Chávez, Trump: Insistir en la justicia social y la democracia

Como es natural, conveniente y necesario la victoria de Trump ha traído más de una reacción. He leído desde las consideraciones, por ejemplo, de Atilio Borón que indica que este hecho significaría un “nuevo ciclo histórico” en el desarrollo del neoliberalismo y podría hasta representar una oportunidad para las economías de la región.  Sabemos el terremoto que significó la decisión electoral norteamericana para los mexicanos: un enemigo jurado ahora ocupa la Casa Blanca y en sus primeras declaraciones ratificó sus letales promesas electorales: un muro, expulsiones masivas de inmigrantes ilegales y revisar el NAFTA.

Otro analista, Zibechi, explora otro tema: ante la inexistencia de una izquierda antisistema en EEUU, la ultraderecha canaliza el descontento electoral de los “excluidos” sociales de la nación del norte, aclaro: se trata de pobres blancos y racistas que buscan reconstruir el sueño americano de los años 50.

Hoy me interesa otro dato: la comparación de Chávez y Trump.  Claro, es un tanto forzado pretender que se parecen (en lo ideológico y personal), simplemente esta especie fue una estrategia publicitaria de Hilary Clinton que no logró embaucar a nadie, así que no vale la pena detenerse allí.  

Me interesa otro asunto, sobre todo unas declaraciones del ahora Presidente norteamericano al Miami Herald, el pasado mes de agosto.  En esa oportunidad dijo: “[Chávez] Tenía sentimientos, algunos muy fuertes, y representó a mucha gente que había sido dejada de lado… Nosotros también tenemos gente que, honestamente, también ha sido dejada de lado”. Ese es el punto, dos formas distintas de encarnar a los que no habían tenido representación hasta que ellos salieron a ofrecer un espacio político inédito: cambiar el sistema desde dentro, con las limitaciones naturales de todo cambalache electoral.

Esta situación me ha llevado a recordar que la historia demuestra que el descontento está ahí, sólo falta un actor político que sea capaz de transformarlo en una acción contundente.  La experiencia de Europa antes de la Segunda Guerra Mundial lo demuestra: las batallas entre la izquierda (comunista y socialdemócrata) y la derecha fascista fueron antesalas cruciales que explican el destino democrático que por consenso surgió después de la derrota de Hitler y sus aliados. El estado de bienestar social salió de este forcejeo entre la mayoría asalariada y los empresarios y banqueros que tuvieron que ceder espacios democráticos y de justicia social.  Hoy podemos afirmar que fue la edad dorada para el reformismo socialista europeo.

A partir de las “revancha neoliberal” de las décadas finales del siglo pasado el mundo cambió: las conquistas sociales y políticas que se produjeron tras la derrota del fascismo comenzaron a ser desmotadas lenta e inexorablemente. El estado de bienestar social hace rato que agoniza en ambos lados del Atlántico. Otro hecho lo acompañó: la sobredimensión de una élite económica (el 1%) que ahora es dueña de más de la mitad de la riqueza del planeta y, por añadidura, está oligarquía neoliberal no tiene patria, es global. Ello explica el resurgimiento de un ultranacionalismo en Europa y EEUU desde las entrañas de los poderosos y ricos disgustados por un mundo predica bienestar y cosecha desencantos populares.

En América Latina, después de la década perdida del siglo pasado, tuvo en Chávez un dirigente que logró capitalizar en Venezuela la crisis social que acompañó al neoliberalismo de visos neocoloniales.  Esta historia ya la conocemos: el país vivió nuevamente momentos de gloria política en el continente al convertirse en referencia política de cómo es posible derrotar al neoliberalismo global.  Así como existió un “caracazo” un tanto espontáneo, el chavismo canalizó el descontento de los “invisibilizados”.  No se podrá entender la historia de la región sin valorar suficientemente los aportes de Hugo Chávez a la creación de los hemos llamado “la izquierda progresista” como etiqueta que esconde concepciones divergentes.

Sabemos que no todo fue como se soñó, pero tampoco todo debería ser como antes.  Por allí anda Pepe Mujica predicando que dejemos de llorar y sigamos peleando por consolidar, defender y ampliar nuevos espacios de democracia, participación, organización popular y justicia social.  La lucha no se detuvo porque algunos fracasaron desde gobiernos que no practican la política como devoción, como ha afirmado en más de una ocasión al evaluar los lunares de este tipo de gobierno en la región.

Entonces, no puede Trump representar algo parecido a Chávez cuando habla rescatar a la “gente que ha sido dejada a un lado”.  Los norteamericanos que soñaron con mejores condiciones de vida, tarde o temprano, entenderán que los hombres no podemos hacer retroceder el reloj de la historia hasta los años cincuenta.  Ningún Presidente (norteamericano o europeo) tiene tal poder sobrenatural y “relanzar un capitalismo nacional” no tiene sentido ni futuro.  

La élite poderosa que gobierna al mundo globalizado no ha tenido compasión por opciones anti neoliberales como la nuestra (aunque muchos chavistas corruptos e ineficientes les allanen el camino del retorno).  Trump tendrá que elegir entre gobernar para los que le votaron esperanzados por un cambio que nunca llegará o, como Obama, abdicará ante el poder real para sobrevivir.  No me lo digan, ya lo sé, Trump no es Chávez ni pretende serlo. Es su opuesto social e ideológico. Pero, por si acaso, me cubro las espaldas: la vida te da sorpresas, como dice la canción.  En la vida y en la política, dos y dos no siempre son cuatro.



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Nelson Suárez

Docente/Investigador Independiente (Literaratura, Ciencia, Tecnología y Sociedad)

 suarez.nelson2@gmail.com

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