Liderazgo, Ideología y Poder entre el 2010 y el 2019

Una Década de Luchas en América Latina y el Caribe

En el año 2010, en la Riviera Maya, México, se reunieron jefes de Estados y Gobiernos tan ideológicamente diversos como Hugo Chávez, Raúl Castro y Evo Morales por un lado, y Álvaro Uribe y Felipe Calderón, por el otro, para crear la "Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños" (CELAC), en el marco de la llamada "Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe". La atención de toda la región se concentró en dicho evento – y el que le siguió, en Caracas en el 2011 – y los medios de comunicación, tanto los que apoyaban como los que (aún) detestan esta iniciativa, prestaron toda su atención al evento histórico. A pesar de los enfrentamientos entre los Presidentes Chávez y Uribe, las expectativas de todos – lideres y pueblos - eran bien elevadas, y por un momento, los pueblos latinoamericanos y caribeños sintieron la posibilidad de que nos acercábamos a ese ideal bolivariano, plasmado sagradamente en los textos fundamentales del Congreso Anfictiónico de Panamá.

En el año 2020, una vez más en México, el Canciller mexicano Marcelo Ebrard anuncia en una sesión ministerial de la CELAC, un plan de trabajo con 14 puntos, los cuales todos – intencionalmente – evaden cualquier tema político o geopolítico de la región, enfocándose en asuntos técnicos, de comercio y de otros índoles. Adicionalmente, gobiernos como el actual de México (López Obrador), Argentina (el de los Fernández) y Uruguay (el saliente de Tabaré Vásquez) han tenido que caminar sobre un campo de minas y realizar todo tipo de maniobras complejas para evitar que las posturas de esos países que no sean idénticas a las de Washington, no impliquen acusaciones a sus gobiernos de dar "la impresión de un respaldo tácito al régimen venezolano y un desentendimiento de lo que ocurre en ese país", y evitar realizar cualquier tipo de rechazo o críticas a lo que denominan como "las condenas de la comunidad internacional por las violaciones a derechos humanos" en la país fundador de la CELAC, la República Bolivariana de Venezuela.

En esta reunión ministerial, Brasil estaba ausente, Bolivia que tenía la presidencia pro-tempore anteriormente de la CELAC, igualmente ausente, y la representación de ciertos países de los autodenominados "Grupo de Lima" fue muy reducida, con excusas como la presencia de los representantes del "régimen" de Maduro. Los medios de comunicación con pocas excepciones, a penas se dieron cuenta de lo que sucedió, dedicándole más atención a las aventuras gringas en Irán, y los esfuerzos de un diputado de la Asamblea Nacional para saltar la reja del palacio federal, a pesar de que nunca se le negó el acceso a este.

En exactamente una década, la CELAC pasó de ser la esperanza latinoamericana, a una mera sombra de su génesis, a penas luchando a través de iniciativas desprovistas de contenidos "problemáticos" o "controversiales" – es decir, políticos e importantes - para ver si se puede retomar la relevancia y el protagonismo de hace una década, en una región en la cual ni la CELAC toma vuelo, ni las iniciativas de derecha poseen relevancia alguna, más allá de crearse con el único propósito de poder abandonar la UNASUR, la CELAC y el ALBA-TCP.

Ante todo, es menester precisar que aquí no estamos criticando la iniciativa mexicana, en pro de la recuperación de la CELAC. Ante todo, la crítica debe ser constructiva, y no nihilista como lo suele realizar la derecha, la que suele pasara rápida y violentamente del hipercriticismo encolerizado y el rechazo obstinante y hasta "perro rabioso" de todo lo que no comparte su criterio ideológico, a una actitud absurdamente sumisa, acrítica, dócil y hasta somnífera, cuando se trata de gobiernos de su preferencia ideológica, o de las acciones de su principal líder extra-regional.

En este sentido, nuestra crítica no se dirige al gobierno mexicano. Ese gobierno está tratando de rescatar la CELAC, y consideramos que ellos se encuentran en la actualidad en una situación que permite la realización de dicha tarea, en virtud de la compleja situación que enfrenta nuestra región. Recuperar la CELAC, evitando abordar de antemano temas altamente controversiales (aunque sean estratégicos), a favor de que poco a poco regrese el foro a ser relevante – y así escapar de la propiedad privada estadounidense conocida como la "OEA" – es una tarea estratégica, importante, y altamente compleja. A raíz de las circunstancias actuales, los desafíos de la polarización y los enemigos que enfrentan los pueblos de la región (específicamente el enemigo "extra-regional"), México está haciendo lo mejor posible. Eso es innegable.

Pero igualmente innegable es que entre los años 2010 y 2019 (finales de este), la CELAC, uno de los foros más importantes de la historia de la región, pasó de ser un potencial rival de la OEA y verdadero articulador de la integración latinoamericana y caribeña, a un foro que lucha solo por sobrevivir, y que por los momentos, se dedicará a abordar temas técnicos – importantes, sin duda alguna, pero no son realmente estratégicos – efectivamente dejando los temas políticos en mano del instrumento estadounidense de dominio hemisférico, la OEA. De la euforia independentista que generó su creación, una euforia que señalaba la recuperación de nuestras políticas exteriores y procesos de desarrollo autónomos y sostenibles, pasamos al pesimismo de la (re) dependencia, la (re) colonización de nuestras políticas exteriores, y la (re) institución de la ideología neoliberal en nuestras relaciones económicas, financieras y comerciales, tanto dentro de nuestras esferas nacionales, como en la regional.

La pregunta que imponemos en este documento es la siguiente: ¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo se dio el revés de la década 2010-2019, y cómo nos encontramos – a final de esa década e inicios de la siguiente - alejados de las realidades y las expectativas que teníamos durante los primeros años de la misma? En pocas palabras, ¿Cómo es que nos encontramos en pleno proceso de restauración conservadora en América Latina y el Caribe, en donde las fuerzas conservadoras asumen el poder una vez más – a través de métodos democráticos o golpistas – mientras que las fuerzas progresistas, aunque están dando la batalla, cada vez más se encuentran en la defensiva?

Estos interrogantes no poseen respuestas sencillas, y si se les otorga respuestas superficiales y fáciles, no estaríamos analizando la realidad social regional e internacional, sino creando narrativas reduccionistas que solo suman a una derrota, ya que si no logramos leer los síntomas de manera adecuada, nunca generaremos un "pronóstico" adecuado, y por ende nuca podremos rectificar, y, por ende, pasar de la debilitada defensiva a la fortalecida ofensiva necesaria. La manera de responder a estos tipos de interrogantes siempre se ha dividido en dos, como suele ser todos los asuntos de las ciencias sociales: la visión conservadora – la del status quo – y la visión progresista o crítica, la que busca subvertir el status quo y reequilibrar las asimetrías de riquezas y poderes existentes.

En este sentido, y desde la visión conservadora, los interrogantes anteriores tendrían una serie de respuestas bastante básicas y programáticas, y que conforman parte de las narrativas de la derecha: la izquierda sale del poder por corrupción (Lula da Silva), por juicios constitucionales (Dilma Rousseff y Fernando Lugo), por fallar en la economía o tener relaciones con países "sospechosos" (Cristina Fernández de Kirchner, y se refieren a Irán) o por fraudes electorales (Evo Morales). También salen por estar lejos de lo que ellos denominan como "Dios" (de nuevo, Evo Morales).

Pero más importante, los cambios de gobierno en la región (de izquierda a derecha, naturalmente) obedecen solamente a estos criterios, y bajo ningún criterio existen "golpes de Estado" - ni militares ni mucho menos parlamentarios - Estados Unidos y la OEA no tienen rol alguno en estos cambios, pues solo contribuyen a la "restauración de la democracia" en países como Honduras, Paraguay, Bolivia, Brasil, etc. El argumento naturalmente nunca se proyecta en forma de "derechas" y "izquierdas", sino en fuerzas dictatoriales y violadoras de los derechos humanos (Chávez, Maduro, Morales, Correa, Zelaya, etc.) o corruptos (Lula y Rousseff), y fuerzas democráticas y defensoras de los derechos humanos (es prácticamente la misma división discursiva de la Guerra Fría). Estas narrativas, a pesar de que se alejan substancialmente de las realidades sociales y políticas de la región, forman formidables instrumentos de poder que la derecha ha logrado emplear para regresar al poder y mantenerse en este, aunque con diferentes grados de éxitos, desde los éxitos espectaculares como en el Brasil (Jair Bolsonaro) y Honduras (Juan Orlando Hernández), hasta los fracasos como en Argentina (Mauricio Macri).

La problemática de la CELAC recién señalada arriba, en realidad, no es una problemática propia del órgano regional per se, sino un síntoma más entre tantos de lo que sucede estructuralmente en la región latinoamericana y caribeña. Es, quizás, un "apéndice" de una lucha estructural que vive América Latina y el Caribe, y estaríamos muy equivocados si indicamos que esta lucha inició en el 2010, pero si podemos señalar que la misma se intensificó desde mediados de la década 2010 - 2019, entre los años 2014 o el 2015. Entonces, para reorientar los interrogantes antes señalados, podemos articularlos de la siguiente manera, a saber: ¿Cuál nueva forma ha asumido el conflicto estructural sociopolítico y socioeconómico en América Latina, y de cuál manera se ha logrado su intensificación? ¿Existe un factor, elemento, proceso o actor que se le puede atribuir dicha intensificación? En el caso de una respuesta positiva al último interrogante, entonces nos preguntamos: ¿Cómo ese factor, elemento, proceso o actor logró intensificar el conflicto estructural regional, después de una tranquilidad progresista durante los últimos años de la década 2000 a 2009?

El documento actual no pretende poseer respuestas definitivas sobre estos interrogantes estratégicos, ya que este tipo de análisis supera tanto el espacio que potencialmente poseemos aquí, como también las humildes y limitadas capacidades de quien suscribe. En vez, solo otorgamos "puntos de partida" para futuros análisis más complejos y estructurales, con la finalidad de comprender de manera mas acertada las realidades en las cuales vivimos diariamente, y así lograr la primera etapa del necesario proceso de pasar de la defensiva táctica a la ofensiva estratégica. Si las fuerzas progresistas nunca dan el paso cualitativo de la defensiva a la ofensiva, tarde o temprano (más temprano que tarde) pasarán a la derrota completa a nivel regional, y pasaremos de esta última "Década de Luchas" a una nueva "Década Perdida" como la de 1990.

Entre los años 2006 y 2012, varios países latinoamericanos lograron obtener un alto grado de autonomía en su política exterior, lograron concretar inmensos e inéditos actos de integración regional, y escaparse momentáneamente del sofocante y opresivo manto de la política exterior estadounidense y su venenosa proyección geopolítica. Los partidos políticos de izquierda, nacionalistas o simplemente anti-neoliberales, lograron acceder al poder, o por lo menos quedar como una fuerza contundente en el escenario político nacional. La OEA, aunque seguía funcionando a favor de su dueño y creador – el gobierno estadounidense – no poseía el peso que otros foros estaban adquiriendo rápidamente, como la UNASUR, el MERCOSUR y, como ya habíamos señalado, la CELAC. Estados Unidos estaba reajustándose al triunfo popular más importante de la primera década del Siglo XXI – la Cumbre del Mar del Plata en el 2005 – en la cual se logró enterrar el ALCA.

No obstante, fue durante ese auge de independencia de política exterior y proyectos de desarrollo, que se vieron las primeras señales de lo que sería una realidad estructural durante los años 2015-2019. En el 2009, se gestó exitosamente el primer golpe de Estado que será un modelo "ajustable" para toda la región, cuando Manuel Zelaya fue expulsado físicamente de Honduras, aun siendo Presidente de la república. La autora intelectual del golpe fue la señora Hilary Clinton, secretaria de Estado gringa de entonces, y marcó un éxito para la política exterior gringa, después de varios intentos infructuosos en Venezuela para remover al Comandante Hugo Chávez.

Tristemente, desde esa fecha, las fuerzas progresistas han cometido un error conceptual que a su vez no les permite ver la verdadera estrategia de "cambio de régimen" que ahora práctica Estados Unidos, ni tampoco logra visualizar claramente sus nuevas metodologías. Ese golpe de Estado no se consolidó o se cumplió cuando asume el poder Roberto Micheletti, desde junio de 2009 y hasta enero de 2010, sino cuando asume el poder el señor Porfirio Lobo Sosa (2010 – 2014). La estrategia es siempre hacer un "borrón y cuenta nueva" bajo nuevas condiciones en las cuales las fuerzas progresistas que no están alineadas con Estados Unidos se encuentren desarticuladas o en gran desventaja estratégica, en contraste con las fuerzas reaccionaras y pro-estadounidenses, las cuales están ya preparadas antes del golpe y durante el periodo de "gobierno interino", para lograr el "voto popular", garantizado por el gobierno interino y sus poderosos aliados en los medios de comunicación, fuerzas armadas, ciertas organizaciones eclesiásticas, etc.

El "gobierno interino" es la figura favorita de Estados Unidos para su programa intenso de cambios de régimen en la región, porque es el momento en el cual se logra la máxima represión y ajustes estructurales a las reglas del juego que conjuntamente logran negar todo tipo de ventajas a las fuerzas progresistas e incrementar al máximo la posibilidad de obtener una eventual victoria electoral para la derecha. Es el momento en el cual se prepara el terreno para el regreso a un gobierno electo, pero netamente de derecha.

En pocas palabras, el objetivo de la Señora Clinton y su secretaría de Estado nunca fue colocar a Micheletti en el poder en Honduras, sino crear un sistema encabezado por el cliente de turno – en este caso Lobo Sosa – que garantice una continuidad de la derecha en el poder, luego de desplazar forzosamente al gobierno izquierdista o progresista. Esta derecha en el poder se encargaría, por un lado, de implementar las legislaciones necesarias (la agenda neoliberal), y por el otro, asegurar la imposibilidad del regreso de las fuerzas progresistas al poder. En el caso hondureño, estas funciones pasaron del administrador Lobo Sosa al nuevo administrador Juan Orlando Hernández, de manera que hasta masivos fraudes electorales (2017), no fueron obstáculos para la continuidad de ese administrador de los gringos en el poder en ese país "modelo" de la nueva modalidad de golpes de Estados gringos.

La receta no es estática e inflexible, ya que las realidades sociales tampoco las son. El guion de cambios de regímenes siempre tiene que ajustarse al país y las circunstancias, y cada país posee su propia versión: Paraguay tuvo un golpe parlamentario bien exitoso y tranquilo, mientras que el caso brasileño fue mucho más problemático y engorroso. No obstante, Michel Temer cumplió cabalmente sus funciones, eso es innegable. A seis semanas de arrebatar el poder de las manos del PT y de Dilma Rousseff, consiguió su primera victoria política importante, al lograr que el Parlamento apruebe una reforma constitucional para limitar el gasto público en los próximos 20 años.

Estos límites, naturalmente, impactarán directamente a las áreas que siempre han sido el objeto de los programas neoliberales de severas reducciones en el gasto público: el sistema público de pensiones y los programas sociales. En realidad, la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC) 241, efectivamente congela los gastos en salud y educación (más que cualquier otro tipo de gasto) por 20 años. Luego, el gobierno de Temer contribuyó al auge del candidato de extrema derecha de Jair Bolsonaro, quien definitivamente ha ido dos o tres pasos más allá del propio Temer en la neoliberalización del Brasil, proceso que solo se puedo iniciar después del golpe parlamentario del 2016 contra Dilma Rousseff.

En el caso del Ecuador, se logró lo mismo que se había logrado en la OEA, poco antes. En el año 2015, 33 de 34 países miembros de la OEA eligieron a Luis Almagro como Secretario General de dicha organización. Almagro llegó a la Secretaría General de la OEA por su pertenencia al Frente Amplio de Uruguay. Eso hizo que muchos países, incluso Venezuela, acompañaran su candidatura. Los gobiernos progresistas, con la esperanza de neutralizar el dominio de la agenda de Washington sobre la OEA, optaron por apoyar a alguien de sus propias filas para otorgarle más equilibrio al organismo hemisférico. En vez, el Señor Almagro volvió a convertir la Organización de Estados Americanos en un Ministerio de Colonias de Estados Unidos. Irónicamente, reclamábamos por las acciones de José Miguel Insulza en al OEA, cuando esas eran el propio "espíritu" de la neutralidad y el equilibrio, en comparación con el vil entreguismo del Señor Almagro, elegido y apoyado desde las filas de la izquierda latinoamericana.

Otro "caballo de Troya" fue el Señor Lenín Moreno. El Señor Moreno obtuvo el voto que el mismo Rafael Correa le otorgó, al elevarle la mano como candidato de Alianza País. Fue electo como la supuesta continuidad de la Revolución Ciudadana, y es posible que ese mismo candidato continuista ha logrado hasta los momentos una desarticulación de dicha revolución, mucho más devastadora y eficiente, que la que hubiera aplicado el propio candidato de la burguesía quiteña, Guillermo Lasso (banquero y empresario). En este caso, los golpes militares/parlamentarios no fueron necesarios, pues el candidato "progresista" fue el "caballo de Troya" de la derecha, y desde entonces, ha rivalizado al propio Señor Almagro en su capacidad de traición y entreguismo al poder transnacional y estadounidense. Desde el actual escenario nacional en el Ecuador, Estados Unidos y la derecha regional podrán gestionar un reemplazo adecuado para el Señor Moreno que efectivamente sea otro "gobierno empresarial", al controlar el proceso electoral y las "reglas" que este sigue.

Centroamérica casi siempre elige candidatos de la derecha, a pesar de las miserables condiciones socioeconómicas y las inmensas asimetrías socioeconómicas que sus poblaciones padecen. Parte de la razón es el profundo terror que tienen de enfurecer a Estados Unidos, cuando las remesas de los migrantes, las drogas y las migajas de ayuda del gobierno federal pueden ser empleadas como látigos contra estas poblaciones. No obstante, la primera "gestión" de Juan Orlando Hernández en Honduras fue tan pésima, que una formula de la izquierda (Partido Libre) encabezada por una figura televisiva bastante conservadora (Salvador Nasrala) logró efectivamente ganar las elecciones, a pesar de la inmensa cantidad de obstáculos que el primer gobierno de Juan Orlando le colocó a la alianza opositora, y la dispersión del voto opositor entre esta alianza y el Partido Liberal. El informe de la OEA sobre el proceso electoral del 2017 utilizó más o menos las mismas palabras que luego emplearía en su informe sobre las elecciones en Bolivia en el 2019, recomendando oficialmente la repetición de las elecciones. No obstante, todo fue resuelto en pocas horas: la "encargada de negocios" estadounidense en Honduras emitió un comunicado que felicita a Juan Orlando, y la crisis terminó, por completo. Otro golpe de Estado consumado.

El caso boliviano es bastante interesante, ya todos sabemos porqué. Es fascinante ver cómo en medios de comunicación como el Washington Post, el New York Times, el BBC de Inglaterra y Reuters, siempre hablan de la "renuncia de Evo Morales", y nunca se puede observar expresiones disgustosas como "golpe de Estado" o "ruptura del hilo constitucional", en referencia a los acontecimientos poselectorales en ese país andino. En realidad, para estos medios y los gobiernos de la derecha regional, no existen "golpes de Estados" en toda América Latina y el Caribe, y no solamente en Bolivia. No estaría asombrado para nada si el "último golpe de Estado" militar en la región – de acuerdo a lo que esta gente considera – sería el levantamiento cívico-militar del 27 de noviembre de 1992, en Venezuela, o quizás el de Ollanta Humala contra Alberto Fujimori, en el año 2000.

En Bolivia, el Señor Almagro cumplió sus funciones de la manera más cabal y precisa posible, y un informe que habla de irregularidades electorales, fue lo suficiente para que un militar le diga al Presidente "renuncia" – luego, ninguno de los medios se recuerda de este episodio – y ponerle fin abrupto al gobierno de Evo Morales, a pesar de que fue el candidato que obtuvo más votos en el último proceso electoral. Otros medios lo denominan como "crisis política en Bolivia", siempre evitando el empleo de la frase "golpe de Estado". El canciller del Señor Mauricio Macri, Jorge Faurie, declaró públicamente el 11 de noviembre que "hay un vacío de poder" en Bolivia, y que "no están los elementos para describir esto como un Golpe de Estado". El mismo y famoso "vacío de poder" en el cual se encontró Venezuela, durante el reino de "Pedro el Breve", en el 2002.

Pero nos equivocamos si consideramos que el golpe de Estado en Bolivia se "consumó" con la autoproclamada Señora Áñez. A menudo escucho argumentos desde la izquierda venezolana insistiendo en que el golpe de Estado en Bolivia ya se consumó con el control de las fuerzas armadas y policiales sobre el país, al colocar a la Señora Áñez como títere de sus diseños, y que esto es producto de la "necesidad" de la derecha de tomar el poder, solo por el poder (es decir, el objetivo final de toda derecha es tomar el poder, y no efectivamente lo que pretende realizar con este "poder"). Estas nociones, como siempre, nos limitan el espectro de nuestro análisis y no ayudan a entender el adversario, siempre quedándonos lamentando nuestras pérdidas, y ellos celebrando su paulatino pero innegable fortalecimiento regional. Peor aún, no terminamos de procesar e internalizar las lecciones de Honduras del 2009.

El golpe de Estado no se consumó con la imposición del nuevo títere de las fuerzas burguesas en el país andino, pues el golpe es un proceso y aún esta en plenos acontecimientos – por lo menos para los propios golpistas. El golpe de Estado en Bolivia llegará a su punto exitoso y final cuando asuma el poder el Señor Luis Fernando Camacho, o alternativamente el Señor Carlos Mesa, cualquiera de estos que se gane el privilegio de ser el representante y vocero político de la burguesía boliviana y sus superiores transnacionales. Más importante, y siguiendo las "reglas del juego" establecidas por el modelo "Honduras", Camacho o Mesa o quien sea de los representantes de la burguesía no asumirán el poder solo para tenerlo, sino que sus objetivos son bastante claros, ya establecidos mucho antes del drama boliviano. Son los mismos que acabamos de señalar arriba:

Esta derecha en el poder se encargaría, por un lado, de implementar las legislaciones necesarias (la agenda neoliberal), y por el otro, asegurar la imposibilidad del regreso de las fuerzas progresistas al poder.

Camacho o Mesa, como anteriormente llegaron al poder Sebastián Piñera, Mauricio Macri, Jair Bolsonaro, todos los presidentes de Colombia, Juan Orlando Hernández, y muchos más, vendrá al poder para cumplir los verdaderos objetivos de este proceso: la legislación neoliberal, la protección de la burguesía nacional y transnacional, y la garantía de que no existan futuros Hugo Chávez, Lula da Silva, Rafael Correa o, efectivamente, Evo Morales. Esto último se logra a través del control del Estado (como agente legislativo, judicial y de represión física), el control sobre los medios de comunicación (como agente ideológico) y la desarticulación de cualquier liderazgo que pueda aglutinar parte del apoyo de las masas de trabajadores y del campesinado. Incluso, ya la Señora Áñez se encuentra en esas tareas: sin siquiera reportar su ingreso al país en Migración, y en las gradas del aeropuerto, el candidato a la Presidencia de Bolivia por el Movimiento Al Socialismo (MAS), Luis Arce, fue notificado por un policía por supuestas acusaciones de corrupción en el caso "Fondioc". Nunca se trata del poder por el poder, sino el poder para legislar, interpretar leyes, condicionar opiniones y visiones, y finalmente, en la última instancia (y solo cuando lo antes señalado ya no funciona), reprimir físicamente.

Las derechas latinoamericanas y caribeñas no sufren de autocensuras y autoflagelaciones que son típicos en los escenarios de la izquierda. Las derechas de la región, al ser "solidarias" con sus potenciales socios y sus equivalentes ideológicos, no piden disculpas por sus acciones o disimulan sus propósitos para evitar críticas, sino lo hacen sin pena alguna, con convicción y sin restricciones o miedos de crítica. Gobiernos como el de México y ahora el de Argentina hacen lo posible para evitar acusaciones de "apoyar la dictadura de Maduro", pero gobiernos como el de Colombia y Brasil no tienen ni la más mínima pena en apoyar abiertamente a un gobierno incuestionablemente antidemocrático e ilegitimo como el que se encuentra actualmente instalado en Bolivia.

Aplastar los manifestantes en el Ecuador, Brasil y en Chile no es una "violación de los derechos humanos", pero la imagen del instrumento gringo en Venezuela tratando de trepar por las rejas de la Asamblea Nacional de Venezuela – momentos después de que se le había otorgó el acceso por la puerta principal pero sin uno de sus socios – posee el doble sentido de ser un símbolo de "resistencia heroica contra la dictadura" y a la vez representa una gravísima "violación de los derechos humanos", por parte del "régimen de Maduro". Opositores que hacen justo lo mismo contra gobiernos sumisos a los gringos, por lo general, suelen ser catalogados como "vándalos", "terroristas" y "salvajes", y deben ser "controlados" por los organismos de seguridad (aquí sí es que desaparece toda noción de derechos políticos y libre expresión, etc.).

Nada de esto es nuevo, solo que es relativamente nuevo para América Latina. Hace 30 años (en 1989), el chino que se colocó al frente de un tanque (el famoso "Tank Man") en la Plaza Tiananmén en Beijing, sigue siendo el "símbolo" de resistencia contra la opresión y por la democracia, pero miles de fotos de niños palestinos al frente de tanques y cohetes sionistas a lo largo de las décadas (y no en una sola ocasión), siguen siendo símbolos del terrorismo, el vandalismo, la barbaría y el subdesarrollo de todos los pueblos árabes, y no solamente del pueblo palestino. En América Latina y el Caribe este fenómeno es nuevo, simplemente porque la resistencia que brillaba por su ausencia durante tantas décadas del Siglo XX, ahora efectivamente existe, en unos países más que en otros, con varios grados de éxitos y con demasiados sacrificios que la derecha no tiene que realizar, pero existen aún, y ese es el punto. Por eso es que la década pasada es una de "luchas", y no meramente "perdida", como la fue la de 1990.

Se evidencia - de todo lo que hemos señalado en el documento actual - una revigorización de las derechas regionales durante la década de 2010 – 2019, y una transformación en su capacidad para recuperar el control del Estado, y con eso el control sobre los procesos legislativos y la represión jurídica y física (la represión ideológica/mediática nunca la perdieron, en realidad, lo cual debe ser otra gran lección para las izquierdas latinoamericanas y caribeñas). Las ventajas que disfrutan las derechas regionales son varias, y a continuación solo señalaremos unas cuantas de estas, sin un orden particular de importancia o determinación, y con la seguridad de que se pueden enumerar otras:

  • Claridad ideológica, tanto de sus seguidores y sus bases electorales, como de sus políticos y articuladores. Suele ser el caso que las derechas se pelean entre ellas mismas, pero por lo general es a raíz de expresar intereses diferentes de las distintas fracciones de clases, o con la finalidad de que sus representantes políticos se disputan el privilegio de ser el próximo representante de los intereses relativamente colectivos de dichas clases sociales y sus superiores transnacionales. Pero a raíz de "disputas" o "diferencias" en cómo gobernar o de carácter ideológico, raramente se pueden ver o logran persistir lo suficiente como para poner en peligro la hegemonía de las clases afluentes.

  • La capacidad ideológica de los medios de comunicación, la cual raramente suele limitarse al ámbito local o nacional, sino que se extiende a lo largo de las potencias occidentales y sus inmensos aparatos ideológicos y de creación e imposición del consenso. Las maquinarias mediáticas y los gobiernos que estas apoyan e imponen, por lo general nunca se preocupan por ser consistentes, sinceros y sobre todo, coherentes. El doble discurso y las inmensas hipocresías de aplicar un criterio para un caso y después votar el mismo criterio por la basura al examinar otro caso idéntico, nunca ha sido un problema para esta manifestación del poder hegemónico. Esto se debe a su claridad y supremacía ideológica. Esto último significa que su ideología esta por encima de la "verdad", los "derechos humanos", la "democracia", la "justicia" y la plétora de términos que se emplean y se descartan de un momento a otro. También se debe a su gran poder: el de propagar e imponer en la agenda un argumento y/o a un grupo de personas, e invisibilizar a otro argumento y/u otro grupo de personas.

Si examinamos de manera detenida y precisa, podemos observar que ningún Estado, gobierno, movimiento político, organización social, fuerzas armadas o agrupación humana de cualquier otro tipo, posee esta particular capacidad, específicamente la de "hacer invisible" a quienes se desean que no forman parte de la agenda pública, política y/o social. Solo los medios de comunicación poseen esta capacidad en su máxima y mejor expresión. Los gobiernos pueden hacer esto también, pero nunca con la eficacia de los medios, y si estos deciden ir contra un gobierno, la capacidad de los medios tarde o temprano supera la del propio Estado, particularmente si los medios son transnacionales.

  • El apoyo de una clase social cohesiva, consciente de su existencia como "clase social", y coherente de sus prioridades y las realidades sociales que la rodea. No nos referimos a la "ideología" (este fue el primero punto de esta lista), sino a la naturaleza expresamente clasista de la derecha, el elemento que más la determina, y el que más logra ocultar y negar. Esta clase o fracciones de clases, aunque no existe de manera monolítica, uniforme y "mecánicamente precisa", la podemos denominar como la "clase burguesa". Más allá de sus fracciones internas y la imposibilidad de darle una forma precisa y a la vez constante, posee suficiente coherencia interna y consciencia de sus intereses, sus prioridades y las realidades sociales, como para poder identificarla de manera colectiva, por lo menos para ciertos asuntos relacionados con las luchas de clases en nuestra realidad social.

Hacer lo mismo con el "proletario", el "campesinado" o los "estudiantes" (categoría que no es socioeconómica, por lo cual tampoco puede ser una clase), es prácticamente imposible, más aún cuando vemos las manadas de trabajadores y campesinos que votaron y siguen apoyando al Señor Jair Bolsonaro en el Brasil, quien y a pesar de todos sus críticos, no puede ser acusado de "mentiroso" y "estafador", pues él mismo mostró sus claras y manifiestas credenciales fascistas desde el inicio de su campaña electoral. Las derechas de América Latina y el Caribe emplean el nacionalismo y las diferencias nacionales, como también emplean la cultura, la religión, los valores y una gran gama de otros elementos para legitimarse, bloquear los elementos adversarios y/o antisistemáticos, como también para gobernar, obviamente, pero nunca permiten que estos "criterios" – los cuales en realidad para ellos son meros instrumentos – sean los que determinen sus prioridades, sus acciones, sus legislaciones y sus represiones.

El "nacionalismo" de Bolsonaro es uno netamente instrumental, empleado para el consumo de las masas, pero nunca será un criterio al tratar con las multinacionales y los gobiernos de su misma tendencia. El nacionalismo es racista, seguramente, pero nunca pudiera ser económico, por ejemplo. Los "derechos humanos" son para humillar gobiernos como el de Venezuela, pero nunca para establecer verdaderas políticas de Estado. La democracia es "democrática" cuando compiten partidos idénticos ideológicamente, pero cesa de ser "democrática" cuando gobiernos "malvados" ganan,, etc. Las verdaderas prioridades socioeconómicas y por ende políticas de la derecha raramente forman parte de sus discursos, pero siempre están claras en las agendas y las acciones: las prioridades y las políticas se construyen a partir de criterios claramente clasistas, y no por abstracciones como la "nación"; la economía se define en base a quienes producen y quienes distribuyen las riquezas, y nunca en términos "nacionales" que incluyan varias clases sociales; las relaciones internacionales se articulan en base a afinidades ideológicas, programáticas y socioeconómicas, etc.

Más importante, la clase social le otorga el liderazgo al movimiento o partido político, y no al revés. Por eso los liderazgos políticos "visibles" de la derecha (es decir, el candidato mismo, el que se colocaría el frente del Estado) son mucho más "reciclables" que los liderazgos de la izquierda, y también por eso es que la derecha tanto insiste en la "alternabilidad" en el gobierno, aunque nunca lo señala cuando se trata de sus propios candidatos en el poder ("alternabilidad" para la Venezuela de Chávez y luego la de Maduro, pero permanencia inalterable para la Honduras de Juan Orlando Hernández, por ejemplo).

En pocas palabras, la clase social que otorga el liderazgo en la derecha esta consciente de ser una clase – y no una "nación", comunidad imaginada para mantener cohesión de gobierno, control poblacional y explotación de recursos naturales – y a su vez diseña sus prioridades y sus políticas en base a esta realidad, y ninguna otra. Todo lo demás, son meros instrumentos para ejercer el poder, y se denominan "criterios" y "principios" solamente cuando pueden ser instrumentalizados, pero nunca cuando se alejan de prioridades e intereses previamente definidos.

  • El uso indiscriminado del Estado, los medios de comunicación, el derecho (nacional e internacional) y todo lo que se encuentre a su alcance para lograr sus objetivos. Recientemente, América Latina y el Caribe han experimentado con el uso de un nuevo término, uno que la derecha nunca emplea pero siempre aplica: el llamado "Lawfare", el uso utilitario del derecho para agredir o neutralizar adversarios políticos y/o ideológicos, eliminar temas de la agenda pública, o justificar guerras. Los golpes parlamentarios y las encarcelaciones ilegales como las del Paraguay y en el Brasil son excelentes ejemplos, pero también son ejemplos las agresiones que no fueron efectivas, como las aplicadas contra la Señora Cristina Fernández de Kirchner durante el gobierno de Mauricio Macri, y la que se avecina contra el candidato a la Presidencia de Bolivia por el Movimiento Al Socialismo (MAS), Luis Arce, entre otras.

El uso de estas estrategias, como casi todo otro elemento de acción de la derecha, depende de los medios de comunicación y su capacidad para determinar la agenda pública. Los medios de comunicación son quienes dictan cuando efectivamente es "lawfare" (uso negativo del término) – por ejemplo cuando se acusa a funcionarios políticos estadounidenses y sionistas en cortes internacionales de crímenes de guerra – y cuando el término no debe ser empleado por completo: la farsa de destitución de la Presidenta Dilma Rousseff, el bloqueo del futuro político de Rafael Correa en el Ecuador, y el arrojamiento salvaje de Lula da Silva en la cárcel, e impedir que se presente como candidato presidencial ante el fascismo de Bolsonaro.

Con la lista anterior, llegamos finalmente al punto principal de nuestro análisis regional. La "ventaja" cualitativa más importante que posee la derecha regional en su lucha para erradicar la presencia de la izquierda en el Estado (o, en casos como el de Colombia y Venezuela, erradicar a la izquierda por completo), es simplemente el liderazgo. Es lo que verdaderamente diferencia la década de 2000 – 2009, de la década de 2010 – 2019, por lo menos en nuestra región. El liderazgo de la derecha en la región, lamentablemente, no proviene de países como México, Argentina, Brasil o Colombia, sino simplemente del mismo antiguo líder de las dictaduras militares del Siglo XX: Estados Unidos.

Durante la década de 2000 – 2009, incluso hasta incluyendo los primeros años de la siguiente década, Estados Unidos aún sentía que se encontraba en proceso de consolidar su unipolaridad, la que consideraba su derecho, después de derrotar a la Alemania fascista, la Japón militarista, y la Rusia comunista. Durante este periodo – específicamente entre la invasión a Panamá de 1989 y el inicio de la Revolución Bolivariana en 1999 - Estados Unidos operaba en el mundo en base a tener garantizado su "patio trasero". Quizás la mal llamada "Operation Just Cause" – la invasión gringa de Panamá – fue un mensaje claro para toda la región: América Latina es territorio "Americano". Claro, para el lector latinoamericano y caribeño, esta declaración no dice nada nuevo – en este continente, todos somos americanos - pero debemos recordarnos que los gringos han secuestrado el nombre del continente para ellos mismos, y la palabra "Americano" se refiere a ellos, y solo ellos.

Por ende, Estados Unidos procedió a imponer su unipolaridad adonde era necesario declararla e imponerla: el resto del Mundo. Ya la hegemonía gringa en el hemisferio occidental había sido consolidada después de la Segunda Guerra Mundial, con al firma del TIAR en 1947 y la OEA en 1948, ambos productos de sesenta años de trabajo diplomático, invasiones, ocupaciones y masacres a lo largo del continente, entre los años 1889 (primera conferencia panamericana) y 1948 (novena conferencia panamericana), durante un periodo que denominamos como el "Panamericanismo".

A Estados Unidos le esperaba la conquista del resto del Mundo, y ese Mundo se encontraba fuera del hemisferio occidental. Por eso, la atención de los líderes de ese país se fue a los ámbitos de Yugoslavia durante la década de 1990, Afganistán, Irak, y el Medio Oriente (las masacres de los sionistas contra los palestinos, las "intifadas", etc.), la famosa "Guerra contra el Terrorismo", la separación del Sudan y un pequeño experimento de extender la OTAN hacía el oriente europeo, aventura que se dio con la guerra de Osetia del Sur en el 2009, la cual podemos considerar como el inicio de la Guerra Fría actual entre Estados Unidos y Rusia. Todo esto fue durante la década de 2000 - 2009, la misma en la cual Hugo Chávez fue seguido por Lula da Silva, Tabaré Vásquez, José Mujica, Fernando Lugo, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa Flores, sin mencionar el crecimiento de partidos de izquierda en los países que mantuvieron la derecha en el poder, como Colombia y Perú, entre otros. Fue, efectivamente, la misma década de la victoria popular del Mar del Plata, de la creación de UNASUR, ALBA-TCP y la ya mencionada CELAC.

En pocas palabras, mientras Estados Unidos se encontraba conquistando el Mundo (es decir, el resto de este, fuera del hemisferio americano) luego de emerger triunfante de la (primera) Guerra Fría (1948 – 1989), su asegurado y domado "patio trasero" se le empezó a escapar de sus manos, asunto que inició cuando un Teniente Coronel venezolano logró engañar el ineficiente e incapaz "establishment" de la Caracas puntofijista en el año 1998, y fue permitido ganar las elecciones presidenciales de ese año, creyendo que a pesar de sus discursos antisistemáticos y los pobres que lo rodeaban, el inepto y principiante militar se transformaría después de llegar al poder en un nuevo miembro del establishment de entonces – quizás tipo "Fujimori" - y nunca amenazaría el status quo. Para todos quienes insisten en que Estados Unidos ataca a Venezuela solamente por el Petróleo y las riquezas minerales lo que acabamos de señalar es suficiente motivación para los gringos hacer todo lo posible y exterminar el legado Bolivariano en Venezuela y en todo el mundo, si fuera posible.

Entonces, el intrépido e intelectual presidente estadounidense George Walker Bush (2001 – 2009) inició el proceso de enfrentar las tendencias independentistas que empezaron a propagarse en América Latina y el Caribe, particularmente luego de eventos inéditos en la historia hemisférica, como la IV Cumbre de las Américas en el Mar del Plata, Argentina. Obviamente, Estados Unidos inició con la fuente del "contagio": la Venezuela Bolivariana. No podemos acusar a George Bush de negligencia en sus funciones imperiales – aunque el Señor Trump si lo acusa de eso – pues se dio todo lo que se podía dar: golpes de Estado, desestabilizaciones, saboteo de la industria petrolera, guerras diplomáticas y un referéndum revocatorio, y hasta mucho más.

Pero lamentablemente para ellos, el Teniente Coronel que daba la impresión que sería otro Fujimori, en realidad fue un gran estratega y estadista, y contempló tantas medias de contingencia y demostró un inigualable liderazgo bajo adversidad, evitando así los errores de estadistas como Salvador Allende, entre otros. Igualmente tenemos que señalar que la maquinaria mediática logró convencer a una parte de la población venezolana de apartarse del (o activamente adversar el) proyecto Bolivariano, pero fue una parte no-significativa electoralmente, una y otra vez (con la excepción de dos ocasiones, naturalmente: 2007 y 2015). Este asunto es quizás uno de los que aun sustentan al Presidente Maduro en el poder: aun no existen suficientes venezolanos convencidos de que salir de él, y, por ende, del proyecto Bolivariano, es la única solución para Venezuela, y aún menos venezolanos creen que el payaso que salta las rejas de la Asamblea Nacional es una mejor alternativa.

Y aquí llegamos a completar el círculo: "las primeras señales de lo que sería una realidad estructural durante los años 2015-2019", en referencia al golpe de Estado en Honduras. La presidencia de Clinton es diferente a la de Bush hijo, la de Barack Obama a ambos, y la de Trump demuestra aún más "diferencias", pero en realidad, más que todo son diferencias de estilo, pero nunca de fondo. La tarea iniciada por Condoleezza Rice fue retomada por Hilary Clinton, y luego continuada por John Kerry. Los estilos y los personajes cambian, pero la política de intervenir, dominar y destruir las soberanías de los otros y saquear sus recursos naturales, nunca cesa y poco cambia, y cuando lo hace, es solo de estilo, y raramente de manera estructural.

En la era del Señor Trump, todo ha intensificado, sin duda alguna, y existen ciertos cambios cualitativos en cómo Estados Unidos mantiene y trata de recuperar imperio, pero eso sigue siendo la tarea principal. Podemos ver esta realidad simplemente al notar que el establishment globalista liberal (de la mayoría de los demócratas excepto quizás Bernie Sanders) y el establishment del neofascismo de Trump (sus seguidores y parte de los republicanos) – junto a sus respectivos medios de comunicación – raramente comparten un criterio de política domestica o internacional, pero en el caso de Venezuela, se evidencia la excepción: ambos están completamente de acuerdo con la idea de estrangular el pueblo venezolano para que se encargue de imponer el "regime change" (con su propia sangre) que los gringos tanto anhelan, catalogando este estrangulamiento como un ejercicio para la "restauración de la democracia y los derechos humanos", el cual es favorable para otorgarle "estabilidad" a la región latinoamericana y caribeña, e impedir agresiones chinas y rusas en esta "zona de paz" (es decir, la zona de dominio gringo).

La política exterior estadounidense se encuentra en la actualidad tratando de restaurar su hegemonía, ya la unipolaridad ya es un sueño distante. En el pasado, Estados Unidos jugaba el juego de "Brinkmanship" con la Unión Soviética, ahora lo juega con Irán, e incluso busca evitar llegar al "point of no return" con una potencia regional que ni siquiera es nuclear. La política exterior gringa en la era de Trump ha tenidos unos cuantos éxitos, pero no son los deseados por ambos tipos de establishment y muy limitados para el tamaño de sus ambiciones. En un mundo en el cual la China y la India tendrán el 30% de la economía global en solo tres décadas, y países como Turquía y Pakistán hacen lo que quieren sin consultar o someterse a la voluntad de Washington, es natural que Estados Unidos "regrese a casa", y trate de recuperar su hegemonía en un ambiente menos hostil y difícil para su política exterior que Asia Central o Asia del Pacífico. Naturalmente, el ámbito idóneo para recuperar su supremacía es el sitio en la cual inició esta: América Latina y el Caribe.

La ventaja más grande que poseen los partidos de la derecha regional es el liderazgo que los agrupo y los somete, y quizás la desventaja más grande de las izquierdas desunidas del continente es precisamente lo contrario: la ausencia completa de liderazgo regional. Quienes critican a los partidos y gobiernos de derecha en la región – y admito que soy uno de estos – suelen resaltar sus condiciones sumisas y entreguistas a los dictámenes y ordenes de Estados Unidos, y esto es completamente innegable, claro. Pero se nos olvida que este servilismo, sumisión y dependencia – el cual sin duda alguna viene con un gran precio – también tiene sus ventajas: las derechas poseen un Norte, un liderazgo que coordina, planifica y decide por ellos, y los obliga a actuar en unísono. Es lo mismo que sucede con la derecha venezolana: al fracasar en derrocar al chavismo una y otra vez, Estados Unidos emitió ordenes para que se unifiquen todos los opositores – o por lo menos no interfieren quien no quiera sumarse – en las acciones gringas que se darán a través del seleccionado instrumento (nos referimos aquí al Señor "Trepa Rejas" o "Spiderman" de la Asamblea Nacional). Ciertos opositores se sometieron, otros se molestaron, pero la mayoría (por lo menos hasta finales del 2019 e inicios del 2020) se quedaron callados, y obedecieron.

Alternativamente, las izquierdas latinoamericanas (o las que se autodenominan así) no poseen este nivel de coordinación y liderazgo, particularmente porque no pretenden colonizar ni tampoco imponer hegemonías en la región, pero también por falta de visión y coordinación, asunto que pudiera verse como el "talón de Aquiles" del progresismo latinoamericano. No obstante, el liderazgo gringo de las derechas latinoamericanas es el elemento crucial para entender el complejo proceso de restauración conservadora que vive la región en la actualidad, y el grado de éxito y efectividad que se evidencia en este proceso. Los partidos de la derecha latinoamericana saben muy bien que se enfrentan a una tarea bastante difícil: ganar elecciones e imponer neoliberalismo al mismo tiempo, con resultados catastróficos como los que se evidencian en países como Honduras, Chile y Ecuador, sin contar con la derrota electoral del macrismo en Argentina, después que se había logrado esa victoria de manera limpia, sin golpes de Estado, sin intimidaciones y sin embargos y sanciones unilaterales.

Entonces, un liderazgo fuerte y contundente, que cuenta con la ventaja de ignorar o pisotear las reglas establecidas y el derecho internacional para lograr ventajas políticas de corto plazo, es absolutamente necesario para sobrevivir en una región en la cual la aplicación de paquetes de austeridad dictados por el FMI causan la salida de las masas a protestar, y la necesidad de trasladar la capital del país para evitar la ira de los pobres. Ese liderazgo – para las derechas de la región – es el gobierno del Señor Donald Trump. A pesar de la dignidad que le resta a uno tener que someterse al Señor Trump y sus emisarios, y la necesidad de aplicar los paquetes de austeridad que ahora (aunque no era así en los "buenos tiempos" de la década perdida) te comen tu saldo político y electoral, el liderazgo que ofrece el "Orange Man" (como llaman al Señor Trump en Estados Unidos) es uno de los elementos que mantiene a estos grupos no solamente en el poder, sino con la capacidad de retomar el poder y sobrevivir el desafío de gobernar en esta década de luchas, que aún no se ha perdido en la historia de los pueblos latinoamericanos y caribeños.

El conflicto estructural en América Latina y el Caribe es de tal magnitud y complejidad, que no podemos abordarlo de manera holística en este documento. Pero consideramos que ya hemos adelantado un poco al respecto. En primer lugar, es una lucha (de poder, ¿de qué más pudiera ser?) entre izquierdas y derechas, las primeras apoyadas por masas humanas que no poseen la suficiente consciencia de clase como para entender que el conflicto no es nacional, sino clasista, tanto a nivel de sus países, como a nivel regional e internacional. La derecha, a su vez, posee una amplia variedad de ventajas – más allá de su sólida base electoral y su clara orientación ideológica - las cuales ya hemos señalado unas cuantas de estas, y habíamos colocado en la cima de las ventajas, el propio liderazgo indiscutible de Estados Unidos, con su triple poderío: control del sistema financiero mundial y su uso como arma política internacional; influencia (aunque no sea control) sobre los medios de comunicación globales, y la capacidad de violar e ignorar el mismo derecho internacional que ese país impuso, en primer lugar.

Entonces, ¿Existe un factor, elemento, proceso o actor que se le puede atribuir la intensificación del conflicto estructural sociopolítico y socioeconómico en América Latina? Claro que sí, es el propio gobierno de Estados Unidos, y no son los partidos de la derecha regional que lograron esto todo solitos, sino en base al liderazgo gringo. ¿Cómo Estados Unidos ha logrado intensificar el conflicto estructural regional? Pues ese es el punto que requiere mucho más análisis y evaluación, pero a criterio de quien suscribe, los elementos básicos para dicha evaluación se encuentran en el documento actual, el cual, como ya habíamos señalado, no busca otorgar respuestas, sino generar interrogantes para la investigación y el análisis.



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