Solución honrosa a la crisis en 1977

El Frente de la Patria de Vietnam

Los vietnamitas encontraron una forma para convivir en armonía después de atravesar largos años convulsionados por el terror y las muertes producto de tres guerras de invasión. Como solución honrosa y estratégica optaron por instituir el Frente de la Patria que vio la luz el año 1977.

Habían transcurridos ya tres eventos armados de considerables proporciones: la guerra de Japón, que tuvo lugar en el marco de la Segunda Guerra Mundial; la de Francia que concluyó con la batalla de Dien Bien Phu, 1954; y la efectuada por Estados Unidos, una guerra que duró veintiún años (1954-1975), y ha sido registrada en la historiografía universal como la más larga ocurrida en el mundo moderno.

Esta guerra también se destaca por el número de militares —de ambos bandos— que perdió la vida. Aquí murieron más de 50 mil invasores estadounidenses uniformados; alrededor de dos millones y medio de combatientes del Ejército Popular de Vietnam y dos o tres veces esas cifras de civiles ajenos al conflicto. Los sobrevivientes sufrieron daños físicos como consecuencia de haber sido contaminados con tóxicos y defoliantes que el Imperio utilizó entre sus sofisticadas armas de guerra. Transcurridas cuatro generaciones, sus descendientes aun nacen con malformaciones y la ciencia no puede predecir las consecuencias degenerativas que presentarán las generaciones por venir.

Investigaciones aún no concluidas revelan que en ese lapso de veintiún años de guerra, el Gobierno estadounidense durante cinco ejercicios presidenciales (Eisenhower,1954-60; Kennedy, 1961-65; Jhonson, 1965-68; Nixon, 1969-73; y Ford, quien admitió la derrota en 1975), invirtió un estimado de 750 mil millones de dólares; cifra que —obvio— habría podido cumplir una noble tarea de haber sido empleada en programas de educación, salud o contra tantas miserias que azotan a millones de pobres en el mundo.

El país asiático quedó prácticamente diezmado y partido en dos pedazos: Vietnam del Sur y Vietnam del Norte. Todas las familias marcadas, sentimental y materialmente, dispersas buscando horizontes.

Esa era la realidad aquí en el Sureste asiático a finales de la década de los años cincuenta. La diferencia es bastante marcada si se compara con los escenarios actuales que enfrentan, en otros continentes, países con turbulencias políticas complejas, cuyos dirigentes no atinan a alcanzar una profunda reflexión dimensional, que les permita reorientar el curso de un desarrollo armonioso de sus pueblos.

Pero para conectarse con tales niveles de pensamiento hay que ascender a estadios de conciencia  que rompan con una serie de prejuicios que impiden crecer esperanzados en el bien colectivo. Hay que ser transparente y apartarse lo más lejos posible de las mezquindades y pobrezas humanas. Sin una perspectiva de esta naturaleza no es posible que los sueños en aras del bien de todos se hagan realidad.

Los vietnamitas, en el diseño del Frente de la Patria, contaron con dirigentes que pudieron echar a un lado las contradicciones y colocar en una balanza, prioritariamente, los intereses colectivos del pueblo. Fue así como pudieron, en el lapso de un año, aproximadamente, sentarse alrededor de una misma mesa para discutir sobre los intereses del pueblo.

Se miraron a las caras y no fue que borraron el pasado sino que por el contrario este les sirvió para construir el futuro del nuevo amanecer que anhelaba la gente. Obviamente,  un proyecto de tal naturaleza, como obra trascendental humana, está sujeto a la perfectibilidad y su éxito depende de la capacidad y el talento de sus integrantes.
 
El Frente de la Patria se puede entender como una empresa del pueblo en la cual convergen todas las organizaciones sociales y políticas, cuyo fin es mantener un equilibrio democrático contralor sobre las tomas de decisiones político-administrativas del gobierno, supervisadas  por la sociedad a través de sus distintas organizaciones, desde la base de la comunidad, representadas por los grupos de minorías etnicas hasta los más elevados centros de poder.

Ante una realidad como esta, cuyos logros se pueden medir y explorar, surgen interrogantes que podrían nutrir discusiones que hoy se producen en países que viven turbulencias políticas delicadas, quizá porque sus dirigentes no atinan a superar los escollos en los que están atascados. Un pantano pegajoso que no les permite avanzar con la celeridad que demandan los nuevos tiempos.

Cuánta carencia de interés común nos arropa y enceguece obstruyendo el camino ideal donde converger en un ambiente de paz, con reglas civilizadas de convivencia.

Contra cuánta falta de responsabilidad deben los pueblos lidiar para evitar el caos.

Trascendentes los términos esbozados por el premio Nobel de Literatura José Saramago (1922-2010), cuando concluyó una conferencia ante estudiantes universitarios y políticos jóvenes españoles con esta recomendación: «Hay que enfrentar las perversidades del neoliberalismo, con conciencia», dijo.

El sabio, en palabras sencillas (año 1999), dio respuesta a un tema que, al parecer, se ofrece inalcanzable para dirigentes contemporáneos con responsabilidades sociales de tanta significación histórica.

Ante un auditorio sediento de este tipo de mensajes el sabio espetó: «Sí, con conciencia. La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia».

Y repitió incansablemente: conciencia… conciencia… conciencia. Y todos de pie aplaudían mientras el Nobel de Literatura reiteraba: conciencia… conciencia…

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 https://www.youtube.com/watch?v=AvBypYy_EHA

*Periodista Venezolano en funciones diplomáticas en Vietnam
 

nelsonrodrigueza@yahoo.com



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Nelson Rodríguez Antoima

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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