Esperanzas y desesperanzas de una ciudad

Hoy, bien temprano, recibí en mi WhatsApp la fotografía que visualizaba el desplome del techo en la entrada del grupo escolar Juan Crisóstomo Falcón, escuela ubicada en la calle Ampies de Coro. Su construcción realizada en ese terreno, en donde anteriormente estuviera el cuartel de policía de la ciudad, formó parte de un conjunto de 27 edificaciones que se ordenaron levantar en las capitales de estados, mediante decreto del presidente Isaías Medina Angarita dictado en 1944. Todas fueron proyectadas con características arquitectónicas y de ingeniería similares, y en la distribución interior de sus espacios, uno se destinó para residencia del director y su familia y otro para el jefe del personal obrero. Antes de la actual administración del presidente Maduro, esta infraestructura se conservó en excelentes condiciones físicas y ambientales. Sus instalaciones, siempre bien cuidadas, hacían grato y provechoso el desempeño pedagógico de la comunidad que allí hacía vida. Su imponente y atractiva presencia, nunca pasó desapercibida a la vista de propios y extraños.


Días antes me habían hecho llegar otra imagen que mostraba los escombros de parte de una pared derrumbada en la casa del poeta judío sefardí Elías David Curiel, el más grande de cuantos ha parido nuestra entidad y autor del himno del estado Falcón. El mismo de quien Miguel Otero Silva dijera, al comentar su poema "Al Través de mi Vida": "Uno de los de mayor aliento que se han escrito entre nosotros. Éste como algunos otros del autor, no figuran en nuestras antologías, cuando tienen méritos suficientes para comparecer en toda selección de versos que se haga en Venezuela".

Esas dos dolorosas ocurrencias me convencieron que, más que mostrar la ruina y destrucción de inmuebles históricos emblemáticos de una ciudad culturalmente hermosa y singular, sencillamente denunciaban la lamentable tragedia y agonía que vive el país entero. Es como si se hubiese reeditado en la realidad de hoy, pero en grado superlativo, las interminables sinrazones políticas que ayer le hicieron la vida infeliz a millones de personas y que sirvieron de argumentos a muchos intelectuales venezolanos, y en este caso concreto a Miguel Otero Silva, para escribir su inolvidable novela "Casas Muertas", la cual tuvo como escenario al pueblo llanero de Ortiz y cuya desesperanza y decadencia, asombrosamente similares a la que sufre nuestra ciudad de Coro en la actualidad, las recoge en agudos comentarios el escritor Carlos Pacheco diciendo: " ... es la historia de un acabamiento, del deterioro penoso, gradual e irremediable (...) de un pueblo (Ortiz) que para fines de los años veinte del siglo pasado, agonizaba como sus habitantes a consecuencia de la miseria, la enfermedad y el olvido estatal. (...) Sus casas decrépitas, ruinosas, abandonadas, descritas de manera reiteradas como cadáveres truncos, víctimas inertes de la paulatina revaluación de la naturaleza que regresa por sus fueros, son tal vez la marca más evidente."

Allá en la comarca de Ortiz quedó, al igual que va sucediendo con la de Coro hoy, sólo un recuerdo borroso y desecho de un poblado en el que se redujo la vida de la gente a una triste y desesperada sobrevivencia que se mostraba en el "...declinar de la escuela que se va quedando sin niños, en la emigración de muchos orticeños a cualquier otro paraje donde brille alguna esperanza, en las secuelas de la peste del paludismo endémico (ahora el covid-19) que va atacando por igual a viejos y jóvenes, y en la miseria crítica, en el hambre, que debilita los cuerpos, entorpece los entendimientos y no deja energía más que para vegetar a la espera del propio turno en la ruta del cementerio". Sin dudas, es como si Coro fuera hoy el pueblo de la novela "Casas Muertas", su copia al carbón, sin más ni menos.


Esta ciudad, en la actual gestión de gobierno local, vive su peor momento. Nunca antes la habíamos visto tan abandonada y ruinosa. La realidad de hoy demuestra que su primera autoridad política, quien se autoproclama revolucionario y socialista, jamás estuvo preparada para asumir y atender la responsabilidad que tiene sobre sus hombros.

Además, una revolución socialista necesariamente debe ser cultural, es decir estar orientada por un liderazgo y un programa cuya principal preocupación y ocupación sea la formación humanista, artística, histórica, educativa, literaria, científica, tecnológica y espiritual de los trabajadores y el pueblo. Es lamentable y vergonzoso que no haya interés por trascender aquél disparatado y absurdo discurso populista y politiquero que asegura que con cualquier persona "manda el pueblo", sin importar si el escogido resulta ser un jugador empedernido, un mala costumbre, un sin valores éticos, un mandadero de los perversos, negociante o demagogo que aprende a aprovecharse de la miseria que él va ocasionando a los demás. Por eso, cuando se acuñan consignas como la que he dicho, a sabiendas que quienes terminan "gobernando detrás del trono" son las mafias, los comerciantes inescrupulosos y grupos oportunistas, la organización política que lo ayuda a llegar a la cima no puede menos que estar putrefacta y mal oliente. Es el binomio ignorancia y corrupción que se apodera de la vida social y nada le importa la suerte de la herencia cultural. A sus diabólicos engendros les da igual si ella existe o no y como nada saben de eso, en absoluto les preocupa si algún evento acaba con monumentos, casas tradicionales, museos, escuelas, bibliotecas, archivos y otras huellas de interés histórico-cultural, como ha sucedido en Coro, estado Falcón, en estos últimos días.

Desconocen que el patrimonio cultural, tangible o intangible, es la principal referencia de vida de una comunidad y que el tiempo, juez de todas las acciones humanas, no es un eterno presente.

 

luisdovaleprado@gmail.com



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Luis Oswaldo Dovale Prado


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