Sindéresis

Ah mundo los periodistas

El célebre guerrillero y periodista Fabricio Ojeda, asesinado en las mazmorras de la represiva digepol, durante la sangrienta década de los sesenta, sostenía que el ejercicio del periodismo era el ejercicio de la moral. Y además, que ejercer el periodismo era una actividad de alta ciudadanía. Pero que difícil se ha hecho por estos tiempos situar el ejercicio del periodismo en ese contexto. El ejercicio ilegal ha trastornado la eficiencia periodística y ha invadido el espectro más sensible del periodismo, arrodillándolo en casos a intereses oscuros y miserables objetivos. Y lo peor es que hay gente muy diplomada, que alcahuetea esos bajos designios. Las licencias de locución han tomado caminos de atajo para solapar el ejercicio ilegal y mellar la integridad del la noble profesión. Eso que llaman productor independiente también se ha deformado en sus objetivos originales y hoy sirve hasta a intereses mezquinos donde compiten la mediocridad y la maledicencia. Hay programas de radio y tv donde algún “productor independiente” contrata un periodista en ejercicio, y salta al aire con un grupete de susurrones que difunden con obstinación, las más oprobiosas maneras del comportamiento ciudadano. Allí el supuesto periodista responsable de tal trastada, hace eco de tan innoble causa. Allí, el periodismo se deforma y pierde su perspectiva ciudadana. Allí, el periodista alcahuete traiciona sus principios. Sin duda hay programas de periodismo profesional honesto, serio y de gran calidad moral. Pero el programa periodístico de radio y televisión depende casi siempre de un productor y de alguna inversión que no todo profesional idóneo puede tener. Y se sucede entonces el solapamiento del ejercicio. Menos mal que el periodismo impreso no ha podido aun ser invadido por la piratería periodística. Todavía se ven, por fortuna, las páginas de los diarios con altos contenidos de honradez y probidad periodística. Pero por favor, no se encienda un aparato de radio en horas pico porque el horror se asoma. Es necesario entonces que el gobierno practique con audacia sus principios de revolución y conjuntamente con los gremios del periodismo, le den un parao a esta deshonrosa forma de difundir malas maneras de hacer ciudadanía. A lo mejor si Fabricio Ojeda viviera, y su nobleza periodística hubiera podido propagar, la canalla mal formadora no hubiese podido acometer sus desmanes y los traidores del periodismo hubieran encuevado sus deserciones y hasta un nuevo y mejor ciudadano se paseara con alta mortalidad por las calles de Venezuela.

n_lacruz@yahoo.com
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Neri La Cruz


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