Culpable en EE UU y en Europa: los delitos de Microsoft

14-10-2007. -  La orden de la Unión Europea para que Microsoft abra su sistema operativo a los productos de sus competidores, como los reproductores de audio y vídeo y los servidores de Internet, fue vista por el Departamento estadounidense de Justicia como una regañina. En consecuencia, emitió un comunicado oficial para ridiculizarla: “En los Estados Unidos”, decía, “las leyes antimonopolio están obligadas a proteger a los consumidores protegiendo la competición, no a los competidores.” Pero lo cierto es que la Ley Antitrust Sherman fue aprobada precisamente para proteger a los competidores y no a los consumidores, y el Departamento de Justicia no se estaba burlando en realidad de la Unión Europa, sino de la ley estadounidense.

La Ley Sherman fue aprobada en 1890 después de una intensa presión en el Congreso para hacer algo con los trusts que estaban tomando el control de la producción de muchas industrias, desde el petróleo y el azúcar a los automóviles y la maquinaria de oficina. El movimiento contra los trusts empezó en 1881 con la denuncia de la Standard Oil del periodista Henry Demarest. ¿Qué había hecho la Standard Oil para convertirse en la diana de todo lo negativo de los monopolios? En realidad, nada que perjudicara a los consumidores. Todo lo contrario: la Standard Oil llegó a dominar el mercado reduciendo el precio de su producto principal, el keroseno. Lo que hizo fue hacerle imposible a otras refinerías continuar en el negocio como independientes. Esto fue lo que puso el dedo en la llaga en la América de 1890, incluso si los consumidores se beneficiaban del trust.

Las tácticas que la Standard Oil empleó para aplastar a sus competidores son las mismas que usa Microsoft contra sus competidores hoy: darse a sí misma una ventaja injusta. Standard Oil no sólo obtuvo portes más bajos de los ferrocarriles, sino que consiguió que los ferrocarriles aceptaran no dar los mismos descuentos a nadie más. Pero la Standard Oil no buscaba necesariamente aplastar a sus competidores. Lo que quería por encima de todo es que se unieran al trust. El problema fue que aquellos competidores querían conservar su independencia. Un participante describió una reunión que los otros refinadores mantuvieron con la Standard Oil como sigue: “Le dimos a entender [al delegado de la Standard Oil] muy amablemente que nosotros no proponíamos llegar a ningún ‘arreglo’, en el que perderíamos nuestra identidad, nos venderíamos o estaríamos bajo la bota de otro.”

Resulta interesante advertir que los términos de la oferta de la Standard Oil eran bastante generosos. En 1884 se le ofreció a un refinador de petróleo llamado Lloyd un confortable salario vitalicio y participaciones en la Standard Oil, pero no aceptó ninguna de ambas cosas. “Lo que yo quiero es hacer gasolina”, fue su respuesta.

El New York Times tenía exactamente las mismas preocupaciones que los refinadores de petróleo. Un editorial de 1888 explicaba que el pueblo americano “debería recordar que la existencia de un monopolio que controla una industria no sólo excluye a la competencia en el trabajo de proveer a los consumidores, sino que en muchos casos priva virtualmente a los consumidores de su derecho de entrar en la industria como productores.”

Ni siquiera el senador Sherman pensaba que los monopolios fueran malos para los consumidores. En su argumentación en el Senado a favor de la ley epónima dijo, “las corporaciones tienden a abaratar el transporte, reducir los costes de producción y extender al alcance de millones los lujos y las comodidades antes disfrutados por miles.” Pero aún así se opuso a ellos porque destruyen la “libertad industrial.” Cuando Charles William Eliot, el Presidente de Harvard, se unió a la lucha, no fue a favor de los consumidores. Su preocupación estaba en el poder político que los monopolios amasarían y el detrimento en la democracia que tendría como efecto.

La Ley Sherman afirma que “cada persona que monopolice, o trate de monopolizar, cualquier parte del intercambio o del comercio entre los diferentes Estados o con naciones extranjeras, será considerada culpable de un delito de gravedad.” Resulta muy evidente que Microsoft monopoliza el mercado de las aplicaciones informáticas. También resulta muy evidente que Microsoft no es el único, con Apple haciendo que la música que vende sea incompatible con cualquier otro reproductor excepto el I-pod de su propiedad. Todas estas actuaciones violan las leyes antitrust. El Departamento de Justicia debería aplicar la ley en lugar de rescribirla.


Moshe Adler imparte Economía en el Departamento de Planificación Urbana de Columbia y es el director de Public Interest Economics, una consultoría económica.

Traducción para www.sinpermiso.info : Àngel Ferrero


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