Las cicatrices de la guerra no se borran

 

Cuando se ha estado en la guerra la memoria queda marcada para toda la vida. Los recuerdos se convierten en fantasmas que no desaparecen; solo se borran con la muerte, cuando la piel se transforma en polvo siguiendo esa afirmación bíblica, según la cual de la tierra fuimos moldeados y a ella hemos de retornar (Génesis, libro primero).

Las cicatrices de las guerras no desaparecen; son tan reales como el aforismo que nos enseña que nadie gana una guerra aun ganándola. El que quiere guerra debe pensar bien lo que ella significa. Hay que tener claro que a ella no debe llegarse por el mero esnobismo de aparecer en las pantallas de la tele. Cual muchacho tonto. Para vanagloriarse de haber matado sin saber a quién. Para alimentar vanidades. Para henchir el pecho por hazañas que finalmente son banderas que se izan a favor de conquistas ajenas. Y luego hacer el triste papel de observar a través de los cristales de una ventana desde afuera: vitrinas abarrotadas de baratijas o mesas de platos rebosantes de variados sabores y exclamar: «¡Qué bien se vive en mi país!», mientras tus pies se congelan del frío porque los zapatos que calzas están rotos.

«¡Ah! Por eso luché y lancé piedras y puse guayas para que se decapitaran esos que solo piensan que toda la gente tenga acceso a la educación, a los servicios médicos, a la alimentación…

Aquí está mi triunfo, helo aquí. ¡Qué bien se vive en mi país!».

Luego mirar con disimulo hacia abajo y allí está tu éxito, tu incansable chateo, a toda hora. Ese lenguaje soez y escatológico del cual hacías gala. Y esas raída chaqueta que llevas ahora producto de un atraco o quién sabe su origen…

¡Qué bien se vive en mi país!

¡Jugar a las travesuras solo conduce al caos! Y jugar al gatillo alegre no lo premia la humanidad ahora ni nunca. No es ninguna obra maestra producir crímenes; ya lo hiciste y te pudiste escabullir, pero quizá ahora no corras con la misma suerte y quedes inválido, necesitado de ayuda para desplazarte, dando lástima o en calabozo por mucho tiempo. Matar a seres inocentes, ancianos y niños; jugar a las travesuras conduce al vacío; y producir crímenes no es ninguna obra maestra que ha de ser exaltada en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ni te conducirá a los escenarios gloriosos de la Academia Sueca. No, muchachito; no, muchachita: las cosas no son así.

Sí en algo nos pueden ilustrar los vietnamitas, víctimas de tantas guerras, es el fruto de sus vivencias adquiridas entre el fuego de los cañones. Ellos poseen un pasado distinto al de otros lugares y advierten que jurungar al animal sin conocer su reacción constituye un riesgo nada recomendable.

A veces «no sabes lo que es meter un avispero dentro de las mangas de tu camisa». Es una expresión de su imaginario colectivo para estos casos.

¡Cuidado, muchachos! El mercenario es perverso y despreciable; infame.

En el libro Aquellos días de la meseta Occidental, de reciente publicación, el médico militar Le Cao Dai cuenta los sacrificios por los que atraviesa un guerrero, cualquiera sea su posición. Y el prologuista de la obra, el general del ejército vietnamita Hoang Minh Thao, dice que un médico en la guerra no solo se dedica a proveer salud sino que debe saber de todo y estar preparado para cualquier eventualidad.

Señala que un médico es un soldado más; debe estar presto para abandonar el bisturí en el pabellón de campaña y tomar una pala para excavar trincheras, usar el azadón para remover la tierra y cultivar legumbres y tubérculos alimenticios; tiene que saber que en cualquier momento hay que combatir y en otro tomar la pluma para redactar un informe.

De tal manera que no se trata de una travesura de adolescente como muchos creen, animados por las fiestas de ciertas cámaras de televisión que promocionan las imágenes de estos ilusos «valientes» como los «muchachos» de las películas. No, por ahí no va la cuestión.

De grata recordación, hoy, entre los exalumnos del Instituto San Pablo de Caracas, tiempo ha, aparece la figura del profesor Alfonzo, subdirector del colegio de inolvidables momentos, quien respondía a los sancionados excluidos del disfrute del fin de semana, cuando estos solicitaban reconsideración de la pena:

—¡No, bachiller. Preso es preso...!

Como significativo ejemplo de arrojo y valentía, la historia contemporánea cita la figura insigne Nelson Mandela, líder indiscutible contra la segregación racial (noble causa), quien purgó prisión, en horribles condiciones y tortura, por su misión anti-apartheid. El mundo reconoció su proeza en la ONU, que exaltó tales méritos, y la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de la Paz. Ese premio si fue bien merecido.

Otro caso digno de mencionar es el del expresidente de Uruguay, José "pepe" Mujica, el viejo caudillo tupamaro que purgó quince años de su vida en prisión (1972-1985) no solo como reo por su activismo revolucionario —de verdad— sino que resistió torturas tan aberrantes en las celdas del gobierno de su país, que en un momento tales salvajismos le hicieron perder la razón.

Ahí están los centenares de presos políticos venezolanos que fueron asesinados; muchos de ellos lanzados desde aviones en las montañas y dados por desaparecidos sin que sus familiares tuviesen alguna noticia sobre ellos; una lista con numerosos nombres echados al olvido enarbolan los gobiernos de la otrora Cuarta República. Combatientes verdaderos que no pueden llamarse muertos, como ha dicho en su canto Alí Primera.

Ay, disculpa lector o lectora: la idea de este artículo era referirme a la obra de Le Cao Dai, Aquellos días en la meseta Occidental, que ha sido traducida al español y publicada por la editorial The Gioi (Mundo, en vietnamita). Leamos el siguiente párrafo sobre las experiencias de este médico guerrillero, tomado de la página 104:

«En el puesto 3 operé a un jefe militar que había sido herido en la pantorrilla. La sala de operaciones era rudimentaria. Construida con bambú, estaba cubierta de tela blanca en las paredes y techo. Una inyección intravenosa para la anestesia y comencé a operar a la luz de un faro de bicicleta. El herido había perdido mucha sangre, y estaba pálido. Después de quitar la llaga de coágulos y pus que la tapaba, encontré la arteria cortada…».

En la página 199, Dai, cuenta su experiencia en medio de una fiebre de la cual pensó que era su fin...

«Vivía como en una leyenda, una mezcla de tristeza y alegría, de llantos y risas. Mis colegas se inquietaron y me trasladaron al hospital; yo pensaba que iban a enterrarme. Le pregunté muchas veces si yo era Dios o Lac. Estaba acostado en una hamaca, pero me parecía estar en un ataúd. Después, de repente, una sombra me cubrió. Me hundí en un abismo de calma y profundidad. No escuchaba los aviones que rugían, ni las explosiones lejanas de las bombas, ni los cuchicheos a mi cabecera. La sombra y el silencio lo cubrieron todo…».

En la página 308, este apasionante libro nos narra:

«Al cabo de seis días de camino, llegamos a la estación 75, la última de la línea 559; ella dependía de la zona de la provincia laosiana de Attopeu.

»El tiempo era diferente al lugar del que proveníamos. Hacía frío en la mañana y se requería suéter y chaqueta. Pero cuando se caminaba un rato, el cuerpo se calentaba y nos desprendíamos primero de la chaqueta, y luego del suéter. A mediodía, nos quitábamos la camisa, dejando el torso desnudo y, entre hombres, no conservábamos más que los calzoncillos. En la tarde había que volverse a poner la camisa, y después el suéter. Las noches eran muy frías; era necesario cubrirse con todo y permanecer en la hamaca con toldo y mosquitero, pero aun así se sentía frío. A las tres de la madrugada, teníamos que levantarnos para calentarnos al fuego. En el espacio de un solo día, conocíamos las cuatro estaciones…

»En el camino, escuché por la radio que el 6 de febrero el enemigo había lanzado una gran ofensiva en la carretera 9, con más de 30 mil hombres…».

Estas eran las luchas de un pueblo decidido a arriesgarlo todo por el único propósito de preservar su independencia. Aquí en Vietnam, en tres guerras, murieron millones de vietnamitas e invasores colonialistas extranjeros a sueldo, remunerados como el que va a una empresa a cumplir su faena laboral; igual que lo hacen muchos ahora en otras partes.

Y aun habiendo ganado las guerras contra las potencias imperiales: Japón, Francia y Estados Unidos, los vietnamitas no quisieran repetir esas experiencias. Todos guardan luto en sus corazones por algún familiar muerto; por una cicatriz imborrable.



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Nelson Rodríguez A

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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