vez echaron a odiosos dictadores, hoy masas negras se lanzan a conquistar mejores condiciones de vida.

En Asia la onda desneocolonizadora sigue abriendo brechas por un mundo más digno.

II

La revuelta que faltaba

Para completar un mundo en llamas exigiendo mayor libertad, justicia y justicia social y ecológica faltaba la revuelta anti-racial y antifascista en Mineápolis iniciada el 25-6-20.

Esta noticia, con razón, hoy es la más sonada en todo el mundo. No es poca cosa que una revuelta sacuda al corazón del imperio. "La madre de las revueltas gringas" en lo que va del siglo, confesó una manifestante. En efecto, pocas veces, cuidado si la primera, que un levantamiento de una comunidad cultural determinada se haya en-tre-lazado con otras culturas y grupos humanos y en cuestiones de horas envuelva todo el mapa estadounidense. Más de cien ciudades prendidas de punta a punta, en cada uno de sus puntos cardinales, indica que algo está pasando en el corazón del imperio.

Desde el derrumbe de sus torres gemelas, la casa Blanca no había temblado de pavor, y no porque la vieja pesadilla de ser invadido por los marcianos se hay materializado, sino por la furia de manifestantes enardecidos pidiendo justicia (Black lives matter). Ese día (fatídico para unos, gloriosos para otros) el símbolo del poder político del mundo cambió de color. De blanco pasó a pálido. Y por primera vez este enorme palacete dejó de alumbrar por un momento, y en absoluto la causa del apagón fue una tormenta eléctrica de las que acostumbran producirse en esas tierras. El temor a la multitud (Negrit) hizo que las bombillas fueran apagadas.

Pero no menos sorprendente fue la actitud huidiza del encargado temporal de la casa Blanca (White House Chief of Staff). En horas buenas conocimos al otro Donald Trump. Al hombre valiente y atrevido ya la tele y las redes no los habían enseñado al dedillo. Ese mismo que llamó héroes a miembros de la derecha opositora que mató vivos a chavistas. Pero no conocíamos a su otro yo: el yo cobarde, que al sentir el resplandor de las llamas al rojo vivo buscó afanosamente esconderse en unos de sus búnker privados. Está actitud corrediza poco usual de un presidente de la potencia militar del mundo, también indica que está ocurriendo algo importante en el corazón del imperio capitalista.

II

Cuando las revueltas llegan al corazón del imperio es porque ya hay un proceso de matástasis

Tendríamos que esperar el pico de esta ola expansiva y explosiva de la revuelta (convertida ya en una auténtica rebelión) para hacer una mejor lectura de la misma. No obstante, con lo informado hasta los momentos en torno al impacto ejemplar y la potente dimensión de esa gigante explosión social y cultural, estamos a la altura de saber que el capitalismo no es infinito, como algunos ilusos burgueses y confundidos socialistas aun suelen creerlo. Esta era la revuelta que faltaba para llenar ese hueco histórico que nos impedía confirmar que el capitalismo estaba en una crisis terminal (metástasis).

Desde luego el capitalismo no se caerá porque sí, o víctima de sus propias contradicciones como aprendimos una vez del marxismo dogmático. "No hay que sentarse en la puerta de la casa a esperar a que pase el cadáver del capitalismo", sentenció Marx. Tampoco hay que conformarse con derrotar electoralmente a unos títeres del imperio, porque sabemos que desde el Estado, y menos desde el gobierno lo poco que se puede hacer para forjar una revolución verdadera.

Hacemos más unirnos (como en la revuelta afroamericana) y organizar junto a trabajadorxs, campesinxs, intelectuales, profesionales, trabajadorxs por cuenta propia, movimientos sociales, amas de casas, comunidades del sexo diverso y de género, en una palabra a todos y todas clases y grupos explotados del mundo para canalizar las rebeldías sociales (revueltas y rebeliones) que nos lleven a grandes conquistas inaplazables para vivir con dignidad. Una de estas conquistas tiene que ser el ingreso mínimo vital y desenmascarar al viejo concepto esclavista moderno conocido como sueldo o salario mínimo.



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Francisco Hernández

Profesor universitario

 franc2604@gmail.com

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