¿Vivimos una drama o una broma?

Jamás los gobiernos del mundo habían mostrado tanto celo por la salud pública como desde el pasado mes de marzo. Creo que la declaración de pandemia por la OMS, un organismo actualmente virtualmente privado, ha sido concluyente; tan concluyente como una declaración de guerra. De no haber mediado ese detalle efecto de la globalización, permítaseme que dude de que se hubiese reaccionado tan nerviosamente frente al trance. Pues las personas que se mueren constantemente por causas conocidas que la rica sociedad occidental podría y debería evitar y no evita, son demasiadas como para no considerar dichas causas en unos casos epidemia y en otros pandemia.

El alcoholismo, las drogas cada vez más mortíferas, enfermedades curables mediante un medicamento que las cura pero que el enfermo no puede comprar porque es sumamente caro; porque el propio sistema económico político margina o expulsa de la sociedad a incontables indidividuos por razones o sinrazones varias; porque a duras penas la beneficencia, la caridad o el altruismo ajenos amparan al individuo; porque la desesperación por vivir en unos Estados despiadados con el desposeído lleva a estos, en un número de suicidios que se oculta, a quitarse la vida etc. Todo esto y otras lacras no dejan de ser gravísimas epidemias. Epidemias y, si se quiere, pandemias, evitables. Pues si el Estado fuese lo suficientemente fuerte y lo suficientemente justo, compensaría tantas y tan graves deficiencias derivadas de la acaparación del dinero y de la riqueza en pocas manos. Sobre todo intentaría obviar dos causas remotas de la pandemia llamada injusticia social: la casi nula persecución del defraudador, por un lado, y la negativa de los Estados a suprimir los devastadores paraísos fiscales, por otro...

Desde siempre y en general las epidemias, las pestes, los estragos, las calamidades colectivas: un terremoto, un huracán, un tsunami y siempre la muerte, eso de lo que al humano le es imposible librarse, han sido atribuidos por las poblaciones de todo el mundo bien a un dios concreto, bien a la idea de fatalidad. Frente a ello, el humano religioso busca consuelo en la oración, y el no religioso, en la resignación. Lo que pasa es que en general la sociedad de estos tiempos no está dispuesta a tolerarlo, se niega a soportar lo inevitable. Ya no hay oración que valga y no funciona la resignación. Entonces los Estados que, como he dicho, no evitan la retahíla de estragos evitables mencionados, se ven obligados a reaccionar todo lo más aparatosamente posible para transmitir el mensaje a la sociedad de que se preocupa sobremanera por su salud, por la de la colectividad en bloque, pero no por la salud individual, de uno en uno, a menos que ahora, en este momento, tenga ante sí a un contagiado...

Sin embargo, los mensajes que atemorizan generan una exagerada inestabilidad en la sociedad y una disminución de las defensas por efecto del miedo. Una pandemia no necesariamente conduce a mayor mortalidad. Para evaluar el grado de gravedad que tiene, se suelen comparar las cifras totales de muertes de un mismo país respecto de períodos anteriores equivalentes, para establecer si la variación interanual está dentro de lo esperable o no. Las estadísticas vitales de Francia, por ejemplo, han dejado en evidencia que en 2019 y 2020 la mortalidad no sufrió variaciones significativas, es decir la pandemia Covid-19 no había producido un aumento de la mortalidad global con respecto a años anteriores.

Por eso es tan dramático como ridículo ver a los poderes de todo el mundo y a sus equipos de expertos (hoy hay expertos hasta para enseñar a la gente a lavarse las manos) resistirse a la fatalidad tratando enloquecidamente, de encontrar una protección imposible frente al virus, que nunca llegará…

Porque, además, todo esto está envuelto en un enigma asimismo propio de este tiempo de distopías. Pues una de dos, o el virus que sacude hasta los cimientos a la sociedad humana es natural, no cede, no se sabe cuándo remitirá (y el inteligente no confiará en vacuna alguna pues ninguna vacuna hasta ahora contra la gripe común ha sido eficaz), o es un virus artificial, de laboratorio, para producir justo los efectos que padece el mundo. En cualquiera de los dos casos, pasado ya siete meses desde la declaración dela OMS, y afirmando los epidemiólogos más sagaces y prudentes que pueden pasar años hasta que el virus desaparezca por la inmunidad del rebaño mundial, estamos condenados como el Prometeo castigado por Zeus por haber dado el fuego a los hombres, a convivir con él.

Por eso, visto de este modo, todos los esfuerzos por evitar lo inevitable parecen pueriles o una broma macabra. Ver a la sociedad que no consigue -ni espera en el fondo conseguir- sacudirse de encima esta maldición; ver a los protagonistas de la sanidad empeñados en dominar a la Naturaleza (si el virus es natural) o en vencer a degenerados que han urdido una maquinación para diezmar a la población del globo por motivos que no vale la pena escudriñar, me resulta el espectáculo más patético y grotesco al mismo tiempo que he vivido tras mis más de ocho décadas de vida.

Lo que se esboza en el aire es la silueta de la Némesis, la diosa de la venganza entre los antiguos griegos; ésa que castigaba a quienes no obedecían (por ejemplo, a los hijos que no respetaban las órdenes de sus padres). Y la sociedad humana, especialmente la occidental predominante, en realidad quienes la representan en todos los poderes de la Tierra, es la viva representación del Luzbel rebelado contra Dios. Pero si ahora no se rebela contra Dios porque ya ni cree en Él, arrasa la Naturaleza. Rápidamente agota los recursos para sí y para la vida dando la impresión de que si no irrumpe un factor catastrófico repentino, a la vida sobre la Tierra le queda de todas maneras poco tiempo. De ahí que probablemente la Némesis se tome cumplida venganza. Y lo hace de un modo singular: ha abierto la caja de Pandora y hace que el propio virus sea el percutor del derrumbe estrepitoso de la economía. Así es cómo la sociedad terminará dándose ella misma el tiro en la nuca...



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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