La guerra de quinta generación no es suficiente para vencer

Todo evoluciona a pesar de los esquemas conservadores que frenan los procesos evolutivos. De las variadas tendencias humanas hay una que se aferra a lo existente, evita sucedan cambios que pongan en peligro lo que se tiene, afianza el conformismo, se apertrecha en los mismos métodos y procedimientos que originaron determinados triunfos; descarta, por miedo a lo desconocido, otras maneras de avance y de evolución, prefiere quedarse a compartir en todos los tiempos presentes con el mismo pasado sin percatarse que el futuro llegó sin darse cuenta. La guerra como táctica y estrategia no cesan su evolución, se expande a escenarios no concebidos por los guerreros, en tiempos pretéritos. El mundo capitalista inocula la guerra como medio de vida, la lucha de todos contra todos; la competencia sin límites, donde la moral y lo ético son intrascendentes, los asume como meollos de la nostalgia del ayer, un sentido de vida romántico y pendejo.

La mayoría de los deportes colectivos copiaron el discurso belicista, la arenga de los directores técnicos se sostiene en una epistemología agresiva, de muerte, de aplastamiento, de ataque sin piedad, de endiosamiento al equipo, y el movimiento de los integrantes están apegados al juego de ajedrez; entre las razones para vencer está asumir al rival como enemigo.

No hay enemigo pequeño es una buena conseja que los arrogantes saben pero no aplican. Olvidan con frecuencia a pesar de las derrotas sufridas que no basta poseer el dominio y el buen uso de las armas de destrucción masiva y la rapidez de estas para proferir golpes al enemigo de modo definitivo. No basta tener la mayor suma de recursos y el control de una mediática que amilane al adversario, lo debilite y lo vuelva presa fácil de su cometido. No basta poseer un sacrosanto poder que lo haga predilecto ganador ante de las contiendas. No basta tener el dominio del territorio para cantar victoria. No basta producir un holocausto y vender la idea al mundo que la rendición se logró sin pérdidas humanas. No basta derrumbar y quemar símbolos y códigos para decir que la dignidad del pueblo fue liberada.

Los pueblos del mundo han tenido en su historia un cumulo de derrotas, derrotas vestidas de falsos triunfos. Todos los pueblos han vivido un largo proceso de colonización de los vencedores y el futuro les demostró que la victoria nunca aconteció, sino que la derrota fue vestida de victoria; hambre, miseria y explotación fue lo que les deparó.

No hay pueblo en el mundo que no lleve consigo en su historial esa maldición. Los triunfos de los imperios lo que ha dejado es desolación y más asfixia a la vida, en todos los sentidos. Los pueblos que logran la victoria, el perdedor con su gavilla patotera no deja de asediarlo y mortificarle su destino.

Las guerras del presente y futuro tienen la fusión de la rapidez y la lentitud. El poder imperial hace uso de todas las fortalezas para tomar el control de los territorios invadidos en forma rápida, el ataque y defensa de los invadidos es escurridiza, fomenta el cansancio y desespero, la locura lenta pero progresiva de las fuerzas invasoras. Las sociedades mac donalizadas, instruidas con la cultura de la rapidez, al no encontrar la victoria definitiva, hace que los "vencedores", por el afán de volver a sus terruños, desesperen, se vuelvan irascibles, enloquezcan, vean fantasmas donde no los hay, sean testigos de la muerte gradual de sus compañeros de lucha, desmayen y caigan en el barranco de la desmoralización, porque la larga espera se convierte en terror y termina fulminándolos.

En el tiempo corto ganan unos, en el largo tiempo vencen otros. Esa ha sido el real motivo de los triunfos imperiales y el porqué de sus derrotas. La historia que cuenta, así lo señala. El saldo doloroso es que todos pierden.



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