Estrategia revolucionaria

« ¿Qué hacer? » dijo y publicó Lenín en 1902. Tenemos también nuestras preguntas. Un florilegio. ¿Cómo detener la explotación de unos sobre otros? ¿Cómo apagar el fuego de la violencia? Pregunta parecida. ¿Cómo evitar la subida de la temperatura de 3 a 5 grados y la aceleración exponencial del colapso ambiental que se perfila? ¿Cómo hacemos para liberarnos de las armas que nos apuntan y nos fascinan? ¿Qué estrategia adoptar para deshacerse del control ideológico de una clase dominante que, además del lavado de cerebro impuesto, nos roba la plata en el bolsillo dañando el planeta para llenarse los suyos?

Muchas preguntas desembocan sobre una pregunta más general: ¿cuál es la estrategia revolucionaria del siglo XXI para cambiar nuestras sociedades, para cambiar el mundo? Eso nos falta. Si en el siglo XX era común considerar que no se haría ninguna revolución sin teoría revolucionaria, hoy, después de dos décadas en el siglo XXI, hemos perdido la receta para « tomar el cielo por asalto »¹ como decía Marx. Quedamos en la tierra y nos defendemos como podemos. Brazos armados contra brazos desnudos.

Andamos perdidos, sin saber adónde ir. Echamos de menos de ya no tener brújula porque frente a la violencia en el mundo estamos desubicados para salir de ella o poner el punto final; en cambio, no echamos de menos a los Lenín e a los Mao. Esta revolución, estas utopías para sembrar el futuro las haremos sin «revolucionarios profesionales ». Hay que volver a hacerlo todo, ¿pero cómo? ¿dónde empezamos?

Lo que nos queda es un conocimiento transmitido por las generaciones precedentes que viene de lejos. Este conocimiento como una brasa illumina una posibilidad que arde todavía. Nos dice que nuestras condiciones no son inmutables, que podemos cambiar la vida y poner fin al régimen. Los regímenes nunca son atemporales. Entonces, podemos deshacer lo que se hizo e inventar otras cosas. Eso lo sabemos pero este entusiasmo es a corto plazo porque nos atormenta el naufragio de la supuesta revolución en Venezuela como antes

nos atormentó y nos puede seguir atormentando el capitalismo de Estado Soviético, disfrazado en Unión Soviética, llamado también «socialismo real». La alternativa se transformó en caricatura. El espectro todavía está. Cuando no hay robos, hay muertos. El resultado es que además de los millones de muertos durante el periodo estalinista o de la crisis humanitaria hoy en día en Venezuela, se logró destruir la idea de que otra sociedad, otros mundos eran posible. Eso es lo dramático. Es como un peso que llevamos que nos impide actuar, y que seguimos llevando.

Asociamos la revolución a un charco de sangre o al colapso venezolano, lo que nos bloquea un poco en nuestro impulso; pero si la revolución es un charco de sangre, ¿el sistema globalizado actual, podemos atrevernos a preguntar, él que nos encierra y nos pasa la cuerda en el cuello de un punto de vista ambiental, ¿qué es? ¿Disneyland?

No hacer nada no resuelve el asunto. Seguimos estando mal por lo que vivimos y porque se apagaron los faros que nos ubicaban. En el siglo XX la palabra revolución tenía tanta fama que fue recuperada por sus peores enemigos (fascistas y nazis) para canalizar su fuerza y devolverla en contra de ella con un sentido muy diferente. La idea de estos grupos no era abrir el futuro con algo nuevo y humanista sino volver al pasado visto como el mundo perdido de la desigualdad y de la violencia.

Resulta que ahora nos quedamos sin esta palabra, palabra prohibida en una época sin época (según el filósofo Bernard Steigler) dominada por el mal vivir.

El mal vivir descansa sobre varios pilares.

En primer lugar las condiciones de existencia se deterioran por el hecho de la competitividad, verdadera arma de guerra económica. Estamos nosotros en competencia con otros trabajadores del país como del mundo, lo que genera una nivelación social por abajo; una carrera hacia lo peor para que algunos negocios sigan competitivos. En las últimas décadas no afectó a los sueldos de los políticos ni tampoco a la renta de los accionistas.

También se empeoran nuestras vidas por el desmontaje de los contratos laborales. Estamos de regreso, con un equipo tecnológico moderno, a una explotación directa, a la tarea, dependiendo del momento, de la notificación. Corremos, sufrimos, nos estresamos para que algunos dueños de empresas o de plataformas tengan su fortuna. Las protecciones sociales y jurídicas disminuyen. Estamos solos en esta carrera.

Tercer pilar de los numerosos que causan nuestra caída, la corrupción. La corrupción no es un error en el recorrido. No es solamente una historia personal : el robo es la base del sistema económico que descansa sobre la captación de nuestras horas de trabajo. Estas horas regaladas, robadas, constituyen la ganancia, el interés, la renta. No es una colaboración comunitaria pero un enriquecimiento personal establecido sobre el sufrimiento y el trabajo de los demás. El sobrevalor económico sacado alimenta la sed insaciable de una minoría que vuelva a hacer el ciclo sin fin, para asegurar su propio interés, construyendo sin saberlo un mundo a la imagen del capital invertido. Nadie gana verdaderamente en este juego. Todos vamos por el abismo pero las clases populares de primero.

El precio de la corrupción : amargura, emigración, malestar.

El otro lado de la moneda, estamos bien ubicados para saberlo acá, es la falta de salud, de comida, de bienestar: la falta al acceso a una vida digna. Es el precio a pagar para que algunos se enriquezcan. Y este precio, ya no estamos listos para pagarlo. Se calcula que el desfalco de la nación en Venezuela representa según la estimación más baja más de 256 millardos de dólares (podría representar más del doble según algunos)². Sabemos también que un sueldo no alcanza para vivir. Ni siquiera para sobrevivir. ¿Cómo hacen estos millones de personas, cada día, para sobrevivir un día más? Es un misterio de la historia. Ellos mismos se deben preguntar lo mismo.

Otra vez, además del sufrimiento de la población, del éxodo de casi 5 millones de venezolanos y venezolanas por la situación, se fortaleció la ideología dominante: no hay alternativas.

Venezuela sirve ahora como contraejemplo para detener a todo aquellos que quieren cambiar el orden de las cosas. Supuestamente por este contexto deberíamos aceptar las cosas como son, adaptarnos a las injusticias y tratar de salir adelante de forma individual en el marco de la economía de mercado; lo que no se logra totalmente y tiene como resultado alargar una crisis económica que tiene al individualismo como principal motor. Ya no pensamos que exista una salida colectiva y que juntos, con cooperación y lucha, podamos cortar las raíces de la sociedad del malestar e inventar otra organización social.

Desubicación social y discursiva

Para acabar con la corrupción hay que acabar con las ideas igualitarias. Este pensamiento está en el aire en Venezuela. Supuestamente las ideas igualitarias, naturalmente, llevarían a la corrupción (lo que de cierta forma nos obliga a conformarnos al reino de las desigualdades). Ese es el mismo fraude que consiste en reprimir marchas y levantamientos (como sucedió en 2017) en nombre de la lucha contra el terrorismo. Todo está al revés. Cuando decimos "igualdad" dicen corrupción, y cuando no decimos nada pero que vamos a marchar, como se hizo en 2017, las palabras terroristas y fascistas nos caen encima. Estos discursos tramposos agrandan el espacio entre significante y significado, entre la "palabra" y la "realidad"; cortandonos así la hierba bajo el pie. Ya no podemos decir nada, lo que disminuye nuestra impulsión a cambiar las cosas y el optimismo de la voluntad se va así apagando… Sin embargo, ¡nos toca defendernos!

No podemos seguir así. Hay una trampa en este discurso y hay que llevarlo a la luz pública. El capitalismo se puede vestir de verde, jamás será ecológico. El Estado se puede decir socialista pero mientras haya corrupción la igualdad será imposible, y seguiremos en la prehistoria humana con sus clases sociales y sus dominaciones.

Qué hacer: levantar voz y palabras

Necesitamos vernos, hablarnos. Conservar las palabras que nos quedan y con las cuales estamos cómodos, y cuidarlas como si fueran nuestras últimas municiones. Afilarlas como podamos, como cuchillos, para que no se vuelvan algodón. Más bien necesitamos palabras que rebanan y que cortan contra la mayoría blanda al servicio de la lengua de algodón, que es la lengua del poder. Lengua que ahoga y adormece. Hay que golpear fuerte. Si se puede. En pleno corazón del sistema. Poner compasión cuando hay indiferencia, información popular y crítica cuando hay propaganda estatal, poner desorden cuando hay orden militar, poner justicia y redistribución cuando lo que nos mata es la injusticia y la confiscación.

Es una invitación a la rebeldía. Una invitación a soplar sobre las brasas, actuando, nombrando y renombrando. Volvemos a levantar la cabeza, y liberemos las palabras. Un lenguaje nuevo y discursos incisivos «son capaces de resignificar los términos que usan, resemantizando los contenidos de las palabras y renovando la percepción de lo que ellas connotan»³. Eso significa que podemos abrir otros horizontes. Si orientamos de nuevo las palabras, aparecemos, nos deshacemos de la invisibilidad y recuperamos voz y palabras propias. Conceptos robados, como el de «Sumak Kawsay» (Buen Vivir) se vuelven nuestras banderas y ya no son falsos espejos que nos dominan. No podemos seguir siendo reflejo del poder, necesitamos apropiarnos del lenguaje para poder tomar en mano nuestras vidas. Si la dialéctica puede romper bloques podemos convertir la lingüística en fuerza material (re)nombrando y cambiando las cosas. Por eso, hay que levantar voz y palabras.

De tanto envenenar el lenguaje la clase dominante en Venezuela acabará por estrangularse en su alocución. Su paladar se seca, y aquí estamos. Cerca del punto de quiebre. Estamos allí, estaremos allá, haciendo por nosotros mismos y para nosotros. Un nosotros inclusivo. Bailando, cantando, afilando. Es la era de hacer. Siendo nosotros mismos, la arepa puede tener razón sobre el caviar y la vida razón sobre la ganancia. El cambio no se hará sin nosotros: es tiempo de lucha y de fiesta. ¡Tod@s son invitad@s!

Maxime Motard, Revista Planeta Popular

https://cocreandocambiossostenibles.home.blog/revista-planeta-popular/

Notas

1 https://elasaltoalcielo.wordpress.com/ https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/1907feb05

2 Sobre los 256 mil millones ver el trabajo de la Plataforma para una Audiencia Pública y Ciudadana donde se hace evidente que la estafa tiene mayor proporción. https://auditoria.org.ve/ También, Renaud Lambert, « Venezuela, les raisons du chaos. », Le Monde Diplomatique, décembre 2016); Miguel Ángel Santos, « Venezuela : de la represión financiera a la posibilidad de default », Macromet, vol. 1, n°3, novembre 2014. « Según los cálculos del trimestral Macromet, la huida de capital (sobrefacturación de importación incluida) hubiera alcanzado 170 mil millones de dólares entre 2004 y 2012, sea prácticamente 160% del PIB del año 2004.»

3 Carlos Antonio Aguirre Rojas, Movimientos antisistémicos y cuestión indígena en América Latina. Una visión desde la larga duración histórica, Desde Abajo, 2018.



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