Nos vemos en el café…

Cuántas cosas han ocurrido en la historia del ser humano alrededor de una taza de café. Espumoso, corto, largo, tinto, guayoyo… y miles de adjetivos más según la cultura a la cual se aluda.

Napoleón Bonaparte -cuentan sus biógrafos- que una vez hizo un paréntesis mientras daba un discurso para expresar:

Sin un café, cómo se siente la esencia de la política…

Cuántos encuentros en un café han dado como resultado un amor, un negocio importante o no, un libro, muchas ideas escritas en una servilleta, un motivo para mitigar el tiempo o dejar que este transcurra y entonces llegar a tiempo a la reunión…

No en vano Johann Sebastián Bach (1685- 1750), el organista de Weimar, uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. El maestro dijo:

El buen café endulzado, delicioso es más que mil besos, dulce sabe cual vino moscatel, ¡café, sí, es café lo que quiero! Y quien deseare dadme a saborear una exquisita bebida, venga a ofrecerme una taza de café"

Todo esto viene a colación en virtud del éxito de Vietnam al coronarse entre los primeros países productores de café del mundo. Algo que de entrada suena a una noticia de fantasía; pero no, es totalmente cierto. Lo han revelado voceros autorizados de los entes que dirigen la economía de este país, apoyados en las estadísticas de la Organización Internacional del Café (OIC).

Hoy, los otrora labriegos vietnamitas que han tenido en el arroz un ícono de su economía y alimentación, segundos productores mundiales de este cereal; resulta que se han convertido –también- en uno de los grandes productores de café.

Y, para parafrasear a algún fanático del futbol: juega en la misma categoría que Brasil, Colombia, Etiopía, Indonesia y Alemania. Actualmente, los máximos del globo en la producción cafetalera.

Por lo general y con toda propiedad a Vietnam se le asocia a la ceremonia del té, más que a la cultura del café. Pero, ocurre, que hoy este aromático grano de orígenes etíopes, al cual se le atribuye adopción suramericana, ha incorporado con suficiente esplendor a la culinaria vietnamita el néctar del numen de sus divinidades.

Sus exportaciones en lo que va de año 2017, está por el orden de "mil 3 millones de toneladas, equivalente a 2 mil 7 millones de dólares", un 22,3 por ciento, si se compara con las ventas del 2016, cuando esta nación indochina colocó en la arena internacional " un millón 790 mil toneladas", para ascender como exportador al segundo lugar después de Brasil.

Las precitadas ventas fueron destinadas a Alemania y Estados Unidos, en un orden de 16 y 14 por ciento, respectivamente.

De tal forma los suelos montañosos -húmedos y cálidos- indochinos que, desde tiempos ha, habían abierto sus entrañas al follaje de la Camelia, hoy en buena lid, comparten la fertilidad de su corazón en el florecimiento de los multicolores cafetos.

La historia:

El año 1975, cuando finalizó la devastadora guerra de invasión del Imperio estadounidense a Vietnam, los suelos de aquí habían quedado inservibles, por el excesivo volumen de veneno vertido desde los potentes aviones de guerra estadounidenses, cuyas operaciones en veinte años duplicaron el número de las bombas lanzadas por las potencias que participaron en la II Guerra Mundial.

Los vietnamitas se toparon con el café en dos oportunidades. La primera ocurrió en las postrimerías del Siglo XIX, como colonia francesa mientras sobrevivían los vilipendios de una esclavitud que se impuso por más de 80 años. Luego, la segunda ocasión se produce en 1968, después de varios ensayos agrícolas y pecuarios con la ayuda de Rusia. Los cuales habían resultado infructuosos, entonces, el Partido Comunista de Vietnam, revisó los esfuerzos de ambas partes y aplicando una visión prospectiva, apostó al café.

Así fue como este nuevo intento "revivificador" produjo significativos éxitos en materia de crecimientos y progreso económico.

Las estadísticas revelaron que en la década de los años 90, el desarrollo agroindustrial obtuvo un ascenso de 20 y 30 por ciento. Allí la economía vio luz. Se produjo un aumento del número de hectáreas destinadas a la siembra y también creció el número de familias que optó por el café como producto rentable.

Se incorporó un 60 por ciento de familias que subsistían por debajo de los índices de pobreza, las cuales en tres décadas obtuvieron prosperidad. En ese momento se llegó a contar con un aforo cercano a los tres millones de personas dedicadas a esta industria, cubriendo etapas que iban desde el sembrado de plantas hasta la industrialización y mercadeo del producto.

En dicho contexto nacieron el aromático y sabroso tres en uno, y el capuchino espumoso en su taza.

En una conversación informal, en el café de la Biblioteca Nacional, en Hanoi, con un conocedor de esta experiencia, me contó que los cubanos en los años ochenta les enseñaron a los vietnamitas ciertos técnicas de cultivos de cafetos y los animaron a interesarse por su explotación industrial. Ocurre que ahora éstos vienen a Vietnam para aprender mecanismos de sembrados con los cuales los asiáticos han obtenido pingües rendimientos.

Café con hielo y té con hielo

Los asiáticos han introducido nuevas modalidades en el consumo de este grano; una de las variadas formas consiste en servir el líquido recién colado en vasos con

Los modos al consumo de este grano, aquí una de las tantas formas de beberlo consiste en servir el líquido recién colado en vasos con suficiente hielo y leche condensada; bastante diferenciado al tradicional "marroncito" bien caliente (corto, para indicar que debe ser pequeño, o largo, para distinguirlo y precisar que debe ser servido en taza grande), como se acostumbra beberlo en Venezuela.

A finales del siglo XIX y hasta avanzado el siglo XX, los venezolanos compartieron con Brasil, lugares prestigiosos en el mercado mundial de café y cacao. Se recuerdan avisos en Suiza que decía: El cacao de Venezuela, el mejor del mundo ( ¡Lástima!, después se presentó el petróleo…). Sus poblaciones son grandes "cafeteras". Igual ocurre con las de Colombia y demás países de América del Sur, Centroamérica y el Caribe.

Son contados los venezolanos, mis coterráneos, que no inician el día sorbiendo de mañanita un café negro claro, al cual popularmente, se le denomina con cariño "guayoyo fuerte, si es concentrado, o guayoyito, bien claro, si es suave. Y en el desayuno la familia entera, grandes y chicos, disfrutan de una taza de café con leche espumante.

Tal vez acatando las normas de reciprocidad en materia de etiqueta (aunque, como hemos dicho, los venezolanos no somos de tradicional costumbre de tomar té), debo comentar, que preferimos sorberlo para combatir los efectos del calor con suficiente hielo "bien picadito".

Hanoi, sitio de cafés…

Hoy, en Hanoi, la milenaria capital de Vietnam, antigua Than Long, un mundo bucólico con laberínticas callejuelas que generan alucinación a cualquier turista sensible, actualmente, proliferan por doquier establecimientos exclusivos para tomar café.

Igual se multiplica el número de fábricas de marcas tres en uno, café negro para tomar con hielo, café cuatro en uno con aditivos para preservar la belleza femenina y una variedad de suaves mezclas de derivados de sepas arábicas y livianas hábilmente publicitadas.

El café en la magia de Gabo y Hemingway

El mundo mágico de la creación literaria ha tenido en el café un maravilloso aliado. Es que el ser humano después de descubrir las extraordinarias bondades excitantes de este aromático grano nunca más se separó de él y cada vez su presencia se hace indispensable en sus cotidianidades.

El Premio Nobel de Literatura 1982, el tan querido y recordado Gabriel García Márquez, tuvo en este aromático producto un referente de infaltables citas en sus obras. Alrededor de un café, en un café; el escritor hilvanó muchas ideas que luego insertaba en sus cuentos o novelas. Gabo, como se le suele mencionar cariñosamente, llegó a elaborar recetas en las cuales el café resulta imprescindible.

De marcada fuerza literaria, conjugando un silencio de intensidad absoluta en cada gesto y movimiento, legó a sus lectores desde lo real maravilloso un espació cargado de sentimientos desgarradores, para lo cual se apoya en la simbología de colar un café, en la novela "El Coronel no tiene quien le escriba" llevada al cine y merecedora de destacados reconocimientos de la crítica:

"El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad de la jarra en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta que se desprendieron las últimas raspaduras del polvo del café revueltas con oxido de la lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas".q

Y Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura (1954), escribió:

Era un café grande…y sacó un cuaderno del bolsillo del abrigo y un lápiz y se apartó para escribir…

Provoca expresar: Nos vemos en el café…



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Nelson Rodríguez A.

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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