¿Crisis de Nación?

Son ya demasiadas las crisis que, como capas de una cebolla, agobian a los venezolanos y venezolanas. La madre de todas es la económica, por supuesto, de la cual tan sólo son síntomas la hiperinflación, la recesión y el retroceso en todos los frentes productivos, incluido el del principal, y ya casi único, producto de exportación, el petróleo. Todos son síntomas de la crisis terminal del capitalismo rentista que aquejó al país durante más de un siglo y que la llamada "revolución" sólo intensificó en los últimos 10 años. Pero encima, y agudizando la anterior, nos encontramos con las crisis sociales, políticas, institucional. Ya las dolencias en lo político conforman una complicación terrible: polarización que impide cualquier acuerdo político, desconocimiento mutuo de los Poderes Públicos, quiebre de la institucionalidad por evasión de los mecanismos constitucionales (evitación de las elecciones de diputados del Amazonas que habría resuelto el funcionamiento pleno del Poder Legislativo, anulado por un "desacato" resuelto por un TSJ cuya designación es írrita, burla del procedimiento para el referéndum, instauración de un régimen supraconstitucional y supralegal de una llamada "Asamblea Constituyente" que, ni es asamblea, porque es la reunión de militantes de un solo partido, ni hace ninguna constitución, sino que convalida un poder más allá de las leyes, la definición clásica de una dictadura). La situación social también es terminal. Las misiones, que alguna vez constituyeron un magnífico logro en solventar algunas situaciones, hace años que han agonizado. Vuelven enfermedades contagiosas como la malaria, erradicadas a mediados del siglo XX. Los servicios públicos urbanos colapsan.

Los venezolanos y venezolanas sufrimos las consecuencias de una guerra sin que ésta se haya declarado. Las bombas no han sido necesarias, ni los marines. El reciente mega-apagón, cuya explicación muy bien puede combinar el hipotético ataque cibernético, con la negligencia acumulada en la falta de mantenimiento de los equipos, el robo de los caudalosos recursos que no se invirtieron nunca, el éxodo de personal capacitado, muestra el grado de precariedad a que ha llegado el país. Se avecina la crisis del agua, prevista hace tiempo por los análisis de muchos especialistas, y que ya muestra su hocico en las aguas negras petróleo que brota de las tuberías de Valencia.

Pero, además, en lo cultural, tenemos ya evidencias de algo, tal vez mucho más grave. Lo podemos denominar la "crisis de nación". Con ello designamos esa actitud desdeñosa y teñida de ira, asumida por una porción por ahora afortunadamente minoritaria de la población, hacia la propia nacionalidad, su identidad y su compromiso colectivo. Se trata de una desnacionalización activa, personal incluso, asumida con rabia y odio hacia la nación. Ya en los años cincuenta, voces tan destacadas como Briceño Iragorri, alertaban sobre la "crisis de pueblo" la cual evidenciaba una "falta de densidad cultural" de los connacionales: pérdida de las mejores tradiciones nacionales, reducción de la historia del país a las batallas de la Guerra de Independencia sin fijarse en sus valores civiles y culturales, culto acrítico, para no decir adoración irreflexiva, a los países más poderosos (Estados Unidos y Europa). Fue Briceño el que acuñó el término "pitiyanqui" para referirse a aquellos representantes de las cúpulas económicas y políticas que despreciaban lo nacional y rendían culto a todo lo norteamericano, hasta expresar, como hoy algunos, el deseo de ser norteamericanos pues ya no soportan el "dolor" de ser venezolanos. Hoy esa es la base social de apoyo a la petición de invasión norteamericana por la que clama una turba de estúpidos.

Por supuesto, visto en perspectiva, se trata de una actualización del endoracismo positivista de derecha del siglo XIX: el desprecio, odio, exclusión de los nacionales y, por tanto, de sí mismo. Incluso algunos profesores reviven literalmente el positivismo racista del siglo XIX y hablan de lucha entre "Civilización y Barbarie", colocando a "Occidente" como el adalid de la primera. Un retroceso intelectual obvio. ¿Cómo explicarlo? Más allá de las fallas de la educación apuntadas en los cincuenta por Briceño Iragorri, habría que decir que se trata de la sobrecompensación, por la vía de la pérdida de identificación nacional, de las frustraciones sociales, políticas o económicas que, en una mente sana, se dirigirían a un gobierno en específico, incluso a un partido o doctrina política en particular; pero no a un sí mismo proyectado a una nación: la propia.

Cuando vimos las fotos de una misa realizada en Mérida, con unos muchachos disfrazados de Capitán América flanqueando al cura, cuando escuchamos la expresión de algunas personas (algunos profesores universitarios) repitiendo frases con voces impostadas, que parecen extraídas, con todo y un profundo racismo, directamente de Sarmiento o Vallenilla Lanz, cuando vemos en las redes quienes pontifican acerca de que "Occidente" tiene la "responsabilidad" de intervenir en Venezuela para restablecer la "Civilización", nos pareció asunto de algunos trastornados. Pero la enfermedad mental, cuando adquiere carácter de turba (y de discurso político, como algunos de la oposición), hay que observarlo con atención y preocupación.

Por supuesto, como dijo algún existencialista, las situaciones extremas, catástrofes como estas que estamos viviendo, sacan a la superficie lo mejor y lo peor de los seres humanos. Expresiones de solidaridad colectiva, de ayuda mutua durante el megaapagón, aparecieron junto a la violenta turba saqueadora, el aprovechamiento de las urgencias, la dolarización violenta de las compras de lo esencial. Toda guerra se caracteriza por la muerte, la mentira y la crueldad. Eso de exaltar la guerra con el cuento de los valores de la valentía, la templanza, la lealtad y la disciplina, es otra manipulación de masas, especie de autoayuda militante que sobrecompensa el "narcisismo de grupo", la satisfacción casi obligatoria con nosotros mismos, fundamento de todo sectarismo, con picnics comunales, oportunidad de que los niños jueguen en la calle lejos de la TV y los video juegos, etc. Pero debemos dejar todo en los platillos para que se equilibren, y ver que, sí, el pueblo venezolano continúa luchando por SER y se ha fortalecido con todo aquello que no lo ha matado.

Todos los pueblos han atravesado épocas oscuras. Y creyendo en sí mismos, haciendo más fuerte la voluntad que la razón, las superaron. No es sometiéndose, como los guardias judíos a las órdenes de los nazis en los campos de concentración que reprimían a sus semejantes, como saldremos de esta. No es besando las cadenas, ni clamando por invasiones de "Occdidente" (por cierto, sea dicho de paso, tan "occidental" es la democracia liberal como el marxismo y hasta la "Teoría de la dependencia" y la de la decolonialidad), como superaremos nuestros problemas, grandes, graves, complejos. Seremos Nación.



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Jesús Puerta


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