Ruralidades

Octubre de Miguel Otero Silva

No es cualquier parto el de la literatura del siglo de las dos equis. Mucho menos sutileza que a la idolatría burló. Fueron dos poetas de pueblo en pecho, como de su prosa haría parodia Ángel Celestino Bello (El Chaparro, 1902), seis años antes que Miguel Otero Silva nuestro MOS de las letras con las que dio a conocer al mundo a la Venezuela de su querer, a la Barcelona de su raigambre, la de su río Neverí el de las aguas cristalinas y de los primeros biberones. Inspiración de su primer poema, de cuando aquella juventud “divino tesoro”, se solazaba en esas aguas de la misma desembocadura del serpenteante arroyo, casi orillero con la calle Juncal.

Muchos paisanos del terruño (es comprensible) no saben que el poeta barcelonés no nació en cuna de oro. Pero sí con una inteligencia que opacaba el oropel. Sus excursiones siempre se consustanciaron con el verde natural de las serranías para escuchar el silencio de los serreños acogotados por los avaros y sus caporales, quienes como las bestias del leteo se cebaron en la humildad. Al salobre de Maurica o Lechería, le oponían las diez zancadas de los sábados a la estación central del ferrocarril, después de escuchar el pito de la locomotora de Marcial Sifontes, para venir al chapuzón sabatino de acá del rio de las Minas arriba.

Por eso aquella sociedad de los escogidos de la plaza Boyacá, que lleva el nombre de la batalla y la égida de José Antonio Anzoátegui, entonces con los barrotes de la herrumbre para empotrerar a los patiquines, jamás lo vio en aquellos maratónicos paseos que más bien parecían el amadrinamiento de las cabras en subasta.

Aquel bachiller de la república, indiferente al seudónimo de campuruso endilgado por aquella incipiente burguesía petrolera y “tabarato baisano”, seleccionaba en la gente serreña del surco y el carbón, los nobles motivos para ser de su poesía el canto a las causas de los desposeídos, pensando entonces en el libro abierto que nos dejó, como cincelado en piedra, el grande y primer socialista; el hombre sin doblez que fue el defensor de los pobres: Jesucristo el de Palestina.

Muchos de nuestros paisanos orientales no saben que nuestro poeta, escritor y orgulloso periodista, antes que el hombre que llegó a nuestra Barcelona con una capotera lo enviara a Los Teques a culminar sus estudios, se inspiró para llevarse en el bagaje de la poesía en el niño campesino, cuando aquel infante no sabía ni la O por lo redonda. Y que aquella necesaria despedida incluyó en ese bagaje el recuerdo del pito de fuego que Marcial Sifontes hacía tañer desde la estación central del ferrocarril de la recua carbonera de Guanta-Barcelona-Naricual-Montaña arriba, hasta el caserío Las Minas.

Camarada MOS, que por ahí andas con el chileno Pablo Neruda, con nosotros escucha un aquí estás, con tus obras que son pluma que hacen abanicos en alas de la paz, como cuando presidiste en Paris la reunión del sosiego que espantó, cual Florentino de Arvelo, al Lucifer que no es el de la aurora. Escucha el gemido de tu rio y su hermano gemelo, el de los inquietos pececillos, que salieron robustos un día hacia un Neverí y hacia un Manzanares, pero que saltó la canalla y los intoxicó. Honorio se fue de farra; las Casas Muertas volvieron a los caminos de la reanimación que le prodiga la Oficina Nº 1 más allá, en la Piedra Que Era Cristo, donde se repujan las tres cifras hechas sumatorias a partir de la fecha del nacimiento del poeta, escritor y periodista, Miguel Otero Silva, quien nos enseñó, imberbes, que la gran luchadora marxista-leninista Rosa Luxemburgo gritó a su debido momento y para el mundo entero: Patria, Socialismo o barbarie!

*pedromendez_bna@yahoo.es


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Pedro Méndez*


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