La Revolución Bolivariana en su laberinto

La Revolución Bolivariana se concibe como un proceso político de profundas raíces históricas, que emerge como expresión de los conflictos de clase por el control de la renta de suelo en el siglo XIX y por el ingreso petrolero en el siglo XX, así como por las luchas por la liberación nacional desarrolladas en Venezuela en su devenir como formación económico-social.

Desde sus inicios se formuló y se cristalizó como un proyecto sobre la base de las premisas de independencia nacional e integración latinoamericana y caribeña del pensamiento del Libertador Simón Bolívar, así como por la influencia de las demandas de justicia social y democracia que han sido abanderadas por diversos movimientos revolucionarios de la historia nacional.

§ Génesis: crisis y parto histórico

La Revolución Bolivariana se desencadenó como proceso-producto de la agudización de la crisis orgánica de la sociedad venezolana, cuyas expresiones más notables se apreciaban en las dimensiones económica y política: a través de la depresión económica que azotó al país desde el denominado Viernes Negro (1983)[1]; y mediante la pérdida de legitimidad de los liderazgos y del tejido institucional que derivó en una crisis de hegemonía[2] sin precedentes desde 1958.

La crisis de hegemonía referida, determinó el ascenso al poder de Hugo Chávez en 1999, el cual significó el inicio de un proceso de refundación republicana, mediante el cual fomentó un viraje revolucionario en áreas sustantivas como la política fiscal ante el negocio de los hidrocarburos, una política exterior autónoma de la órbita de los Estados Unidos, la distribución social del ingreso petrolero, la lucha contra el latifundio, entre otras.

§ El conflicto por el poder político exteriorizó su esencia de clase

Los intereses afectados derivaron en una reacción enérgica de las clases dominantes y las élites tradicionales. Tal situación inauguró una nueva época de conflictos que derivaron en un Golpe de Estado (abril de 2002) y en un paro insurreccional, agravado por la interrupción y el sabotaje de las operaciones de la estatal petrolera venezolana PDVSA, la cual produjo pérdidas milmillonarias el país (diciembre de 2002- febrero de 2003).

El Golpe de Estado oligárquico –subordinado a los designios e intereses de los Estados Unidos-, fue aplastado de manera contundente mediante una rebelión popular[3], y el paro-sabotaje petrolero fue derrotado de manera heroica por la clase obrera de la industria petrolera, la cual tuvo la capacidad de reactivar las operaciones y los procesos fundamentales de PDVSA.

§ Radicalización del proceso y construcción de nueva hegemonía

A partir de esas contradicciones, el proceso revolucionario experimentó un proceso de radicalización, por lo que transitó de un proyecto reformista de liberación nacional, hacia posiciones antiimperialistas, e incluso hacia formulaciones socialistas y reivindicación de un imaginario de izquierda revolucionaria que calaron en la base social bolivariana a partir de un esfuerzo de pedagogía de Hugo Chávez, con lo cual se convirtió en un referente geopolítico y en una experiencia de gran interés para el movimiento revolucionario mundial.

Los sucesivos triunfos de las fuerzas revolucionarias en el periodo 2002-2006 (entre los que sobresalen la rebelión de abril de 2002, la reactivación de PDVSA en 2003, y un contundente triunfo electoral en 2004), representaron las condiciones para la instauración de una nueva hegemonía material y simbólica del chavismo como bloque histórico-político[4], y para la efervescencia de múltiples y muy diversas experiencias de emancipación popular de orientación anticapitalista.

§ Reflujo y embrión de una nueva crisis de hegemonía

En explícita contradicción con las perspectivas dadas a partir de la narrativa radical (socialista y antiimperialista) de Hugo Chávez durante su campaña electoral, e incluso con el Plan de Desarrollo (denominado primer Plan Socialista 2006-2013), el gobierno –más allá de la retórica-, no ejecutó acciones tendentes a propugnar una transición socialista.

Por el contrario, el periodo de gobierno 2006-2012 experimentó un reflujo, dado fundamentalmente por la dependencia hacia el hiperliderazgo de Chávez, y hacia una tendencia marcada hacia la subordinación del movimiento respecto al poder del Estado. La efervescencia popular fue cooptada –burocratizada y corporativizada-, o en su defecto (cuando mantenía posiciones de rebelión) fue perseguida, desarticulada y reducida[5].

La derrota electoral de 2007 en el referendo para materializar una reforma constitucional (según el discurso oficial para hacer viable el socialismo en Venezuela)[6], inauguró una nueva crisis de hegemonía política. La guerra sicológica de la derecha, y las carencias para la batalla de las ideas en la dirigencia chavista, así como la ausencia de verdaderos espacios para el debate popular y la pedagogía, redundaron en una derrota que fue interpretada por la dirigencia del chavismo como el descrédito del socialismo como proyecto (ese mismo que recibió el 63% de los votos en 2006, ahora aparecía cuestionado por la voluntad popular).

El discurso oficial adjudicó la derrota a la falta de conciencia del pueblo y decretó que Venezuela no estaba preparada para el socialismo, por lo que se requería de una transición de mayor extensión temporal. Para explicar su hipótesis, se refirió de manera reiterada al concepto gramsciano de parto histórico.

Sin embargo, la transición al socialismo no apareció en la política del gobierno, por el contrario la reproducción ampliada del capital profundizó su dominio sobre las relaciones sociales del país y la consigna de redistribución de la renta nacional se redujo a la creación de un modelo asistencialista que en los últimos años ha degenerado en un Estado clientelar.

§ El embrión de una nueva crisis orgánica

La crisis financiera de 2008 golpeó notablemente a la economía nacional, que interrumpió el crecimiento del PIB y se precipitó un déficit fiscal, ante lo cual el gobierno decidió mantener sus políticas económicas de sobrevaluación de la moneda, mercado interno saturado mediante importaciones –por ende con una balanza de pagos desventajosa- y un gasto público astronómico, sobre la base de un precio favorable del petróleo y una política de endeudamiento de gran escala[7].

Sin embargo fue inevitable la depresión económica, con una caída del PIB entre 2008 y 2010 y con un aumento de la inflación, presionado en gran medida por la caída de las reservas internacionales y el principio de un déficit en la oferta de divisas al mercado nacional (lo cual hace inviable a la economía nacional en el marco del modelo macroeconómico instaurado desde 2003).

La situación económica debilitó la hegemonía material del chavismo[8] y permitió el crecimiento y una transición hacia una nueva hegemonía –contraria a la carga simbólica del chavismo- en las grandes ciudades del país. Un análisis de geografía electoral del periodo 2010-2018, permite apreciar que el chavismo perdió su hegemonía en el mundo urbano[9].

§ La nueva crisis orgánica

La tendencia de crisis de hegemonía se potenció ante la pérdida física del Comandante Hugo Chávez (2013) y ante las evidencias de un déficit de liderazgo[10]. La situación se agravó a través de la agudización de la crisis económica desde 2013 –agravada por la caída de los precios del petróleo-, hasta los niveles de deterioro actual con una situación de: déficit fiscal interno, default internacional, quiebre técnico de PDVSA –fuente de divisas del país-, depresión del 50% del PIB en los últimos 3 años, hiperinflación[11] y precarización atroz de la clase trabajadora, colapso del transporte y de los servicios públicos retroceso de los derechos sustantivos; en síntesis con la reversión de los logros sociales alcanzados en el periodo 2003-2012[12], en fin el proceso revolucionario y el país están en medio de un naufragio, de un laberinto cuya única solución en apariencia es la restauración del neoliberalismo y la postración ante la dominación estadounidense.

En el espectro político la situación también se tornó más compleja, con la intensificación del conflicto político, el cual se ha atizado por el despliegue de las denominadas guarimbas en 2014 y 2017, por el desconocimiento de la oposición política al tejido institucional y su ausencia en los últimos procesos electorales (elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente, elecciones municipales y elecciones presidenciales). A este panorama hay que agregarle factores internacionales que acentúan la crisis, entre los que se destacan: los decretos ejecutivos de los EE.UU., en los cuales se considera a Venezuela como una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de ese país; las sanciones políticas y financieras al país; las calificaciones de riesgo adjudicadas por agencias privadas; el reflujo de la influencia de Venezuela en la comunidad internacional; las tensiones con países vecinos; entre otras.

§ Las contradicciones esenciales del proceso

El conjunto de contradicciones referidas breve y parcialmente, no se pueden comprender e interpretar sin reconocer los intereses de clase que permean y median las acciones del gobierno actual. Por tanto se presenta una breve caracterización de la composición de clase de la dirigencia chavista:

- En su origen se configuró una alianza interclasista en la cual sobresalen por su papel dirigente: militares profesionales, cuadros de partidos reformistas tradicionales, ex dirigentes sindicales, intelectuales y artistas. Sin embargo, el proyecto fue apoyado por sectores de la burguesía nacional. En la narrativa del movimiento se asumió como sujeto social al pueblo (constructo complejo, heterogéneo e impreciso), pero se asumieron los símbolos y las reivindicaciones de las clases subalternas (clase obrera, campesinos, artesanos, pescadores, amas de casa, pensionados, y sectores marginados de la sociedad).
- En su evolución se consolidó el carácter poli clasista del proyecto (de hecho es un principio esencial del PSUV), y en los hechos se fortalecieron las posiciones de los militares –de explícita posición burguesa y en el mejor de los casos pequeño burguesa- como dirigentes fundamentales aún con el liderazgo nominal de Nicolás Maduro; con una presencia importante de grupos integrados en una especie de casta burocrática vinculada de manera orgánica con grupos económicos tradicionales y emergentes de la burguesía, e incluso con capitales transnacionales.

La condición de clase de la dirigencia del chavismo en la actualidad –ante la ausencia de la vanguardia de su timonel-, determina sus posiciones ideológicas y sus prácticas conservadoras aunque públicamente mantengan una retórica revolucionaria, y repercute en su impotencia para salir de la crisis (porque su prioridad es defender sus intereses a costa del sacrificio del pueblo trabajador del campo y la ciudad y de los sectores marginados-empobrecidos), así como en su incapacidad y ausencia de voluntad política para diseñar e implementar una salida revolucionaria, lo cual resulta absolutamente improbable[13].

¿Hay una salida revolucionaria?

La correlación de fuerzas es notablemente negativa para la narrativa revolucionaria, pero es un hecho positivo que la crisis ha producido una ruptura de la (falsa) polarización electoral[14], y ha puesto en evidencia la opresión de clase del Estado y el capital sobre el pueblo. Precisamente la gravedad de la situación ha propiciado la movilización de sujetos sociales del proletariado[15] en defensa de sus derechos y demandas[16].

Sectores asalariados como los trabajadores la salud, obreros de empresas públicas y privadas, la educación universitaria, servicios públicos como la electricidad, el agua potable, las telecomunicaciones, trabajadores petroleros, entre otros, han asumido una lucha digna y legítima por mejoras sustantivas en sus condiciones de trabajo–desde su instinto de clase y en defensa de los intereses de la población y del país-.

Esa movilización consciente en defensa de la justicia social, de los derechos sustantivos de la población y de los intereses de la nación, es el embrión de un nuevo sujeto social, de un nuevo bloque histórico-político y de un nuevo pacto[17], el cual debe nutrirse de las valiosas experiencias del chavismo subversivo y debe tejer una nueva alianza que permita una salida revolucionaria. De lo contrario, el futuro de Venezuela se reduce a tres opciones: 1. Un gobierno inerte -corrompido e indolente ante las tragedias del pueblo-; una guerra civil inducida; o una intervención internacional coordinada por los Estados Unidos.

Una salida revolucionaria implica un proceso de acumulación de fuerzas y de recomposición política, cuya vanguardia se encuentra los cimarrones de base del chavismo (que salvo excepciones muy puntuales se han mantenido al margen de las posiciones sustantivas del gobierno), en su potencial articulación con amplios sectores de la clase obrera, el campesinado, gremios profesionales, la intelectualidad, así como un espectro importante de la militancia del PSUV (incluso de sus cuadros medios y de algunos de sus dirigentes chavistas de prestigio que asumen posiciones revolucionarias en el espectro del PSUV y de los partidos minoritarios de izquierda) y por supuesto de un sector importante de la Fuerza Armada de tendencia auténticamente bolivariana, en torno a un proyecto de defensa de los intereses de la nación y de reconstitución del tejido republicano.

Esa recomposición implica audacia táctica para ejercer presión al gobierno para contener el deterioro del tejido social e institucional del país, y para exigir que se asuman las medidas económicas que se requieren para la recuperación económica; y sentido estratégico para convertirse en una opción de poder político. Para lo cual es necesario trascender posiciones sectarias, de manera que sea factible la integración de amplios sectores de la sociedad que no se identifican con los referentes simbólicos de la revolución bolivariana, pero que coinciden en premisas esenciales tales como la independencia nacional y la instauración de un régimen de justicia social y democracia auténtica.

La salida revolucionaria esbozada, representa la opción democrática y no cruenta en un escenario de conmoción nacional ante una crisis económica sin precedentes –que afecta la capacidad de satisfacer las necesidades fundamentales del pueblo, y de una crisis de legitimidad de la clase política en sus dos vertientes dominantes.

[1] El denominado Viernes Negro se refiere a una devaluación abrupta de la moneda nacional sucedida en febrero de 1982, este hecho se reconoce como un hito del comportamiento económico venezolano. Sin embargo, las raíces de este colapso financiero-monetario se encuentran la dependencia de Venezuela respecto al sistema financiero internacional (regentado por el eje Wall Street, Londres, Francfurt y Tokio), el cual recurrió a la financiarización de la economía para contener –de manera temporal- los estragos de la depresión de 1970-1973.
[2] Cuyo clímax se produjo con la cruenta represión desplegada por las fuerzas del Estado y la actitud cómplice de la institucionalidad ante el estallido social conocido como "El Sacudón" de febrero de 1989 (según estudios independientes con un registro de aproximadamente 3000 víctimas fatales).
[3] Los días 12 y 13 de abril se produjeron movilizaciones inmensas en las grandes ciudades del país (se concentró en el posicionamiento sobre símbolos de poder como el Palacio de Gobierno, instalaciones militares y medios de comunicación), para exigir el regreso de Hugo Chávez al poder. La presión popular logró sus objetivos y Chávez volvió antes de cumplirse 48 horas de su salida forzada del Palacio de Gobierno.
[4] Al punto que el socialismo constituyó la oferta electoral de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006, en las cuales obtuvo el 63% de los votos válidos (con un 75% de participación electoral).
[5] La fundación del PSUV (2007) cooptó y absorbió múltiples organizaciones revolucionarias, con lo cual concentró y subordinó la heterogeneidad del chavismo en una dirección centralizada (condicionada y dependiente respecto a la burocracia estatal).
[6] Objetivamente se trató de un proyecto innecesario, apresurado, improvisado y fuera de contexto –porque la Constitución de 1999 permite el inicio de una transición hacia el socialismo-, y primordialmente porque el proyecto presentaba contradicciones e inconsistencias –dadas por cambios reiterados en su contenido- que sumados a su excesivo enfoque leguleyo y la previsible campaña de distorsión de sus detractores, le tornaron confuso y difícil de digerir.
[7] Dichas políticas constituyeron un error estratégico que en gran medida ha determinado la crisis actual.
[8] Con lo que se produjo una nueva derrota electoral en las elecciones legislativas de 2010 y se redujo en 8% la proporción de votos a favor de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de 2012.
[9] Cabe subrayar que según el Banco Mundial, cerca del 90% de la población venezolana reside en ciudades. A esta variable hay que sumarle que según estudios de opinión de diverso signo, la población juvenil exhibe una tendencia mayoritaria a no identificarse con el chavismo. Tales datos, dejan claro el panorama de la correlación de fuerzas políticas en el país.
[10] Nicolás Maduro ganó las elecciones con el 50,6% de los votos. Es decir, en cinco meses hubo una descapitalización electoral muy importante.
[11] Estimada en un 1.000.000% para el 2018 por el FMI (se recurre a este organismo porque el Banco Central de Venezuela, en contravención con lo que obliga la constitución dejó de publicar cifras desde 2014).
[12] Incluso se ha producido un retroceso en la garantía de derechos por parte del Estado venezolano.
[13] Las medidas anunciadas el 26 de julio carentes de sentido estratégico y orgánico, resultan además tardías, aisladas e incoherentes respecto a la realidad económica nacional, con lo cual se demuestra la ausencia de voluntad política del gobierno para contener la crisis.
[14] Con un gobierno incompetente para dirigir el país, y con una oposición incapaz de construir un referente de gobierno regional o local y mucho menos de diseñar una oferta de proyecto país, que permita vislumbrar alguna salida racional y democrática a la crisis. Por el contrario, cada día es más explícito que la agenda de la derecha venezolana está totalmente subordinada a intereses transnacionales, específicamente a intereses de los Estados Unidos. Incluso su discurso hace eco de categorías como "intervención humanitaria" multinacional bajo la égida y el paradigma de los Estados Unidos, las cuales han resultado nefastas y terriblemente trágicas para los países que han sido objeto de las mismas.
[15] Mientras se escriben estas líneas se lleva a cabo una Marcha Nacional Campesina (de 400 Km), hacia la ciudad de Caracas, para exigir al gobierno el desarrollo de una política agraria revolucionaria, que en un primer momento rompa con las mafias que dominan los mercados de insumos agrícolas y los mercados especulativos de alimentos.
[16] Cabe señalar que las demandas de los trabajadores movilizados no se reducen a exigir aumentos salariales (lo cual es legítimo), sino que además involucran aspectos esenciales de su función social para el país y exigen que el Estado actúe para la garantía de derechos que se establecen en la Constitución de la República Bolivariana. Tampoco se identifican con parcialidades del quehacer político-electoral, más bien han integrado a sectores que en apariencia eran adversarios, y ante la crisis, se ha hecho evidente que pertenecen a la misma clase y por tal motivo, tienen los mismos intereses.
[17] Tal y como sucedió a partir de las conmociones políticas producidas por el estallido social de 1989 y las rebeliones militares de 1992.



Esta nota ha sido leída aproximadamente 2192 veces.



Jorge Forero

Integrante del Colectivo Pedro Correa / Profesor e Investigador

 boltxevike89@hotmail.com      @jorgeforero89

Visite el perfil de Jorge Forero para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes: