El 5% de todo lo que existe

Lord Kelvin, el de los grados Kelvin, decretó a finales del siglo XIX que todos los principios generales de la física ya habían sido descubiertos, y que solo quedaba pulir los detalles. Kelvin todavía estaba vivo cuando, en los primeros años del siglo XX, Max Planck y Albert Einstein descubrieron la mecánica cuántica y la relatividad, los dos cimientos de la física actual. La anécdota es seguramente falsa, pero ese falso Kelvin fue víctima de lo que podríamos llamar la falacia del fin del mundo: la tendencia a creer, de una forma solo vagamente consciente, que el mundo ha culminado con nosotros, que hemos presenciado todo lo importante durante nuestra vida y que después no debería ocurrir nada reseñable, aunque solo sea por deferencia al finado.

No es difícil ver hoy a jóvenes, o más bien exjóvenes, que viven sumergidos en la falacia del fin del mundo. Creen, por ejemplo, que el mundo se divide entre nativos digitales y todos los demás, como si los sistemas electrónicos que usan hoy fueran a durar eternamente, como si no supieran que ellos mismos ya han dejado de ser nativos respecto a los últimos algoritmos del aprendizaje de máquina y la inteligencia artificial. Han crecido rodeados de una tecnología que crece exponencialmente y no han percibido lo que eso significa para ellos: que se van a quedar obsoletos aún más deprisa que nosotros, los nativos analógicos. Como el falso lord Kelvin, creen que todo lo importante ya ha ocurrido durante sus vidas, y que el mundo acabará con ellas. En una singularidad, por supuesto, pero acabará. (La singularidad, según los tecnoprofetas, es el punto de no retorno en que las máquinas superarán a los humanos).

Un científico actual puede creer que el mundo va a acabar. Según los cálculos de Martin Rees, que ha sido astrónomo real de Reino Unido y presidente de la Royal Society de Londres, nuestras probabilidades de haber colonizado otro planeta antes de que nos acabemos de cargar este no pasan de un modesto 50%. Nuestra subsistencia como especie depende, literalmente, de tirar una moneda al aire. Lo que no puede creer un científico actual es que el conocimiento esté a punto de llegar a su culminación. Nadie puede pensar eso seriamente.

Todo lo que vemos es solo el 5% de lo que existe. Esa es la materia ordinaria, la que constituye nuestros cuerpos y nuestras mentes, la naturaleza y la geología de la Tierra, los planetas y las estrellas incontables en el cielo nocturno (escribo desde Madrid, así que esto último ha sido una licencia poética). Otro 25% de lo que existe es la ya famosa materia oscura, que nadie sabe lo que es, pero cuya existencia estamos forzados a aceptar debido a sus efectos gravitatorios. Y el 70% restante es la aún más enigmática energía oscura. Según la cosmología reciente, esta es la energía que hace que el cosmos se expanda de forma acelerada, en contra de la gravedad que generan todas sus galaxias, que debería hacer que se contraiga. Si incluso de la realidad física más fundamental desconocemos el 95%, ¿qué no ignoraremos de la evolución biológica y sus criaturas, del cerebro y las sociedades de cerebros? De la Bolsa, de la ruina, de la tristeza.

Los astrofísicos de medio planeta están, en el barullo de sus laboratorios o en el silencio profundo de sus sondas espaciales, empeñados en arrojar luz sobre la energía oscura. Esto no acabará nunca.



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