La huella hídrica

Cada viernes el ritual se repite. Los amigos se juntan en cualquier casa, tienda o bar a relajarse después de una intensa semana de trabajo; y por supuesto, litros y litros de cerveza no pueden faltar. Lo que desconocemos u olvidamos es que realmente consumimos toneladas de agua.

Nuestra vida depende del agua, y no sólo porque sea esencial para el funcionamiento de nuestras células, sino porque cada producto que consumimos utiliza grandes cantidades de este líquido. A pesar de ser un recurso renovable, el mal manejo de las fuentes, el incremento en la población y el cambio climático y otros fenómenos, amenazan su disponibilidad, poniendo en riesgo el bienestar de la especie humana. Por esta razón es fundamental la comprensión de nuestra huella hídrica y cómo podemos reducirla.

El concepto de huella hídrica fue acuñado en 2002 por el profesor Arjen Hoekstra, mientras trabajaba para el UNESCO-IHE Institute for Water Education, como un esfuerzo por medir el agua consumida y contaminada para la producción de bienes y servicios a lo largo de toda su cadena de suministro. En otras palabras, la huella hídrica corresponde al consumo total de agua para la producción de insumos y del método de producción de cualquier producto (o proceso), por parte de una empresa, un individuo o comunidad.

Existen tres tipos de huella hídrica: verde, azul y gris.

La huella verde es la cantidad de agua de lluvia que consumen los procesos productivos agrícolas y forestales (almacenamiento en el suelo, evaporación, transpiración de las plantas), y, por lo general, esta ocupa la mayor parte de la huella hídrica total.

La huella azul es toda el agua que proviene de fuentes superficiales o subterráneas, que se evapora o se incorpora directamente a un producto.

La huella gris es la cantidad de agua que se requiere para diluir las emisiones contaminantes de un proceso productivo, de manera que la fuente de agua donde se depositan estas emisiones mantenga un estándar aceptable para las normas locales.

Hagamos un ejemplo simple con la cerveza. La cebada y el lúpulo son los productos agrícolas primordiales en su producción. Toda el agua proveniente de la lluvia que se consume en el ciclo de producción (incluida evaporación, transpiración, asimilación por las plantas), corresponde a la huella verde.

El agua utilizada para irrigación adicional (si es que la hay), lavado de las plantas después de la cosecha, preparación del producto, lavado de utensilios y demás usos en el proceso directo de producción, es considerada la huella azul.

Finalmente, si el proceso productivo genera emisiones contaminantes que se conducen a un drenaje, la huella gris se denomina a la cantidad de agua necesaria para diluir esos contaminantes de tal forma que se mantengan los estándares de calidad del agua en el drenaje. Se estima que la producción de un vaso de cerveza de 250 ml requiere 74 litros de agua para su producción (85 por ciento verde, 6 por ciento azul y 9 por ciento gris). Puede encontrar la huella hídrica de múltiples productos aquí.

Devolver el agua a la naturaleza

Como parte de sus objetivos de sostenibilidad, múltiples compañías globlales, principalmente de bebidas, están trabajando con The Nature Conservancy (TNC), buscando reducir parte de su huella hídrica con un método novedoso: devolver el agua utilizada en sus procesos productivos promoviendo programas de conservación de la naturaleza. Pero ¿qué significa esto?

Comencemos por el principio. El ciclo del agua, en su forma más simple, consiste en que toda el agua que cae en forma de lluvia o nieve tiene distintos destinos: se escurre sobre la superficie, se infiltra en el suelo, se aprovecha por plantas, animales y humanos, y luego se evapora para ser precipitada de nuevo, cerrando el ciclo.

Esta escueta descripción del ciclo hidrológico simplifica exageradamente los complejos procesos que ocurren en sus múltiples fases, pero nos sirve para exponer el punto de este artículo.

Cuando llueve, una parte del agua se infiltra en el suelo y otra se escurre por la superficie, proceso al que se denomina escorrentía. La cantidad que se infiltra o se escurre depende de múltiples factores: qué tan grueso o fino es el suelo, qué tanta humedad había previamente en el suelo y qué tipo de cobertura vegetal predomina, entre otras.

Si llueve en una montaña cubierta por un bosque, el agua golpeará con intensidad las hojas más altas e irá cayendo lentamente, hoja por hoja, hasta llegar al suelo. La rugosidad del terreno por cuenta de las raíces expuestas de los árboles y de la hojarasca, prevendrán que el agua se escurra a alta velocidad y facilitarán que el agua se infiltre en el suelo, donde será almacenada y liberada lentamente, permitiendo que alimente el flujo de los ríos durante la época que no llueve. Es como si el bosque administrara el agua eficientemente, permitiendo que los ríos corran incluso durante la sequía.

Por el contrario, si llueve en un terreno pobremente cubierto de vegetación, el agua caerá con fuerza sobre el suelo, erosionándolo. Se escurrirá por la superficie a alta velocidad, llevando consigo las partículas de suelo que desprendió, y rápidamente llenará arroyos y ríos, que también se vaciarán rápidamente cuando pare de llover. Durante la sequía, posiblemente, por estos ríos no correrá agua.

Poético y todo, este proceso ha sido ampliamente estudiado. Este ‘efecto esponja’ de los bosques varía dependiendo de las condiciones biofísicas y del tipo de ecosistema. En algunos sitios, ha sido probado que efectivamente los bosques tienen una función indispensable en la regulación del agua (como expone este artículo) y, en otros, todavía falta investigación.

Esta es la base para el método novedoso de mitigación parcial de la huella hídrica mencionado antes, en la que varias empresas y cada vez más están invirtiendo para garantizar el agua para su negocio y las comunidades a largo plazo. Algunas empresas promueven programas de conservación de la naturaleza, a través del mantenimiento o incremento de vegetación nativa en las cuencas de las cuáles proviene el agua que usan en sus procesos. Esto, con el fin de disminuir la escorrentía superficial y favorecer la infiltración en el suelo, facilitando la disponibilidad de este líquido en el sistema para otros usos.

En muchos casos, estos programas de conservación se implementan en tierras privadas. Los propietarios firman acuerdos comprometiéndose a conservar los ecosistemas en su predio, y reciben incentivos a cambio. Por ejemplo, en un caso de éxito en Colombia, un propietario eliminó la ganadería bovina de su predio, liberando un pastizal para ser regenerado naturalmente, a cambio de capacitación e infraestructura para piscicultura.

La mirada al futuro de estos proyectos, aparte de garantizar su sostenibilidad financiera, debe ser, la valoración de sus co-beneficios.

Está claro que incrementar la vegetación nativa en las cuencas mejora la ‘administración’ del agua por parte de los ecosistemas, que ha sido planteado como el objetivo único de estas empresas, pero detrás de esto hay múltiples beneficios adicionales: captura de carbono, disminución de la erosión y potencial sedimentación de ríos y embalses, conectividad para beneficio de la biodiversidad, entre muchos otros.

Además, las empresas deben enfrentar también el desafío de mitigar su huella hídrica total, a través de esquemas que promuevan la agricultura eficiente y tecnologías de tratamiento en la industria para atacar, respectivamente, las huellas verde y gris, que aún, en muchos casos, son tratadas como externalidades.

Entre tanto, disfrute de esa cerveza, pero amplíe su comprensión de la huella que está dejando en el planeta y cómo puede reducirla.



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