Leopoldo gimotea en la cana

Decían los hombres del siglo pasado que la cárcel se hizo para los hombres. Y ese decir era producto de una autosugestión impulsada desde la valentía de aquellos hombres por las serias dificultades que pasaban los encarcelados de esas épocas tenebrosas, cualquiera fuera la circunstancia por la que allí estuvieran.

Aherrojados tales mortales, la mayoría de ellos morían tras los barrotes o en los duros caminos de los trabajos forzados. Pero hoy con el avance de la conciencia de los pueblos las cosas son diferentes. Por eso Leopoldo López, ese celebre muchachón que a diario incitaba a la amenaza y la provocación terrorista a  los más muchachos que él y que han causado un daño terrible a bienes nacionales y comunidades enteras, se encuentra bajo la tutela del estado y dentro de un marco legal  supra transparente en condiciones de privativa de libertad.

Pero tenían razón aquellos corajudos hombres del siglo pasado. Para aceptar la prisión como modo total o parcial de vida es necesario estar acompañado de un mínimo de valentía. Parece no haber tal condición en la humanidad de Leopoldo. Una inconmensurable depresión espiritual le abruma con amenazas de abatimiento. Aquellas melancólicas palabras que pronunció unos minutos antes de entregarse a las autoridades, de que “vale la pena estar preso…” parecen haberse convertido en el epitafio de una actitud que quedó atrás, en una cobardía disimulada. Son varios ya los reportes periodísticos que indican el desconsolado proceder actual de Leopoldo.

Fácil en irse en  lágrimas y ruegos para una ayuda que supere su situación, el líder de Voluntad Popular luce atropellado por su conciencia. La irritación le hace presa fácil y ya no quiere atender visitas de quienes los cree traidores a su causa. Gente allegada a la oposición dejan traslucir que está irascible al hablar y que casi a gritos ruega por una Ley de Amnistía que ahora pregona la oposición y que fue fundamentalmente idea de él.

Es al parecer como buscando con ello una grieta posible por donde se cuelen sus lloriqueos.  Así se muestra Leopoldo. No es para alegrarse  que una actitud de profunda melancolía pueda alterar su salud general. Pero no es una coincidencia que los más afamados hombres  de derecha se han mostrado en lastimosos cobardes cuando las leyes le llaman a cubrir sus responsabilidades. Desde el ruego ignominioso hasta el suicidio, son las armas que más comúnmente utilizan.

Vayan a ver entonces la comparación con hombres como Mandela, Fidel, el Che etc. Es como si la razón desde ya sentenciara las conciencias, a través del histórico proceder. Y allí está el meollo de la actitud del Leopoldo a merced de la justicia. Una petición en ruego esta vez procede, para que Leopoldo López tenga la suficiente capacidad de soporte en un tejido de responsabilidades  que parecen apostárseles en su conciencia.



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Neri La Cruz


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