El golpe a Medina Angarita: 65 años después

Este 18 de octubre, se conmemoran 64 años del Golpe de Estado contra Isaías Medina Angarita, que deben generar una reflexión sobre la dinámica política-institucional de la democracia venezolana, ayer y hoy. Ayer, pues los procesos que desencadenaron la acción militar que derrocó a Medina Angarita deben ser analizados en el contexto de la impronta que los servicios de inteligencia de los EEUU tenían (tienen) en la región. Hoy, pues siguen vigentes elementos de ese colonialismo dependiente de las instituciones y actores políticos a los organismos relacionados con los EEUU.

Hablar del golpe contra Medina, es hablar del sistema político heredado a la muerte de J.V. Gómez (1935). La única institución que logró sobrevivir la muerte de Gómez fue, sin lugar a dudas, el Ejército. Las Fuerzas Armadas tuvieron un papel decisorio, marcado por el protagonismo que les dio el propio Cipriano Castro (1899-1908) como “grandes decisores”. Ese papel, no fue modificado en absoluto por su sucesor, por el contrario se afianzó y profundizó la intermediación – pretorianismo autoritario- del ejército. Por ello, a la muerte de Gómez quién asume es Eleazar López Contreras. Y quién lo sucede a él, es su Ministro de Guerra y Marina (Isaías Medina Angarita). Todo ello con la anuencia y el apoyo militar de los asesores norteamericanos, que se encontraban articulados con los intereses y representaciones de las grandes compañías petroleras, cuyos controles sobre la economía petrolera venezolana eran irrefutables. Hasta 1943, la escisión entre tres tendencias que comenzaban a dibujarse en el escenario político venezolano no estaba tan clara. Esas tendencias eran: 1) la del Bloque Social Dominante, heredero de la ortodoxia positivista (ley y orden, participación restringida) del gomecismo, 2) Bloque Social Popular, que agrupaba a los sectores movilizados por los cambios económicos y sociales suscitados en nuestro país y que exigían apertura democrática y mayor participación y 3) Bloque Democrático Socialdemócrata, que sostenía el uso de la participación popular a través de la intermediación y control del partido. Entre los tres existieron diferencias, que estaban relacionadas con su articulación - ¿o sumisión?- a los intereses del gran capital extranjero, asociado al petróleo. Sólo el Bloque Social Popular se opuso siempre a la sumisión al capital extranjero. Los otros dos bloques, plantearon el entendimiento.

Los enfrentamientos, conflictos y roces estuvieron presentes desde 1936, pero se fueron intensificando en el transcurrir de los años, y particularmente con el desarrollo de la II Gran Guerra (1939-1945). Para el Bloque Social Dominante, la disyuntiva entre la tendencia – un poco ortodoxa- de López Contreras y la de Medina Angarita – impulsor de reformas políticas importantes- derivó en un fraccionamiento de ese bloque de poder, que facilitó su sustitución, como elemento asegurador de la presencia y acción del capital trasnacional por parte del Bloque Democrático Socialdemócrata.

Ese cambio, debe entenderse como una consecuencia de la reacción de las grandes compañías al accionar de Medina Angarita, quién aprovechando el hecho que los aliados –EEUU, Francia, Inglaterra- dependían en demasía del petróleo venezolano, impulsó una Ley de Hidrocarburos (1943) que le otorgaba mayores beneficios al Estado venezolano. El descontento causado en el trust internacional del petróleo, los llevó a buscar aliados en los adversarios del Bloque Dominante: Acción Democrática (AD), que conjuntamente con militares recién regresados de Cursos de Estado Mayor- Marcos Pérez Jiménez, Marío Vargas, Carlos Delgado Chalbaud- agrupados alrededor de la denominada Unión Patriótica Militar (UPM), y perfectamente insertados en la Doctrina de la Seguridad nacional (DSN), decidieron actuar para dar al traste con un gobierno que buscaba apoyos – muy mal vistos por los otros Bloques de poder- en los sectores populares.

El golpe del 18 de octubre de 1945, contó con la colaboración de la embajada norteamericana en Caracas, tal como lo harían posteriormente en el golpe que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948. La articulación de la inteligencia norteamericana, escudada en la inmunidad diplomática, fue clave para cohesionar los esfuerzos de los sectores –militares (UPM) y civiles (AD)- que complotaron para derrocar a Medina Angarita. Estudios más recientes – Oscar Battaglini “El Medinismo” 2004- han mostrado esas vinculaciones. Todo giró en torno al control de las fuentes de hidrocarburos y la posibilidad que un gobierno autónomo administrara justamente la renta petrolera. Ese elemento es un punto de conexión entre el ayer y el hoy. Los temores del capital norteamericano, los organismos de inteligencia y los grupos de poder por el denominado nacionalismo petrolero, que se expresa en gobiernos como el de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia, han hecho resurgir nuevas formas de expresar estas contradicciones. Esas nuevas formas, no son sinceras como ayer, cuando se asumía la responsabilidad de golpe de estado sin aspavientos. Hoy la “institucionalidad democrática” hace que los militares – o las fuerzas represivas- no actúen tan límpidamente. Hoy se esconden tras “protestas sociales”, “insurrecciones de instituciones u organismos”, o cualquier otra subterfugio para ocultar sus intenciones desestabilizadoras, pero el tema sigue siendo el mismo: el control de los recursos naturales y su impacto en la economía mundo.

Para Venezuela, los hechos de octubre de 1945 tuvieron el efecto de abrir el camino a una etapa de autoritarismo que sería sustituida por formas “democráticas” que minimizaron – o más bien- secuestraron la participación social. Las lecciones de la historia nos indican que cuando se divide y fracciona el movimiento popular, la derecha arremete inclementemente contra las reformas y cambios, generando un espacio de retroceso y represión. Lo sucedido en Venezuela en 1945 y 2002, en Honduras 2009 y Ecuador 2010, son lecciones que deben ser aprendidas y prevenidas. Ayer – como hoy- los movimientos democráticos, denominados por algunos como populismo revolucionarios tienen enemigos que adquieren formas múltiples: desde Estados e institucionales, hasta actores sociales y medios de comunicación, que actúan mancomunadamente para crear “encuadres” o “representaciones” negativas ( “gobiernos autoritarios”, “democracias en riesgo”, “auspiciantes del terrorismo”, “violadores de la libertad y los derechos humanos”) que son utilizadas para auspiciar movilizaciones desestabilizadoras, cuyo fin último es el derrocamiento o expulsión de esos gobernantes y la paralización de los procesos de empoderamiento social y económico que se suscitan.

* Historiador

Juane1208@gmail.com


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Juan Eduardo Romero*

Dr. Mgs. DEA. Historiador e Investigador. Universidad del Zulia

 juane1208@gmail.com

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