Crisis, intervención y represión

Crisis en EEUU,  crisis mundial y gran crisis nacional  anuncian por obligación un periodo de agitación social e inestabilidad políticas. 

El choque social en gran escala está casado. La inestabilidad política habrá de crecer en el país y en la región, apuntando hacia crisis de gobernabilidad 

Y esa previsión, que no es patrimonio exclusivo de quienes apostamos a favor del cambio de gobierno y de sistema, es la que en estos casos determina la apelación desde las cúpulas del poder dominicano y transnacional a las políticas represivas delineadas en el llamado Plan de Seguridad Democrática (copiado de la experiencia colombiana), en el proyecto de ley antiterrorista (de factura USA y puesta en práctica en Colombia, Perú, México y otras naciones); todas ellas dirigidas a criminalizar el derecho del pueblo a no dejarse matar de hambre.. 

La Policía Nacional ha sido la primera en anunciar que se prepara para este tipo de eventos, asesorándose ahora hasta de la criminal experiencia colombiana, y es bien conocida tanto la vocación despótica de sus altos mandos como su incapacidad para manejar un eventual desbordamiento de las luchas sociales. 

Debe esperarse pues que el régimen se vea tentado a emplear indebidamente las Fuerzas Armadas como cuerpo de orden público y mecanismo represor de las protestas populares.  

Eso explica la reciente incursión en este país del Comando Sur del Pentágono con cuarenta instructores para entrenar nueve pelotones del Ejército Nacional en “terrorismo”, “narcotráfico”, “tráfico de personas” y toda la consabida cartilla “made in USA”.  

Explica también la incorporación de militares dominicanos al Batallón de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la Conferencia de las Fuerzas Armadas Centroamericanas (¿brazo armado del TLC?), tutelado por el Comando Sur (ahora con 1030 soldados de la región entrenándose actualmente en Guatemala) y destinado a servir de carne de cañón de las próximas agresiones de EEUU contra pueblos hermanos. 

Sin embargo, es preciso apuntar aquí que esa línea de conducta -producto también de un patrón transnacional auspiciado por EEUU- tendría elevadísimos riesgos para las cúpulas dominantes dominicanas; dado el Estado de deterioro, descomposición, des-institucionalización, empobrecimiento y polarización social en que se encuentran los cuerpos castrenses del país; donde el descontento de amplios sectores medios y de base es grande y la pérdida de autoridad de la claque corrompida y/o privilegiada que los dirige es creciente. Como creciente es la simpatía por un cambio a tono con los procesos avanzados de Suramérica, especialmente respecto a la Venezuela bolivariana. 

Todo esto nos remite a dos cuestiones claves: poder y autodeterminación. Ambas podrían sintetizarse en una frase: poder autodeterminado. 

Porque atado el país a la flota de EEUU como “centro del capitalismo mundial” en crisis y al dominio de la oligarquía la partidocracia, no hay salida superadora. Solo un periodo, más o menos largo, de inestabilidad, deterioro y caos puede esperarse si no se logra a corto o mediano plazo una certera respuesta transformadora de la sociedad dominicana frente a esta grave situación. 

Es obligatorio zafarse de la flota imperialista que nos hunde, de la cadena amarrada al centro del capitalismo en crisis. Y el gran reto es disponernos a hacerlo desde la movilización, la participación y la creación de poder en la base de la sociedad,  intensificando la línea de resistencia, organización y ofensiva centrada en la necesidad de una nueva institucionalidad y de un nuevo poder y un modelo alternativo al neoliberalismo en términos concretos. 

Esto precisa de planteamientos y propuestas muy específicas en la lógica de contrarrestar los devastadores efectos de esta gran crisis, que contemplen políticas productivas, distribución justa de ingresos, asociación con los países hermanos de la región, medidas efectivas de reducción de gastos superfluos y corrupción (austeridad estatal, modificaciones al modelo de consumo que contrarresten el derroche de divisas y recursos), medidas contra la especulación y las ganancias excesivas, desprivatización del patrimonio nacional, reorientación del turismo y de las zonas francas, soberanía militar y superación de la dependencia política. 

Y como todo esto nos remite al tema del poder, hay que necesariamente vincularlo a una estrategia de creación y ruptura dirigida a aprovechar  la inestabilidad y la posible crisis de gobernabilidad para crear las condiciones que ayuden -junto a la construcción de fuerzas transformadoras en la base de la sociedad y a la generación rebeldías sociales autónomas (de clase, de género, de juventudes, de movimientos ambientalistas, de pueblo…)- al necesario cambio de gobierno que permita salir del entrampamiento y abrir un proceso constituyente hacia una nueva institucionalidad, invalidando el Congreso actual en materia constitucional. 

Esta orientación no hay que oponerla a la lucha por reivindicaciones menores y avances políticos concretos  más  limitados, pero si de más en más ella debe ocupar un papel central para no reducirnos al reivindicativismo, a las simples peticiones a un gobierno y a  instituciones a todas luces insensibles e incapacitadas para acoger los reclamos populares. 

De tomar este curso el proceso nacional impactado por la crisis central del capitalismo –como apuntan las tendencias en desarrollo- se abrirá una nueva oportunidad para romper el círculo vicioso y viciado que destruye la nación dominicana y propicia la tragedia social. Y tales oportunidades no se presentan frecuentemente, por lo que es preciso ponerse a la altura de sus exigencias desde una incontestable posición independiente y revolucionaria de las izquierdas políticas, sociales y culturales del país.



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Narciso Isa Conde


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