El ramplonismo: la pragmática política del madurismo

Nos cuenta el ya fallecido historiador venezolano doctor Ramón J. Velásquez que, una vez finalizados los acontecimientos festivos de la semana estudiantil venezolana del año 1928, el gobernador del Distrito Federal, para entonces, Rafael María Velasco, un andino tachirense, fidelísimo gomecista, citó a comparecer a su despacho a los dirigentes del gremio universitario que tuvieron figuración destacada en los actos. Uno de ellos fue el joven tribuno, Jóvito Villalba, quien tenía para entonces apenas 20 años, pues había nacido en la población de Pampatar, isla de Margarita, en 1908.

Villalba había pronunciado, durante su intervención en el acto central de la semana festiva, un discurso bastante original, cargado de emoción, elaborado con frases extraídas del pensamiento del libertador Simón Bolívar, cuyo contenido disgusto al presidente de la república, al gobernador y demás funcionarios del régimen. En una parte de su alocución, la que más indignó a la satrapía, el paisano margariteño dijo lo siguiente: "¡Libertador, ha llegado la hora de que tu acción coincida para nosotros en este momento de definirnos ante el destino y ante nosotros mismos! Habla ¡oh! Padre, ante la universidad donde se forjó la patria hace años, habla para que pueda oírse otra vez tu voz rebelde de San Jacinto".

Horas después estaba Villalba en la oficina del gobernador, donde le esperaba una reprimenda por el atrevimiento de pronunciar un discurso político en un acto público, cosa que estaba prohibida entonces. El careo entre ambos hombres se concreta en tono tenso y amargoso. "Encuentro unas palabras en ese discurso suyo, dice Velasco, que me molestan por lo desatinadas y mezquinas de las mismas. ¿Cómo se atreve a decir usted que la Universidad es la patria? Tal afirmación ofende a mi gobierno, el de nosotros, los tachirenses. Porque debe saber usted de una vez por todas que en Venezuela el general Gómez es la patria. Aprenda y memorice lo que estoy diciéndole para que no vuelva a irrespetar a mi jefe, el presidente de nuestro país, general Juan Vicente Gómez".

El gobernador Rafael María Velasco Bustamante era en verdad un esbirro del régimen del tirano de la Mulera. Por tanto, no se podía espera de él otro comportamiento que no fuera de leal funcionario al servicio de su jefe, además de efectivo represor de todo aquel venezolano cuyo comportamiento provocara sospechas de ser enemigo del gobierno. Por tales cualidades, Velasco recibió el muy apropiado apodo de "El Sapo".

En los posteriores días de ese mismo año y del siguiente, cuando distintos grupos opositores al gobierno ejecutaron acciones con miras a desestabilizarlo, Velasco tuvo oportunidad de evidenciar su condición de esbirro gomecista, mostrando en esta tarea su peor cara. El "Sapo" se lució persiguiendo a los universitarios, familiares y amigos. Las cárceles se llenaron de estudiantes por órdenes suyas y el terror se apoderó de la ciudad capital. Estaba Velasco haciendo lo que mejor sabía: reprimir, encarcelar y torturar. Así era como este esbirro entendía que se defendía La patria, la patria del tirano Juan Vicente Gómez.

No obstante, ya para 1928 el Bagre estaba anciano y no le quedaba mucho tiempo de vida, ni tampoco al régimen que presidía. En diciembre de 1935 ocurrió el inexorable acontecimiento, deseado por la mayoría de los venezolanos, no así por los funcionarios gomecistas, ni mucho menos por los amigos y familiares del dictador. Muere Gómez, y sus esbirros tienen que buscar refugio, pues la furia popular se desata contra todo lo que escupa maloliente tufillo a gomecismo. En la casa de Velasco todos sus miembros apestan. Cargan consigo un olor nauseabundo. Es que todos ellos son cómplices de las fechorías cometidas por un régimen político mantenido a lo largo de 27 años a costa de torturas, asesinatos, cárceles y terror. A las pocas semanas de la muerte del tirano, a sabiendas que las turbas lo buscan para lincharlo, Velasco huye de Venezuela. "Su" patria, según su propio decir, ha dejado de existir. Se extinguió el 17 de diciembre y fue enterrada en Maracay días después.

A Velasco tampoco le quedará mucho tiempo en este mundo. Sus últimos años los pasará en Costa Rica, donde morirá en 1948, sin jamás recibir en este país trato respetuoso por parte de sus habitantes, ni tratamiento de ciudadano por parte de sus gobernantes. Será un desterrado sin patria, un despatriado doble: despatriado de su terruño nativo, los andes, donde dejó querencias, amigos, familiares y recuerdos; y despatriado también del territorio político donde acumuló prestigio, riquezas y poder.

Ahora, en los días que corren del año 2021, cuando los venezolanos se encuentran sometidos a otra satrapía, liderada por una camada de falsos patriotas y fanáticos trogloditas del doctrinarismo izquierdista, es oportuno traer al presente una remembranza de este venezolano, encumbrado por circunstancias azarosas a posiciones de mando. Un golpe de suerte ocurrido en medio de aquella Venezuela montaraz de fines del siglo XIX fue el tobogán por donde se deslizó el para entonces desconocido Velasco.

Y es oportuno recordárselo, sobre todo, a quien ocupa hoy día la silla presidencial en la que también se aposentó Juan Vicente Gómez. Pues, así, con la ayuda de este retrato, el ahora inquilino del palacio de Miraflores es factible que perciba ¡cuán finito, frágil y eventual es el poder político! Y para que también se entere el susodicho que las víctimas pasan factura cuando tienen la oportunidad de hacerlo. Y, a no dudarlo, ésta siempre se presenta.

Todo encaja a pesar del transcurso del tiempo. El pasado día 4 del presente mes de febrero, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en la sesión parlamentaria de ese día, tomó la palabra para reciprocar la intervención del diputado del Partido Comunista Oscar Figueras, otrora aliado del PSUV. En su delirante perorata, Rodríguez advirtió a todos los venezolanos que aquí solo existen dos opciones políticas: la de aquellos que están con la patria y se colocan al lado de maduro y su gobierno; y la de los que no están con la patria, adversan a maduro y se colocan, por tanto, al lado del imperio. La patria es Maduro, fue lo que quiso decirnos Jorge Rodríguez. La misma advertencia simplista, maniquea, chantajista, proferida por El Sapo Velasco hace poco menos de un siglo, cuando los venezolanos sufrían bajo la bota del pérfido tirano Juan Vicente Gómez. Es el ramplonismo que viene en atropellado auxilio del siquiatra; una muletilla discursiva, siempre a disposición de los infaltables miembros de la corte de felicitadores del mandamás de turno, con la que se intenta convencer a un público nada perspicaz. El ramplonismo, sin embargo y felizmente, tiene patas cortas, no persuade ni a los pendejos.

¡Que visiten los ramplonistas del PSUV la tumba de Jóvito Villalba! Aquí, frente al ataúd donde reposan sus restos, constatarán que aquella arenga del Sapo no hizo ninguna mella en la integridad del tribuno margariteño, un político muy inteligente, cuyas extraordinarias cualidades parece que no abundan en la dirigencia del PSUV.

La historia enseña, sin duda, pero los obtusos se niegan a estudiarla y aprender de ella.



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Sigfrido Lanz Delgado


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