Los números (acerca del problema de la gasolina)

Desde el comienzo la cosa pintaba mal. Nadie mejor que el Generalísimo Francisco de Miranda con sus históricas palabras para definirlo: "¡Bochinche, bochinche!, ¡Esta gente no sabe hacer si no bochinche!". Y tal como en el libro cuarto del pentateuco bíblico, en donde se cuenta como Jehová le ordenó a Moisés, que mientras éste atravesaba con su pueblo el desierto del Sinaí efectuara un censo (Los Números, capítulo 1, versículo 1:2) -y aunque suene a arenga evangélica-, este hecho me llegó a la mente en esos momentos, después de haber pasado una semana entera esperando pacientemente, no que va, ¡estoicamente!, para colocar combustible.

Luego de que se hiciera una larga y tortuosa cola, hubo como siempre alguna especie de Moisés que acudiendo al llamado divino se empeñó en realizar un tipo de censo, un registro numerado de los vehículos que en larga sucesión se decidían a permanecer calmados a que la anhelada unidad con combustible hiciera su aparición en el horizonte para proceder a abastecer de combustible a nuestros respectivos vehículos.

Podríamos escribir un largo texto titulado "Crónicas de las colas crónicas", contando las innumerables peripecias que se observan o se viven en estas desacostumbradas (hasta ahora) agrupaciones humanas, pero eso quedará para otra ocasión porque esto va como la propia espera, para largo.

Así como a Pancho Miranda -nuestro Prócer protoindependentista-, le preocupaba el relajo en el cual vivían sus contemporáneos, al observar el despelote de la cola me puse de pendejo a hacerle caso al Generalísimo que, reverberaba en mi cabeza diciéndome: ¡Chamo, "El verdadero carácter de un patriota consiste en ser obediente a las leyes de su país y miembro útil de la sociedad a la que pertenece"!.

Pues entonces tomé la decisión de, respetando nuestro ordenamiento legal y tratando de ser un integrante servicial y provechoso para la colectividad, colaborar con el Moisés de turno para intentar ordenar un poco la pea y efectuar un registro lo más pulcro posible en el que se respetara el orden de llegada -y la permanencia- a la para ese momento ya ciclópea hilera de vehículos.

El primer número que se marcó en el parabrisas de mi auto con un Griffin blanco que salió como de la chistera de un mago en medio de aquel montarrascal infecto, desbordado de basura, de cadáveres de animales putrefactos y de alimañas carroñeras en el cual se ha convertido el otrora idílico paisaje de "La Hechicera" (ubicado al norte de la ciudad de Mérida, cerquita de dos sitios emblemáticamente turísticos como lo son "Los Chorros de Milla" y el "Jardín Botánico de Mérida"), fue el 525. Pero realmente luego de verificar que cada uno de los números correspondiera a un auto estacionado en el sitio y no como pretendían algunos apropiarse de tres, cuatro, cinco números para la prima, la hermana, la mamá, el cuñado o el hijo ausentes, terminé con otro dígito impreso en el vidrio, esta vez el 374.

Pero, aunque suene sencilla la operación, ésta no estuvo exenta de innumerables y amargas batallas. ¡Cuán lejana se veía la antigua Canaán! Fueron jornadas intensas por el desierto entre las dunas del egoísmo, la codicia, la avidez y la usura.

Ese domingo que comenzamos a formarnos. Efectivamente llegó una gandola que descargó su contenido en una estación de servicio que, paradójicamente, se denomina "El Retorno" y la singularidad del nombrecito radica en dos cuestiones: A. Allí no se devuelve nadie, pues queda en la esquina de una intersección de dos grandes avenidas y B. Porque una vez pasados por este brete, les aseguro que nadie en su sano juicio pensará en volver a ese lugar.

Si, ciertamente llegó una cisterna aprovisionada de gasolina, de esas que dicen en un costado "Capacidad 36.000 lts". Tan lejos estábamos de la estación de servicio que lo único que nos conectaba con la realidad eran las habladurías y chismes que se regaban con la misma confiabilidad que merece el mensaje que llega a nuestros oídos al final del juego de pasarse la información de boca a oreja o las murmuraciones por radio-bemba. Que si iban a colocar solamente 40 litros por vehículo. Que si había una hilera de "enchufados", que si había otra formación de "empleados públicos", que si había prioridad para los organismos oficiales (tenía lógica esta vaina: ambulancias, bomberos, policías, ¡de pinga!), que si los Tupamaros estaban metiendo la mano… Lo único que jugaba a nuestro favor, o que al menos mantenía encendida la esperanza de abastecer de combustible nuestros vehículos eran las matemáticas.

Considerando que el flete es lo que realmente encarece el costo de los hidrocarburos venezolanos que son literalmente regalados (dicen por ahí que el contenido de una cisterna equivale actualmente al valor de un huevo en soberanos), lo lógico en la economía capitalista es que se le saque el máximo de ganancia a la inversión y que por ende traigan hasta los tequeteques de combustible cada unidad que tenga como destino una estación de servicio, que dicho sea de paso es una concesión que el Estado le otorga a un particular para que opere dicho establecimiento en las mejores condiciones posibles (proveyendo a sus clientes de baños limpios, agua, aire para los neumáticos, regulador de presión, planta eléctrica para seguir trabajando cuando ocurra un apagón, etcétera. Sonrisa socarrona). Bien, partimos entonces de la certeza del volumen inicial (36.000 litros) y de la hipótesis que colocarían 40 litros por vehículo. Pues entonces si usted hipotéticamente tuviera dónde almacenar el contenido de una gandola de combustible, podría abastecer a su vehículo durante unos 17 años colocando esa cantidad semanal (36.000 lts/40 lts x semana = 900 semanas y como el año tiene 52 de ellas), o habría suficiente gasolina para surtir entonces a más de 900 unidades, y digo más porque en esto de las colas juega un papel muy importante el nerviosismo y muchos de los automóviles que se encontraban aparcados tenían aún medio tanque o más disponible, pero la inercia de la desconfianza les llevaba a sus conductores a exponerse a un sinfín de calamidades con tal de tener "un tigre en el tanque".

En Venezuela las matemáticas no sirven para un carajo y la cola no se movió ni un ápice. René Descartes acudió en nuestro auxilio y comenzamos a poner en duda hasta la fiabilidad del lenguaje con el que Dios escribió el Universo. Los rumores se intensificaron. La culpa había sido de la gran cantidad de "enchufados" que se habían coleado. "Los guardias están haciendo su agosto y meten a quienes se bajan de la mula, hasta los martillan en dólares y en pesos colombianos". "El gobernador mandó a su gente y el Protector a los suyos". "Los tupamaros". "El dueño de la bomba". "Los motorizados, esos coños son una plaga, hasta tienen un grupo de Whats App que se llama ‘Gasolina sobre ruedas’ con el que bachaquean descaradamente la gasolina". Todo un arsenal de hipótesis, que sólo nos dejaban escepticismo y suspicacia.

Pasados otros cuatro días, el jueves para ser exactos llegó una nueva gandola de la cual no esperábamos nada. Cuatro noches durmiendo dentro de un carro, aguantando el frío inclemente y los aguaceros portentosos que trajo consigo la primera onda tropical de la temporada; con las bolas de corbata cada vez que escuchábamos pasar a un motorizado y aguantándonos las ingentes dosis de "reggaetón con ganas" que nos suministraban los chamos que -a todo lo que daba el equipo de sonido de su "Corsita" blanco-, mantenían un eterno mano a mano con "Los 50 de Joselito" del señor de un 350 negro que transporta verduras desde el páramo para Caracas.

¡No joda! Llegó nuevamente la noche ese jueves y en el siguiente recuento surgió un nuevo número en mi parabrisas, esta vez un esperanzador 71 con un asterisco de lo más cuchi que era como la certificación de autenticidad del mismo. Quedaría en veremos para la próxima jornada. La excusa: la cisterna sólo trajo la mitad de la carga. La verdadera razón: el despelote que hubo en la gasolinera producto del tráfico de influencias, del compadrazgo, el matraqueo, el desmadre… La consecuencia: Otros tres días con sus noches desperdiciados haciendo una cola sin sentido. El corolario: ¿Quién te manda de pendejo a estar creyendo en pajaritos preñados?. Pero me consolaba Miranda fortaleciendo mis principios con sus palabras: "Nunca reconoceremos por gobierno legítimo de nuestra patria, sino aquel que sea elegido por la libre y espontánea voluntad del pueblo…"

Como tanto se habla del pueblo organizado, del poder popular y de cualquier cantidad de pajas retóricas, decidimos los vecinos de penurias, fortificar nuestras desdichas efectuando una asamblea con todos los que habíamos quedado remanentes del naufragio de la última cisterna de gasolina e instituyendo unos tickets numerados, nos confiamos a la buena voluntad de la gente y a la honorabilidad de la palabra de las personas, de que conservaríamos los lugares que la fatalidad había destinado para cada uno de nosotros y que nos retiráramos a nuestras respectivas casas ¡Coño, a por fin descansar, comer y cagar!

Bajó una comisión de nosotros hasta la estación de servicio y se le hizo entrega formal al militar de más alto rango que allí se encontraba de un acta en donde se reflejaban los acuerdos a los que se había llegado en la "Asamblea de Usuarios" y a la que se le anexaba un listado con el censo de los automóviles (nombre del propietario, marca del vehículo, modelo, placa y color. Priorizamos a embarazadas, damas lactantes, discapacitados y ancianos) que por antigüedad merecían ser atendidos en aras de conservar la fe de sus propietarios, que en buena lid se habían ganado unos cuantos escalones en su ascenso a las alturas o el mote de ¡Grandísimos güevones! con los que seguramente nos señalarían los oficiales, los "bomberos" y los dueños de la estación de servicio una vez les diéramos la espalda.

La próxima unidad con combustible llegaría el domingo. Ese esperanzador número 71 no me dio tregua en toda la madrugada. Despertaba a cada instante sudoroso y sobresaltado, ¡La pinga!, ¿y si no respetan la vaina?, ¡mejor dejo la flojera y me voy a hacer mi cola!. A eso de las cinco de la madrugada salí a mi encuentro con la columna.

No más enfilar por la avenida me di cuenta del desastre. ¡Qué palabra, ni que caballeros, ni que carajos!, ¡La escena era un desmadre! Una inmensa doble fila de vehículos estacionados se extendía hacia Santa Rosa. La más cercana a la acera conformada por pájaros madrugadores que, bien "dateados", se adelantaron a los "ciudadanos organizados" y como decía el Príncipe Alí Khan cuando narraba las carreras de caballos: "¡se colaron por la baranda!". A su lado una hilera de personas iracundas, reclamando airadas respeto a los acuerdos a los que se había llegado con anterioridad.

Amaneció, y con la gélida mañana llegaron también las primeras diligencias para conservar la numeración existente. En la bomba, caras de "policías de Valera" hacían juego con el verde oliva de los uniformes militares. En el patio de descarga de la estación de servicio (en donde por cierto funciona una panadería, ¿No está prohibido ese tipo de establecimientos aledaños a un despacho de combustible?, no sé digo yo por aquello de la contaminación…) no había menos de sesenta carros acomodados esperando para abastecerse antes que todos los demás mortales. Evidentemente eran parte de la cuota correspondiente al "operario" de la estación (¡que no es el dueño, el dueño es el Estado venezolano!) y en el canal de subida de la avenida, otra cola de vehículos que evidentemente "cazando güires", esperaban por cualquier oportunidad que se les presentase para colearse.

Jamás había visto yo tantas unidades de los dos servicios públicos más ineficientes en la actualidad, ordenados como para un desfile. Decenas de camionetas blancas con los rótulos de CANTV y CORPOELEC en sus puertas formaban una inmensa serpiente albina que se prolongaba avenida "Los Próceres" abajo. Daba risa la vaina, pero increíblemente había vehículos que llevando quien sabe cuánto tiempo descompuestos, eran remolcados por otros de la misma compañía para llevarlos a cargar gasolina. Hasta las telarañas en las esquinas de las puertas y el moho sobre la pintura les delataba la intención velada, ¿Qué hace un carro descompuesto con el tanque full?, ¿Será que cómo se comenta por ahí, al llegar a la compañía le extraen el combustible y luego lo revenden a precios exorbitantes?.

Pasó toda la mañana entre rumores de: "¡ya viene la gandola!", "¡Está saliendo del kilómetro 15!", "¡Ya la vieron pasar por El Vigía!", ¡Está retenida por un derrumbe que hubo en los túneles!", "¡Una poblada la interceptó en El Anís!". "¡Viene subiendo por Las González!", "¡Los vecinos arrechos porque tiene más de una semana esperando la desviaron para la bomba ‘Los Higuerones’!".

Se hizo la tarde y las esperanzas se diluían entre la neblina que envolvía la cola. Aparecieron los Tupamaros. Jamás había visto a esos carajos. Para mí (ya lo había escrito en artículos anteriores) hasta ese momento habían sido como el Hada de los dientes, el Ratoncito Pérez, El Silbón o La Sayona, personajes de las fábulas con las que entretienes o asustas a las personas para mantenerlas distraídas o temerosas. Pero no, los tipos si existen y son una banda de muchachos la mayoría leptosómicos, de mejillas famélicas y ojos hundidos, liderados por el más "alzao" de todos, un gordito panzoncito que con calé malandro se dirigía a la gente en tono amenazante. A pesar de lo maloso e intimidante que aparentaba ser el personaje, éste respondía como perrito caniche a la sola presencia de un flaco de blancura mortecina y barba poblada que, según alguien mencionó en susurros, era el verdadero líder y que además era diputado.

Sin embargo, ese final de la tarde del domingo, los "tupas" fueron como las hordas de Luzbel, como el tropel de los ángeles caídos, que desataron su ira contra los que habían desatendido los acuerdos de la asamblea popular y bajo la sutil amenaza de volverles mierda sus vehículos hicieron que todos los que no estaban numerados se retiraran. La calle quedó tranquila. La gandola llegó después. Los ángeles del infierno se retiraron, desparecieron de pronto tal y como habían llegado, envueltos en una nube de humo azulado con olor a aceite dos tiempos y el rugido agónico de sus respectivas moticos Vera que, por más flacos que fueran sus tripulantes, debían pujar avenida arriba con dos de ellos para llevarlos a su cuartel general, una especie de guarida de Alí Babá que eufemísticamente se conoce con el glorioso nombre de Residencias Domingo Salazar.

Llegó la noche y el número 71 no había cambiado de posición en el espacio. El guiso en torno al suministro de la gasolina me estalló con todas sus refulgencias en la propia cara. Nuestros ángeles protectores de la tarde, como si se tratara de Gremlins después de comer a medianoche, se transformaron en unos bichos terribles que se enseñoreaban sobre los guardias nacionales y sobre el resto de las personas. Ellos imponían la ley, ¡su ley!. Cinco carros de la cola, diez de los "de ellos" y esto con la anuencia de los guardias nacionales que haciéndose los locos permitían ese caos. Obviamente los "de ellos" no eran "de ellos" sino de cualquier cristiano que "pagano" al fin, lograba hacerse de combustible "por un puñado de dólares".

Total que el número 71 ya medio borrado por la lluvia llegó a la Tierra Prometida, finalmente ingresó a la estación de servicio pasada la media noche y gracias a la gentileza de una chica que estaba coordinando las acciones dentro de la bomba, previa lloradita y despliegue de mi famosa sonrisa Colt 45 cañón largo logré poner full el tanque de mi vehículo. Y escuché en mi pensamiento un: ¡te lo dije man, "El tamaño de tu éxito será del tamaño de tu esfuerzo"!. No mandé a callar a Miranda por el respeto que le tengo, pero ganas no me faltaron.

Ahora las mentes más "brillantes" del equipo gubernamental han propuesto distribuir el combustible empleando para su entrega el número final de las placas, según ellos indican los días lunes, miércoles y viernes les correspondería a los terminales 2, 4, 6, 8 y 0, mientras que a los números 1, 3, 5, 7 y 9 les tocaría colocar gasolina los martes, jueves y sábados. Estas lumbreras parecen ignorar dos insignificantes sutilezas: 1. Que en éste nuestro golpeado y adolorido país, cabalgan al menos tres tipos distintos de placas vehiculares y de ellas al menos una termina en letras y no en dígitos (las más nuevas) y 2. Que esa disposición solamente daría resultado sí y sólo sí hubiese un suministro constante y suficiente de combustible pero, como lo hemos vivido en carne propia todos los que no estamos apadrinados por alguien pesado, si usted ingenuamente llega supongamos el martes a colocar gasolina y ese día no llega la cisterna, ¿Tendrá que retirarse deprimido y humillado o les dirá a los que les corresponda echar el día miércoles que se aguanten que por mucho que lo diga el cronograma usted ya no tiene ni los vapores de la gasolina en el tanque para llegar hasta su casa y que tiene que permanecer allí hasta que resuelva su problema?. Ya esa modalidad la instauraron en el Táchira y no dio resultados, al igual que la implementación del chip, puesto que gran parte del problema está en el desvío del combustible hacia la frontera o como ahora sucede para el bachaqueo y el chanchullo.

No importa lo que diga el ministro Quevedo -mientras estrena su braga naranja con el logo de PDVSA-, el suministro irregular de combustible trae como consecuencia además de desmotivación, una exorbitante cantidad de horas-hombre dilapidadas inútilmente, por individuos que guarecidos en vano dentro de sus respectivos automóviles, confían sus vidas a la hipotética seguridad que les brindan unas láminas de vidrio. Por más que David Paravisini asegure que alguien dentro de la industria le dijo que combustible hay por coñazo y que el problema sólo se presentaba en el cabotaje del mismo hacia occidente, juro por lo más sagrado que no vuelvo a pasar por una de esas humillantes colas. Me sumaré a los parados por ausencia de energéticos, pues para pagar los pasajes del transporte público y poder alimentar a la familia, los números nos siguen fallando.

 



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Carlos Pérez Mujica


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