Los Porrazos de Porras

No es que dejen de estar envenenados. Todo lo diabólico es un veneno si lo asumimos como una inofensiva oración. Pero en el caso de Porras, ese anticristo ensotanado, el mazo es un boomerang. No le quita el sueño a nadie; mucho menos a los venezolanos nos va a preocupar que, de alguna manera, puedan afectar al proceso revolucionario que estamos viviendo, impulsado con firmeza por ese gran dirigente que se llama Hugo Chávez Frías. Proceso que, por cierto, favorece a las grandes mayorías de los seres humanos que fuimos desposeídos por los que siempre han aplaudido las cizañas y tergiversaciones de la parte más retrógrada de la iglesia hoy representada por esa jerarquía de arribistas de Baltasar Porras.

Esa cúpula del anticristo, que profana hasta los mismos hábitos, encabezada por Baltasar y el espíritu burlón de Castillo Lara, con cuatro más para completar la media docena, se ha ensañado contra la misma iglesia que dicen representar. Parece que acordaron que la feligresía abandone el templo y descuide las puertas para que entre el diabólico anticristo y baje de los altares la imagen sagrada de nuestro Señor Jesucristo, tal cual lo hizo Carmona, el breve, con la respetada efigie de nuestro Libertador Simón Bolívar.

Es que, de tanto odio y antichavismo, se han convertido en fariseos. Es tanto el tradicionalismo reasimilado después de la muerte del peregrino, del Papa bueno que fue Juan Pablo II, que son proclives a la añoranza porque la tierra sagrada de la Patria sea mallugada por la bota insolente de los marines del imperio, y bendecir los fusiles que vengan a matar venezolanos, como lo hizo el tradicionalista Pío XII cuando bendijo los cañones y fusiles de las tropas fascistas de Mussolini, que luego masacraron al pueblo africano de Abisinia, con la bendición papal. Pero acá, ni siquiera van a surtir efecto desestabilizador las acciones groseras y necias, como las del tal Castillo en el estadio contra el nombre de la señora madre de Juan Barreto donde estuvieron prestas las cámaras de Globovision para registrar una contra-agresión que no fue tal, pero que ha debido ser, con la contundencia del caso, porque ni a los hombres ni a las mujeres se les mal nombra la madre impunemente.

Por otra parte, aquello de las alianzas de las jerarquías eclesiásticas con los militares gorilas y golpistas, se acabó en Venezuela. Y si fueron ustedes, señores jerarcas, los intelectuales del golpe, ahora van a tener que encadenar el cerebro al gatillo, pues no tendrán dedo índice ajeno que les obedezca. Pero como sabemos que ya ustedes no dan la talla para eso, les sugerimos que se despojen de la sagrada vestimenta con la que pretenden encubrirse para que se lancen, abiertamente, a las arenas movedizas de la política puntofijista, de manera de aliarse con tipos como Oscar Pérez, alias “cabeza de motor”; con Antonio Ledezma, el de las pirocas de Ortiz y con los 60 mercenarios de “bandera rota”, sin desechar a los partidos que fueron, cuando la era de la cuarta república, hoy consolados por la pantallita de Globovision y las cuatro páginas de “El Nazionale” del inestable Henrique Otero.

Ahora a lo que sí nos preocupa. Probablemente habrá muchos compatriotas que no se han percatado que esa jerarquía eclesiástica, de la que Porras es vocero está contribuyendo, a conciencia (no son ingenuos), al aniquilamiento de la Iglesia de nuestro señor Jesucristo. Del Redentor que dejó su alma y corazón en su primera iglesia, allá en Cesaréa (ojo: Cesaréa , con tilde en la segunda “e”) tierras de Filipo y de su querida Palestina. Y lo que nos causa extrañeza es que, últimamente, el purpurado Cardenal Jorge Urosa Sabino, también se contagió de “ceguera” para no ver la realidad. Parece que lo embelezaron los “cantos de ballena” que le llevan serenatas al “héroe” del pistolón transeúnte de Mérida, hoy enchinchorrado y mejor remunerado por Rosales, en los cómodos salones de la Nunciatura y como prófugo que es de la justicia venezolana.

Es deducible que el Cardenal “de la esperanza”, se esté dejando llevar de la mano y con gríngolas, para no ver lo que está sucediendo a su alrededor. Es probable que el lavado le haya hecho olvidar las no muy lejanas preocupaciones por la evidente migración de los fieles a otras iglesias cristianas. Sobre todo después del regaño sutil del Papa Benedicto dieciséis, cuando dio a entender que las demás iglesias no eran tales, en comparación con las católicas dirigidas por él.

Reapareció pues, la línea vertical de la inquisición con la que no se respeta la idiosincrasia de cada uno de los pueblos, acompañada con la pretensión de revivir las lenguas muertas de manera de disimular los procedimientos con los que matarán la fe y, definitivamente, La Palabra de la cristiandad.

Pedromendez_bna@yahoo.es


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Pedro Méndez


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