Palestina, el olivo en llamas

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Hace unos días, cuando hurgaba en internet las últimas noticias acerca de Palestina, en ocasión de que se avecinaba el triste recordatorio de la Nakba, me topé con una imagen desgarradora: una anciana musulmana sollozante, aferrada a un árbol de olivo talado; detrás en esa dramática escena, varios soldados sionistas aparecen empuñando sus fusiles. Motivado por esta impactante foto, me puse a escribir este artículo como modesto tributo a ese pueblo valiente con el cual tenemos más cosas en común de lo que imaginamos.

Luego de esta experiencia iconográfica comprendí de inmediato aquello que le había escuchado decir a un buen amigo palestino: "cuando sembramos un olivo lo hacemos pensando en nuestra descendencia". Quizás con ello mi amigo quería expresar algo mucho más profundo: que las raíces de ese noble árbol representan el arraigo milenario de su pueblo. Sin duda, en su corteza está escrita la genealogía de quienes habitaron y habitan esas tierras, hoy fragmentadas y mancilladas por el odio del colonialismo sionista. Cada árbol en pie cuenta la historia de esa heroica patria, sus saberes tradicionales y ancestrales; de manera que, por razones económicas, telúricas y espirituales, toda la sociedad, los grandes y pequeños poblados, las familias y el pueblo en general se sienten ligados a la savia y al aceite de sus olivares. La savia es la sangre del combatiente. El aceite encenderá la llama libertadora.

Los enemigos del bien saben perfectamente el peligro que representa para sus mezquinos intereses esta simbiosis identitaria: familia-tierra-olivar-patria. No es casual que hayan arrasado decenas de miles de olivos, así como otras plantaciones de frutales como manzanos, naranjos, higueras, nogales, almendros y vides. Ha sido un ecocidio planificado, lo que se conoce como táctica de tierra quemada: una acción militar practicada desde la antigüedad que consiste en arrasar los campos y bienes de una población, con el fin de destruir su voluntad, intimidarla, hacerle sufrir de hambre y sed, quebrarla psicológica y económicamente. Con esa política fascista creen haber arrancando y estar arrancando de raíz la cepa árabe palestina, su vínculo originario con la tierra. Por un lado, practican impunemente el aniquilamiento masivo de seres humanos y, por otro, la destrucción de todo lo que significa arraigo, cultura, identidad.

Sin embargo, cada árbol secado, talado, quemado o arrancado por la canalla imperialista narra ese genocidio sistemático y el desplazamiento forzado de millones de personas y niños inocentes. Es una denuncia y una prueba palpable de las monstruosas acciones del Estado sionista de Israel, ejecutadas por colonos y tropas con vocación terrorista. Lo que no saben es que ellos, invasores, terrófagos, ecocidas y asesinos seriales forman parte de una sociedad decadente, deshumanizada, sin cualidades ni virtudes morales de ningún tipo. Es una sociedad comandada por el mal y, por tanto, condenada a morir por la vía del autoexterminio; y lo hace de forma galopante, al mismo ritmo que avanza su propia decadencia y vileza.

A pesar de esta infame devastación de los olivares, muchos de ellos centenarios, ese árbol nacional es uno de los símbolos de la resistencia palestina. Uno de los referentes que une a todos y todas en una lucha desigual por recuperar sus casas, sus siembras, sus familias, su agua, su cielo. Su derecho a ser libres y soberanos. Su derecho a retornar y permanecer. Su vida.

Si quien lee estas breves disgregaciones ha podido comprender algo de lo que simboliza el olivo en la vida de los palestinos, es hora de que se pronuncie y abrace la noble causa de ese pueblo; ofrecerles afecto, solidaridad y ánimo para seguir resistiendo. Si su corazón se conmueve al pensar en las insoportables tribulaciones que ellos padecen a diario, es hora de defender a los oprimidos y derrotar al opresor. El olivo en llamas ha sido la señal de que no muy lejos está el día en que la sangre de todos sus mártires convocará la unidad necesaria para la batalla definitiva y la victoria popular. Si el mundo se rebela a favor de esta lucha emancipadora, pronto las llaves de la justicia abrirán las puertas para el retorno de todos los hijos de los olivares y la humanidad habrá recobrado su dignidad.

mederor@gmail.com



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Ramón Medero


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