Entre Giordani y Hector Navarro

Es posible que no haya en el novel trajinar de la revolución venezolana ningún líder entre sus altos cuadros políticos, que sobrepase la estatura moral y de brillante honestidad como la que exhiben los fraternos camaradas Giordani y Hector Navarro. Llorosa e impotente una empleada media del despacho que Giordani dirigía hasta hace poco, comentaba consternada que “El Monje rechazaba desde su oficina cualquier regalito que algún visitante le traía, no sin antes expresarle con didáctica y cordialidad sus posiciones al respecto y prestarle sin reservas la mayor de la atenciones”.

Muchas también debieron haber sido las situaciones similares que pudieron presentársele a Héctor Navarro, dado el torrencial de audiencias que pudo haber sostenido en los despachos que dirigió. Porque Navarro y Giordani en el marco de la revolución no son cualquier cosa. Son la expresión genuina del elemento más preciado que una revolución socialista debe preservar, la honestidad al ejercer el gobierno y el combate a la corrupción cada vez que se presente. Y todo indica que allí está el meollo de las últimas acometidas públicas de tan relevantes ciudadanos.

Que ambos planteen el reguero de dineros públicos que algunos vivarachos vestidos de rojo, recogieron para sus alforjas personales sin que haya hasta hoy algún pronunciamiento oficial que señale a los bandidos, no es una coincidencia rebuscada. Es eso, la concurrencia lógica de un análisis unidireccional en un pensamiento, que busca el camino de adecentar las avenidas tortuosas de la revolución. Cualquier racionalidad humana observa clarito eso. Y cualquier racionalidad humana cuestionaría el desacierto de algún liderazgo de la revolución que omita tales preceptos.

Esa conseja cuartarepublicana de “lavar los trapos sucios en casa” fue precisamente lo que derrumbó ese sistema de gobierno que poseyó la patria por largos tiempos de indignidad. Porque eso, es una circunstancia de cobardía que se presta a la complicidad. La revolución no tiene que temer a la crítica de sus más connotados liderazgos, más bien tiene que atenderlo y asumirlo como nutrimento a sus propias debilidades. Pero parece que no. Los pronunciamientos críticos de Giordani y Navarro no están siendo valorados por el alto gobierno revolucionario con la exactitud de sus propósitos.

No es el ego ni la traición, el motor que los orienta. Vaya calamitosa interpretación. Porque es, nada más y nada menos que una casi desesperada exclamación que busca reorientar los timones de la revolución a unos logros originarios que al parecer, han iniciado el proceso de quebrantamiento.



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Neri La Cruz


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