Los que no están, los que se han ido

Las Navidades son ocasión para recordar a los que no están, a los que se han ido. Esos que partieron, y son recuerdos de otras Navidades. No hay familia que no tenga uno. Cuatro o cinco millones de emigrados, poco da que sean unos más, unos menos, son muchos, demasiados para una nacionalidad herida. "¿Cómo traerlos?" sería la pregunta apropiada para estos días.

Con la llegada de Chávez, una buena parte de las clases medias decidieron no participar en nada que, supuestamente, favoreciera al gobierno. Nada que produjera bien, para que no hubiera argumento positivo para "el enemigo". Forjaron el oráculo del fracaso, que hoy les llena la boca. Vivir peor como consigna. Y lo asumieron como derecho, pero no estoy seguro de que lo fuera. Se instauró un maniqueísmo autodestructivo, favorecido por el ego herido de Chávez, y su violencia verbal desde el poder. Pero la política no se construye por oposiciones radicales, sino por negociaciones posibles. No todos tienen que estar declaradamente a favor o en contra. Cuánto contribuyó con este discurso el pasaje de Manuel Espinoza y sus asesores por el Ministerio de Cultura, y lo remató el narcisismo corrupto de Farruco Sesto. En realidad, fueron ministros de la cultura del enfrentamiento infértil. Sabotaje o complicidad no era la pregunta, no puede serla.

Hay espacios técnicos, profesionales, especializados que debieron mantenerse al margen. Más cuando era parte del ejercicio del Estado. El "ni un paso atrás", que tanto cautivó a una oposición tanática, produjo la sustitución de veinte mil técnicos de PDVSA por otros tantos burócratas comprometidos, y de paso más. Carnet sustituyó chantaje. De allí el primer exilio, a Colombia y El Caribe, a los países árabes, a todas partes. Un conocimiento pagado por el país, y una experiencia que se perdía a favor de competidores. ¿Cómo que no afectó a nuestra industria petrolera? Fueron maltratados, ciertamente, se aplicó la injusticia de la venganza, pero pisaron en falso por su propia pretensión de asumirse por encima del Estado. El "no podrán sin mí", que tanto se ha repetido entre emigrantes, fue un paso mucho más atrás y al vacío. Cayeron porque una prepotencia pudo más que otra, y el país del menos-del-millón de barriles de hoy, el de las colas interminables por gasolina importada, del transporte que aumenta sin control, lo lamenta en reverso.

Llegó el momento cuando las clases populares se sumaron al irse. Con cuánto dolor y con cuánta rabia nos enteramos de los desprecios que sufren. ¿Será mejor allá, a pesar de todo? ¿El gobierno de Colombia niega a los venezolanos las vacunas? ¿Cuántos fueron, cuántos han sido, cuántos siguen siendo los colombianos que transitaron por la Venezuela rica durante más de medio siglo? Y no sólo trabajadores honestos, que los hubo a montón, sino también muchísimos malandros y prostitutas, y muy pocos profesionales, por cierto. ¿Cuánto se llevaron en remesas de dólares, favorecidos por las malas políticas cambiarias? ¿Cuánto del contrabando desangrante ha ido a parar a Colombia en todos estos años? ¿Cuánto de la droga producida allá pasa por Venezuela, abriendo un camino de heridas? Y chilenos, argentinos y uruguayos, en medio del horror de sus dictaduras, fueron recibidos con generosidad y solidaridad política. Y ecuatorianos y peruanos, españoles e italianos de la posguerra, también gente de pueblo o ¿ya no se acuerdan?

Irse a pasar trabajo y vivir desprecios, no porque estén mejor allá, sino porque vivimos acá la conciencia de la desesperanza, la falta de perspectiva política, la angustia del cómo salir de la crisis económica que fabricaron manos asquerosas de una corrupción de cientos de miles de millones de dólares. ¿Y qué hacemos con éso? ¿Cuántos errores podíamos cometer por un cambio social que no se dio, porque la ambición de riqueza se robó la realidad? Huir del desierto para caer al fondo del abismo.

Estuve unos años estudiando en Estados Unidos, y me sorprendían algunos compañeros latinoamericanos que hablaban muy mal de Latinoamérica, empeoraban la visión para justificar un "tener que quedarse" en la academia, por cierto, menos una miserable excepción, no los venezolanos de entonces. Forma de justificarse a sí mismos, y entre ellos, en una sinergia del lamento, el abandono de sus querencias, de sus relaciones, de su responsabilidad ante lo que sucede y lo que sucederá, porque sólo metiendo las manos en el barro se hará otra la realidad. Y si algunos, efectivamente, han sido perseguidos por un autoritarismo que sigue incrementándose en la debilidad conceptual y moral del gobierno, son los menos, mientras tantos buscan un vergonzoso estatus de "refugiados", de "perseguidos", de "exilados políticos". Entender nuestra desesperanza no es hacerla teatro para la morbosidad ajena. Razones para irse hay muchas, ciertamente, agreguemos la pobreza arrasante, la delincuencia (si bien, no la de Colombia ni la de México), los salarios de hambre y la hiperinflación incontrolable, una estupidez política generalizada…

Médicos alabados en España, odontólogos en Chile, ingenieros en Centroamérica, orgullo pírrico de lo que fuimos y, por tanto tiempo, ya no seremos. Hoy valiosísimos músicos venezolanos tocan en las calles de Europa. Algunos llenan filas de orquesta, y siguen surgiendo directores venezolanos, cuya formación fue pagada por el Estado, como corresponde. Sus orígenes, sin auditoría alguna, fueron el proyecto personal y el sistema nacional de José Antonio Abreu, misterio ético de que los medios justifican los fines. Dudamel, bien entrenado en Mahler y Beethoven, pero olvidadizo de lo nuestro, también se fue a hacer carrera desde Los Ángeles, y se bajó de los aviones del Estado. Amigos artistas de valiosísimos talentos perdidos por el mundo, cuando debían estar recogiendo laureles en su propia tierra. Maestros compositores de pinches de cocina. Profesores ejecutantes de la mejor tradición venezolana de obreros, para imaginar un mejor futuro para sus hijos. ¿Cómo no entenderlo dolorosamente como una injusticia y una pérdida? ¿Cómo no añorar toda su potencialidad para mejores fines? Hacer de la lucha personal un destino compartido.

Mientras que la frivolidad vesánica de quienes se asumen líderes, sin rebaño ni auditorio, se burla de los idos, la realidad que se hunde siente profundamente esta ausencia. Pero con cuánta tristeza oír a venezolanos clamando venganza por haber decidido partir, destrucción, mal para los que se han quedado. Recuerdo una infeliz caricatura de Roberto Weil, que mostraba a los venezolanos en Venezuela como gordos gorilas llenos de billetes entre ojales y bolsillos. Quedarse es, para su miserable desprecio, la miseria de quienes se han ido. No es posible estar con dignidad y sin ser culpable, ni siquiera se imaginan ya cómo sobrevivimos al hambre, cómo no nos matan varias veces al día. Un país vacío se convierte en su ideal. Tierra arrasada, porque ya está sin ellos.

Razones para irse, muchas, sí, ni siquiera tienen que darlas. Nunca el mundo fue tan ancho y ajeno. Estudiantes que dejan de estudiar, profesionales que son contratados como asistentes, cuando no taxistas o sirvientes. Ojalá que sea mientras tanto, que logren imponerse. Pero ¿cuántos? ¿a qué precio? El país queda, a pesar de gobierno y oposición confabulados en destruirlo todo. Y si nadie es imprescindible, con cuánta alegría sueño un cuando todos juntos vuelvan a sentarse a compartir una Navidad más, ganada a la vida. Y para eso, debemos empezar por aceptarnos, con errores incluidos, poner el rasero en la honestidad, en el talento, en el trabajo, en la obra cumplida y la contribución al país, y no en las ideas políticas, que para la gran mayoría no pasa de ser un acto o una negación del voto. Las grandes decisiones están en otra parte, y sobre ellas debemos concentrarnos, todos contamos, todos somos actores o víctimas. ¿Cómo no estar presentes? Basta de la lógica del cómplice o del traidor, somos mucho más complejos.

Pienso en los que se han ido, y quisiera que estuvieran aquí. ¡Feliz Navidad, desde lejos!



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Alejandro Bruzual

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas. Cuenta con más de veinte publicaciones, algunas traducidas a otros idiomas, entre ellas varios libros de poemas, biografías y crítica literaria y cultural. Se interesa, en particular, en las relaciones entre literatura y sociedad, vanguardias históricas, y aborda paralelamente problemas musicales, como el nacionalismo y la guitarra continental.


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