Rafael Ramírez: La desnudez política de un burócrata en su autoexilio

 
    No hace falta que se le acuse de nada, él mismo ha sabido edificar, piedra sobre piedra,  el acta de su propia delación política, impulsado, mejor dicho, arrastrado por la arrogancia, la inquina y los prejuicios pequeño burgueses que le llevan a confundir revolución con desvaríos personalistas y realidad con leyenda, para concluir dibujando una imagen grotesca y bochornosa de si mismo. Basta leer sus escritos, particularmente el ultimo de ellos titulado “Fuerza Lula”, en el que, a propósito del caso del dirigente político Brasileño, vierte conceptos y criterios que desnudan toda la podredumbre y vileza de que pueden ser capaces este tipo de elementos, un especie de Burocracia aristocrática que se ha formado en el aparato de gobierno del Estado (instituciones y empresas estatales) tras largos años de proceso Bolivariano. En el campo de las relaciones de enfrentamiento entre las clases, esta burocracia aristocratizada ha jugado - y juega - un papel de freno y mediatización de las iniciativas de las clases oprimidas (obreros, campesinos pobres, trabajadores en general), favoreciendo, conscientemente o no, las tendencias restauradoras de las viejas clases dominantes y la propia asfixia de la Revolución. 
   Todo trabajador medianamente consciente debe identificar en personajes de esta calaña a un enemigo declarado de su clase y del pueblo. En tal sentido, consideramos necesario apuntar algunas observaciones al mencionado artículo, a objeto de destacar elementos que, a nuestro juicio, ponen de relieve la verdadera contextura social, política e ideológica que caracteriza a ese tipo de individuos:   
En los primeros párrafos de su escrito (en los que el autor concentra lo sustancial de su alegato), el ex Ministro venezolano nos dice: “Se ha consumado contra el Presidente Lula Da Silva de Brasil, uno de los actos más ruines de persecución política en nuestra atribulada tierra (…) ha sido enviado a la cárcel por la oligarquía brasileña, luego de años de una operación de desprestigio, persecución y hostigamiento político-legal, en lo que se conoce ahora como el “Lawfare”, o “judicialización de la política”, el nuevo instrumento utilizado por las oligarquías, los reformistas y traidores, para eliminar o encarcelar a los dirigentes políticos revolucionarios o populares en nuestra región.
 
(…) A Lula se le acusa de “corrupción”, una de las matrices más extendidas y genéricas con las que ahora se ataca y desprestigia a los contendores políticos, sobre todo a los dirigentes revolucionarios. (…);
 
(…) ha sucedido en Brasil contra Lula y Dilma, justificando con ello la prisión de Lula y el Golpe de Estado contra Dilma; en Argentina contra Cristina Kirchner, ex Presidenta de la República entre 2007 y el 2015 y la Presidenta de “Las Madres de la Plaza de Mayo” Hebe de Bodafini, ambas con causas y acusaciones judiciales; en Ecuador contra el ex Presidente Rafael Correa y el Vicepresidente Jorge Glas, este último en prisión; y en Venezuela contra nosotros, ex ministros y altos funcionarios del gobierno del Presidente Chávez, donde un fiscal de ocasión, hace el triste papel de perseguidor de revolucionarios, en conjunción de propósitos con la extrema derecha de nuestro país (…)”. 
 
Parece que al momento de concebir su “alegato”, Rafael Ramírez no reparó en el pequeño detalle de que al pretender ensalzar su propia figura con las circunstancias de Lula da Silva (un dirigente que, a pesar de tener todos los pronósticos judiciales en contra, ha enfrentado la “feroz campaña de desprestigio y linchamiento moral” en el campo de la “justicia” de su propio país Brasil, apoyándose en el respaldo popular y en su propia trayectoria política) no ha hecho más que delatar su propia inconsistencia y cobardía política, pues su propio proceder político dista mucho de ser semejante, no ya al de Lula o al de alguno de los otros dirigentes que cita, sino al del mismísimo Comandante Chávez (al que tanto idolatra) la madrugada del 11 – 12 de abril de 2002 (cuando se entregó a sus captores “para verle la cara a los traidores”), escondiéndose en un autoexilio que le previene de sufrir tan molestos ajetreos; esto, a su vez, sirve para dejar en evidencia la distancia sideral que existe entre un  burócrata con veleidades “revolucionarias” (cuyos lamentos no levantan la más mínima indignación popular)  y un genuino dirigente político de masas. 
 
Nuestro ex súper  Ministro, que comienza denunciando la “judicialización de la política” y el uso del expediente de la corrupción como “instrumento de las oligarquías, los reformistas y traidores, para eliminar o encarcelar a los dirigentes políticos revolucionarios o populares en nuestra región”; nos precisa, respecto a la corrupción, lo siguiente: “Nadie duda que en nuestro país haya corrupción, claro que la hay, lo he dicho, en Cadivi, Cencoex, PDVSA, Seniat, Sector Financiero, Empresarios, Ministerios, sector militar, etc (…)”; sin embargo, más adelante objeta: “pero afirmar que sólo es un fenómeno que afecta a PDVSA e inmediatamente se me acusa, sin pruebas, sin derecho a la defensa (…) no deja de ser, además de un acto miserable, una clara acción política para tratar de neutralizarme, impedir que fuera al país a postularme como candidato del Chavismo a las Presidenciales”. Acto seguido sentencia: “Es una línea discursiva, una instrucción, donde se activan los palangristas de siempre, los “bots” de los “tuiters”, los animadores de turno, los aduladores de oficio, con la misma acusación de “corrupción”, además, todos al unísono con la conseja de “¿por qué no viene?”, como si en nuestro país hubiese garantías del debido proceso, de la libertad política, del derecho a la defensa”.
 
¿Qué garantías “del debido proceso” tuvo el Comandante Chávez  la madrugada del 12 de abril de 2002? ¿Cuáles han sido las de Lula en Brasil? ¿Cómo se explica eso de que se le niegue el derecho a la defensa a alguien que no es capaz de hacerla valer en el país bajo cuya jurisdicción nacional se encuentra como venezolano, precisamente porque no se halla en él sino en situación de fuga, es decir, huyendo? ¿Acaso no se deduce, por si solo, que si el dirigente brasileño encaro su defensa en un juicio sin pruebas en su contra, no debería, con mayor razón aún, asumirla Ramírez, dada la abundante cantidad de pruebas de corrupción existente en Pdvsa? ¿Tiene algo de honor o reputación política que defender el ex ministro? ¿por qué le es más sencillo apelar a los argumentos de la campaña mundial contra Venezuela (“ausencia de garantías del debido proceso, de  libertad política, del derecho a la defensa”) y no al ejemplo de los dirigentes “revolucionarios y populares” que tanto glorifica, así como al apoyo del mismísimo pueblo chavista? En realidad, al ex todopoderoso ministro le da vergüenza admitir lo evidente: frente al reto que le plantearon las acusaciones en su contra, se impuso la cobardía y la pasmosa evidencia de su más absoluta incapacidad de asumir el más mínimo acto sacrificio por el “legado” que tanto dice defender. No fue, ni es, ni será audaz como Danton, como para ofrecer la cabeza en ofrenda del porvenir; solo es un tránsfuga vil.       
 
La infamia no concluye ahí. El hijo prodigo de Chávez (pues no todos los hijos salen igual de virtuosos que el padre y con seguridad Ramírez reclamará su derecho a la  paternidad del gran revolucionario) está por el derrocamiento imperialista del gobierno de Maduro y por la ola sangrienta que ello traería consigo sobre las masas del pueblo.  No otra cosa se desprende de su discurso cuando equipara el complot de la gran burguesía y la extrema derecha Brasileña contra Lula, con los procesos judiciales abiertos contra ex funcionarios públicos en Venezuela. No otro es el sentido exacto de la  expresión dirigida contra la actuación del Fiscal general, T. W. Saab, a la que juzga de estar en “conjunción de propósitos con la extrema derecha de nuestro país”. Sostener esto, equivale a decir: “en conjunción” con el imperialismo yanqui y la ultraderecha regional. ¿Es qué no son estas fuerzas, acaso, las artífices de toda esta operación contra Lula (y otros dirigentes en la región), como parte de la contraofensiva estratégica que despliegan a escala regional y uno de cuyos objetivos centrales es el derrocamiento del gobierno de Venezuela? ¿lo desconoce Ramírez? ¡En lo absoluto! ¿pero porque lo calla en su infame alegato? Porque en él son más fuertes la inquina contra Maduro y su orgullo de aristócrata pequeño burgués herido, que la disposición de lucha contra el imperialismo.  
 
Para enmascarar esto, nuestro autor recurre a un burdo artilugio que plantea del modo siguiente: “nuestro país ha estado siempre en el ojo del huracán, no sólo porque poseemos las reservas más grandes de Petróleo del mundo, como logramos certificar en el 2007, sino porque Chávez era el ejemplo, la voz y el grito de rebelión desde América latina, desde la cuna de Bolívar, a todos los pueblos pobres y oprimidos”. Exacto: nuestro país se encuentra en la mira de la agresión imperialista no porque Maduro sea ejemplo, ni voz ni el grito de rebelión desde América latina, sino solo por su petróleo; en conclusión: hay que sacarlo a Maduro, a quien además, el hombre que estuvo 12 años al frente de Pdvsa y aun hoy no da la cara para responder sobre “la corrupción en Pdvsa”,  acusa de haberla destruido.  
 
“Para sacar al madurismo del poder y retomar el legado del Comandante Chávez, no tenemos que destrozar a nuestra querida empresa; al contrario, hay que fortalecerla, porque lo único que salvará a la Revolución Bolivariana, es la Política Petrolera del Comandante Chávez: La Plena Soberanía Petrolera”. Tal es el programa de acción que nos propone “el hijo prodigo de Chávez”. No se menciona en el qué métodos se emplearan “para sacar al madurismo del poder”: si a través de elecciones, un derrocamiento violento, asesinato, u otro por el estilo; solamente se insta a “no destrozar a nuestra querida empresa” (Pdvsa) y a la política Plena Soberanía Petrolera como única vía para la salvación de la Revolución Bolivariana. El tránsfuga Ramírez parece cifrar en terreno petrolero las esperanzas para sus torcidas intenciones. Tanto él, como todos los que definiéndose de “izquierda” y “revolucionarios” que asumen igual posición política ante el gobierno de Maduro, deberían tomarse la molestia de explicar ante el pueblo y los trabajadores cuál debe ser la actitud de los revolucionarios ante un gobierno “reformista” que se encuentre bajo asedio y amenaza de agresión directa del imperio más poderoso y brutal sobre la tierra: ¿derrocarlo o sostenerlo? 
 
Tal es el problema de fondo, planteado a los revolucionarios y la  “izquierda” en el marco de las circunstancias, mundiales y nacionales, creadas por la crisis y la agonía mortal del capitalismo internacional en la coyuntura histórica actual. Y frente a ello,  Rafael Ramírez, sin reparar en escrúpulos, opta por el derrocamiento, echando manos de los trabajadores petroleros, tal como se echa mano de una carta en un juego de naipes: “Sólo los trabajadores petroleros-dice-, en control de nuestra empresa fortalecida y poderosa, podrán mantener los espacios donde se asiente la recuperación de nuestro país, será desde la Nueva PDVSA, de entre sus ruinas, con sus trabajadores, que se inicie la recuperación del legado del Comandante Chávez; dilapidado y traicionado por el madurismo.” Doce (12) años estuvo al frente de Pdvsa este maestro de la intriga y la hipocresía. Durante ese tiempo, la idea de “control de la empresa por sus trabajadores” fue una perspectiva perseguida por él y su tren gerencial. ¿Por qué nunca se concretó esa orientación durante su gestión? ¿Por qué en sus largos escritos no hace mención de esa experiencia de control de nuestra empresa (Pdvsa) por sus trabajadores? 
 
Lea el lector acucioso y busque en alguno de los artículos de este seudo profeta auto exiliado, un solo párrafo dedicado, aunque sea de pasada, al proceso de participación protagónica experimentado por los trabajadores petroleros en los 2 últimos años (por no hablar de los últimos 15 años), conocido como el Golpe de Timón, y verá que no encuentra nada. Sí encontrará, por el contrario, coincidente con ese proceso (2017), cuestionamientos a los cambios en Pdvsa impulsados al compas de dicho proceso,  planteando a raja tabla una franca posición de rechazo a las políticas del Presidente Maduro en la industria petrolera, sin ofrecer argumentos sólidos sino digresiones generales teñidas de abierta aversión y arrebatos personalistas. Entre él (que como se ha visto reconoce la corrupción en Pdvsa) y su alter ego (Toby Valderrama) han jugado el papel de dupla estelar en el proceso de desacreditación, primero, de las acciones de transformación de la industria petrolera con la participación obrera y, segundo, contra las acciones anticorrupción instaladas en el cuerpo gerencial y operativo de la misma.
 
 Rafael Ramírez, es expresión un tipo social bastante extendido en las filas del movimiento Bolivariano, cuyo rol político, en la medida que es investido de un poder que le  erige por encima de la actuación política de las masas populares - que es la verdadera fuerza de una revolución-, llegando al punto, incluso, de mediatizarle, termina por convertirse en soga que asfixia sus iniciativas, conduciendo a la agonía de la propia revolución. No es aceptable, sin embargo, reducir las implicaciones de su papel a la sola actuación  de un individuo, aun cuando tal actuación no debe estar exenta de responsabilidad, sobre todo política. Ya próximo a concluir su trabajo, el autor nos alecciona con la siguiente frase: “Se impone la honestidad y el valor, personal y colectivo”; es forzoso preguntarse ¿en qué punto conecta la conducta del autor con esas palabras, que tienen en Lula un referente concreto y en él, tal como hemos visto, a lo sumo, una muestra de pérdida general de sentido del ridículo? Debemos dar por hecho que el autoexilio y los artículos semanales son la prueba más alta de “valor personal” para este tipo de “revolucionario”. 
 
 
fmarin2005@yahoo.com
 


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