G.W. Bush o un tigre de papel

Debo suponer que un hombre como G.W.Bush, rico de cuna, ajeno a los destinos
del resto de los mortales, como es costumbre milenaria en la especie, no
habrá dejado de sentir, sin embargo, un breve cosquilleo en la pata de la
nuca al mirar cómo la soga rodeaba el cuello de una de sus últimas víctimas
mortales, Saddam Hussein. Lo digo porque él también es humano, si nos
atenemos a su fisonomía y a lo que nos dice su curriculum, en el que
descubrimos que posee una licenciatura menor en historia en la "prestigiosa
universidad de Yale", situación esta propia de humanos, aunque no de muchos.
Este tránsito universitario -creemos- le puede hacer comprender muchas
cosas.

Sabrá con gran propiedad que su sentido de superioridad y seguridad dimana
del hecho de ser miembro de la actual plantilla dizque vencedora, esa de la
que se dice escribe la historia y controla los medios necesarios para hundir
después al vencido en un fango más profundo que la misma muerte. Las
ilustraciones sobran y hay una muy próxima: los alemanes fueron hundidos
mucho más en el fango de la derrota después de la misma guerra, cuando los
gringos se pavonearon en el mundo como los grandes vencedores de una
descomunal y monstruosa raza. Su posición en primera fila en el pequeño
mundo de la oligarquía del poder jamás lo hará comulgar con ideas que no
sean las suyas, como por ejemplo, Justicia y Libertad para oprimir y sólo
para oprimir; ni tampoco le permitirá siquiera un pequeño gesto de
comprensión hacia las humanas necesidades del hombre: que haya hambre o
dolor en un hombre, mujer o niño... ¡Carajo! ¿Es eso posible? ¿Cuándo lloró
ese muchachito porque sintiese frío o hambre? ¿Siente dolor la gente cuando
le descargan bombas sobre sus espaldas? ¿Cómo saber del dolor o de la guerra
misma si siendo piloto en época de paz dejó de serlo cuando se presentó la
guerra con Vietnam y la oportunidad de demostrar su valentía y arrojo? Aquí
fue cuando concluyó que la democracia y las obligaciones que impone al
ciudadano son sólo para pendejos, compradre, para pendejos; he allí, pues,
otra de sus lindas cualidades.

Las alturas del poder, diríase, lo alejan de las latitudes humanas, y hasta
lo llevan a la sensación de pertenecer a una especie muy diferente, puesta
aquí por la providencia para administrar el mundo, casta inmune a vulgares
designios. Ver a través de pantallas y botones cómo el mundo es puesto a su
servicio por sus marines libertadores, mientras se saborea una espirituosa
bebida o se abraza al benjamin de la casa, es el mejor rasgo distintivo de
la siempre especie directora, preocupada por el planteta. Es historia y
tradición: cada presidente de los EEUU debe liquidar a un matón o invadir
países, como salvadores que son. A él, G.W. Bush, la historia le reservó a
Saddam Hussein, para su gloria eterna. Es algo parecido con los presidentes
venezolanos de la IV República, con sus Yumares y otras matanzas.
Pero nosotros sabemos que todo lo anterior es una paja bien fundamentada
dentro de los mecanismo del poder opresor. A G.W. Bush le ha tocado la
singular fortuna de entronizarse en el mando en una época de real decadencia
del viejo sistema, que ya se preocupa porque sus acciones no resulten tan
contundentes como la época de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
Eso de enviar marines a un país y que debilitado por facciones internas como
Irak, por ejemplo, no parece estar resultando en los actuales momento, dado
el tiempo de desgaste que ya llevan las tropas en ese atolladero. Aunque se
haya cumplido con el propósito táctico de matar al "tirano, amenaza del
mundo civilizado", y de engañar al mundo con el cuento de las armas de
destrucción masiva en manos de Irak, no parece soplar el viento de la
victoria definitiva a la que los imperios se han acostumbrado. Los
oleoductos no parecen querer disparar petroleo para las arcas de la
prosperidad elitesca estadounidense, objetivo final de la guerra,
antiterrorista o antinuclear en el papel originario.

¿Quién no huele ahorita que la vaina está cambiando, cuando uno ve al
imperio pasar tanto trabajo matando un jabalí y cuando a su lancero
principal (G.W.B.) ni sus propios coterráneos lo ensalzan como a un héroe,
para no mencionar a dios?

¿Quién sostiene ahorita el cuento del "Sueño Americano", pongamos por caso,
que no pasa de ser un producto nacionalista de consumo intrafrontera, en la
que un gringuito nace, crece, gana dinero y, finalmente, salva al mundo? Eso
parece basura que flota, pero que flota en las mentes de unas
desnaturalizadas élites del poder mundial, sin calado universal. Es bien
claro que se tambalea un paradigma, y nosotros, los de la revolución de al
lado (¡ay, el patio trasero!), asistimos a ello con ansiedad de justicia.
Yo, en particular, desde que leí -como Bush- algo de historia, estoy que me
orino encima de tantos cuentos chimbos sobre invencibles imperios, más
cuanto son de esos que tiemblan ante las decisiones de su propio pueblo,
como ocurrió recientemente con un resultado electoral que castigó a los
republicanos en tan inefable país.

Sabemos muy bien que G.W. Bush, como mal estudiante de historia que fue, ha
debido comprender aunque mínimamente que él es parte de un imperio que está
pasando y que ese desagradable cosquilleo que sintió en la parte posterior
de su cuerpo al mirar las imágenes de muerte de Saddam lo ratifican en el
temeroso papel de humano que comprende a ratos que la tortilla histórica se
puede voltear de un momento a otro y que podrían hasta perseguirlo como
criminal de guerra, como ya sugirieron por ahí respecto de alguien que ya es
casi prófugo, Donald Rumsfeld, su compañero de fechorías.

Veremos si a este criminal de guerra no lo ajustician sus propios paisanos,
como bien sería justo para un delincuente internacional que gusta de hacer
de juez del mundo, atacar países, juzgar, condenar y ejecutar presidentes, o
sabotear o frustrar procesos o movimientos soberanos de otras naciones que
no necesariamente consideran como modelo el sistema que él preside, gobierno
que través de una minoría plutocrática explota, embrutece y hasta aniquila
-¿subliminalmente?- a una mayoría que no termina de abrir bien los ojos.
Se habrá de cumplir una apreciación de Mao Tse Tung, refiririéndose a los
"amenazantes" imperios: imperios, tigres de papel.

Oscar J. Camero: saludos. Te espero en mi página
palabrapordelante.blogspot.com

camero500@hotmail.com


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Oscar J. Camero

Escritor e investigador. Estudió Literatura en la UCV. Activista de izquierda. Apasionado por la filosofía, fotografía, viajes, ciudad, salud, música llanera y la investigación documental.

 camero500@hotmail.com      @animalpolis

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