El árbol, el camino y la cola del león. La Revolución Islámica de Irán

El árbol

El irreducible sistema republicano de Irán establece una relación recíproca entre el pueblo soberano (Umma) y el Líder (Imam), quien garantiza el apego del gobierno a las leyes sagradas y los preceptos islámicos, en medio de las adversidades que la geopolítica le impone. Por ello, pudiéramos comparar a la Revolución Islámica con un árbol frondoso, milenario, de raíz amarga y tallo espinoso, pero de frutos dulces y flores fragantes, por donde corre la sabia vital de su multitudinaria comunidad de creyentes.

Este binomio armónico (Umma-Imam) ha transmutado todos los males infligidos por el poder colonialista en una sociedad virtuosa y piadosa, plena de justicia, igualdad, libertad y verdad, hasta alcanzar un asombroso desarrollo científico, económico, cultural y espiritual. He allí los frutos de pulpa jugosa de ese árbol milenario. No obstante, ello no es alimento para un vano nacionalismo o patriotismo, pero sí constituye la demostración fehaciente de que el origen sagrado de este particular gobierno ha alcanzado un grado superior de desarrollo integral con respecto a cualquier otra forma republicana, sin la intervención de factores exógenos. Esto se debe a su capacidad de atender los preceptos variables y complejos de la naturaleza humana contemporánea, de responder a los requerimientos de la sociedad moderna a partir de la jurisprudencia teológica.

El camino

Nada tiene de opiácea la sociedad islámica iraní. Nada de aletargamiento y mucho menos exacerbación o fanatismo. Quizás todos los pueblos corren el riesgo de ser manipulados o adormecidos pero no por la religión, sino por distorsionadas instituciones o facciones que la representan, aquellas que se yuxtaponen a la maquinaria opresora, a la superestructura depredadora de mundos, como enemigos jurados contra toda forma de libertad y soberanía, a favor de la explotación de ser humano por parte de voraces minorías deseosas de acumular bienes materiales.

Irán, fundamentado en los preceptos islámicos, fulgura por su conciencia crítica, su nobleza y espiritualidad, en indiscutible contraposición a todo sistema opresor, en un mundo donde el imperialismo ha logrado globalizar su hegemonía a través de complejo mecanismos de aculturación. Sin duda alguna, el pueblo persa, guiado por Dios, bajo la dirección de Velayat e Faqih, despertó de la pesadilla colonial hace 40 años y ya es un paradigma que marca un fulgurante camino a seguir.

La cola del león

La cepa amarga del árbol milenario hace referencia a los dolorosos episodios que padeció Irán durante el siglo XX, como consecuencia de las sucesivas invasiones y opresiones extranjeras: usurparon grandes porciones de su territorio, saquearon sus recursos, produjeron hambrunas y el genocidio de millones de personas. Sin embargo, la maldad de los depredadores imperialistas no se detuvo con la Revolución, adquirió otras formas más sofisticadas y perversas hasta llegar a las nuevas herramientas de dominación del presente siglo, basadas en guerras sicológicas y mediáticas, terrorismo, bloqueos económicos y amenazas sistemáticas de intervención militar.

El hambre y las enfermedades representan las armas de destrucción masiva más utilizadas por los guerreristas sionistas y anglosajones para doblegar a los pueblos. Por eso es muy común escuchar esas palabras en boca de los voceros estadounidenses cuando gruñen sus intimidaciones, prometiendo hacer morir por inanición a quien no se someta a su tutelaje. La verdad es que ese espantajo ya no asusta a los iraníes, porque la Revolución Islámica tiene no solo la capacidad de alimentar a su gente, sino que con sus excedentes agrícolas podría incluso salvar a los más de cuarenta millones de desposeídos y descamisados que padecen los estertores del capitalismo en Estados Unidos.

Lo más prudente para este nefasto y decadente gobierno imperial sería alimentar a sus pobres con el trigo producido por ese noble país del Medio Oriente, en vez de jugar peligrosamente con la cola del león. Si este se diera la vuelta, se espantarían como asnos y correrían a estrellarse contra las punzantes espinas de la dignidad persa.



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