Trump: Si pierdo yo, no vale

Faltaban bastantes meses para las elecciones presidenciales de 2020 cuando Donald Trump empezó a decir que los demócratas estaban conspirando para amañar las elecciones y que, si perdía él, es que había habido fraude. Nunca ha habido fraude en las elecciones estadounidenses y técnicamente es casi imposible que lo haya, porque los controles son muy rigurosos y abundantísimos, pero a ese hombre le daba todo igual. Su ego infantil no le permitía aparecer como un perdedor. Y perdió. Hubo siete millones de votos más para su rival.

A pesar de eso, y gracias a los medios de comunicación de extrema derecha puestos a su servicio, una gran cantidad de norteamericanos sigue hoy convencida de que les robaron las elecciones y de que Trump, que perdió con toda claridad, en realidad ganó. Fue cuando se produjo el inaudito asalto al Capitolio, instigado por el propio presidente. Lo nunca visto desde la guerra de secesión que acabó en 1865.

Ahora es igual. Dos años después, en las elecciones legislativas, el expresidente Trump anunciaba una «marea incontenible» de votos a favor de sus candidatos y avisaba: si pierden, es que ha habido fraude. No ha habido ninguna marea. El Partido Demócrata mantiene (si es que no lo aumenta) el control del Senado, ya veremos si gana o pierde en la otra Cámara y ha conseguido varios gobernadores importantísimos que no tenía. El claro perdedor es Trump. Pero esta vez, ya escarmentados, han sido varios los candidatos trumpistas que se han apresurado a reconocer que han perdido, con lo cual las bufonadas pueriles del antiguo presidente («si pierdo yo es que ha habido trampa») se quedan solo en eso: en bufonadas, en berrinches de niño consentido.

Es muy peligroso tomar a los ciudadanos por idiotas. La gran mayoría no lo son, a pesar de los enormes y largos esfuerzos de los medios de comunicación de ultraderecha para convertirles en fanáticos. ¿Para qué? Pues para transformar la democracia en una palabra vacía, en una estructura sin sentido, puesta al servicio nada más que de su ambición. A Trump, la democracia no le importa en absoluto; lo único que busca es el poder. Eso, una de dos: o sale mal y el mentiroso se va a su casa con el rabo entre las piernas, o acaba en una dictadura. En este caso va a ser la primera de las dos posibilidades.

Tengan cuidado los que padecen de una ambición desmedida, allí y también aquí. Mentir a la gente, manipularla, tratar de engolosinarla con trucos de feria mientras la vida de los ciudadanos se deteriora a ojos vistas, es peligroso. Lo dijo Abraham Lincoln: se puede engañar a muchos durante un breve tiempo, y también es posible engañar a unos pocos durante mucho tiempo. Pero es imposible engañar a todos durante todo el tiempo.

 

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