Venezuela: ¿la posible derrota definitiva del socialismo? Un “Mea Culpa”

Leyendo estos días a Daniel Bensaid, ese gran trotskista heterodoxo, nos encontramos con esta interesante reflexión sobre la revolución que en algún momento escribió el propio Marx: "quiénes rechazan la realidad de la derrota buscan atajos y quieren forzar las cosas cuando la oportunidad ha pasado...".

Y agregamos: una oportunidad perdida pero también contradictoria pues para ser honestos algo nos dice, en nuestro interior, que si la revolución bolivariana hubiese sido dirigida por una experta dirección al estilo bolchevique el resultado del devenir no hubiera sido muy distinto al que estamos viendo hoy.

Y es que la capacidad subjetiva de maniobra tanto de un individuo en particular (en su vida diaria) como de una dirección colectiva en el plano político está condicionada por un espacio y un tiempo histórico. Que no ha sido elegido a capricho ni por el individuo ni por el colectivo, como también advertía Marx (1852) en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte y que algunos marxistas olvidan con mucha frecuencia para exagerar el componente subjetivista como reacción al estructuralismo hegeliano de los marxismos ortodoxos tanto de la Segunda Internacional como luego del estalinismo.

Aquellos que hablaban por un lado de la inevitabilidad del socialismo vía reformas ( ya vemos en qué acabó el Psoe) y por el otro a la inevitabilidad del comunismo por la dialéctica de las negaciones. Las cuales llevarían por sí solas, tras la crisis catastrófica del sistema capitalista, a transformar la relación capital/ trabajo, que al liberarse el potencial de las fuerzas productivas encorsetadas por las relaciones de propiedad capitalistas, permitiría socializar la riqueza y abandonar, ahora sí, la prehistoria humana.

Y es que Marx dejó una losa teórica para ser interpretada como más nos guste en función de nuestros intereses. Al final es la realidad (ontología) la que pone todo en su sitio.

El desenlace actual del país más rico de Latinoamérica no estaba escrito hace 10, 12 o 15 años (aunque ya existía una tendencia clara en ese sentido) y el gobierno de Chávez resistía continuamente los envites de la derecha que no soportaba los

controles y las reformas que apuntaban siempre a una mejor distribución social de la renta petrolera. Nada se le puede reprochar a Chávez desde ese punto de vista distribuidor.

Pero la revolución socialista era otra cosa bien distinta. Era transformar las relaciones de producción poniendo el acento en la nacionalización de la economía bajo el control democrático de los propios trabajadores y también establecer la nueva estructura del estado comunal que pretendía sustituir al estado burgués rentístico y extractivista.

La burocracia no tendría participación alguna al estar gestionado (el Estado) por las bases y los trabajadores conforme se precisaba en el Estado y la Revolución de Lenin (1917) superando así el legado y la posterior deformación estalinista.

De ahí el contenido esperanzador de la propuesta del Socialismo del XXI que en el fondo, a pesar de las asesorías de algunos post modernistas que al final fueron las que prevalecieron, pregúntenle a Monedero, intentaba retomar las ideas democráticas del marxismo original pervertidas por el estalinismo.

Nosotros estuvimos allí. Sí, donde se forjaba una vez más la utopía con la ilusión de que todo acabara bien y por fin la historia le diera la "razón" a los marxistas.

La burocracia se sentía amenazada tanto por la derecha, la oligarquía y sus aliados, como por la izquierda: clase obrera industrial en lucha por las ocupaciones de fábrica, movimiento campesino en lucha por la propiedad de la tierra, las bases más conscientes de los consejos comunales que reclamaban poder de decisión y por supuesto temían a los marxistas críticos, aquellos que no dejaban pasar ni una.

Chávez no supo combatir a su propia burocracia instituida, por muchos discursos radicales que pronunciara y documentos escritos como el famoso Golpe de Timón (2012), que fue fortaleciéndose (la burocracia) y adquiriendo cada vez más autonomía con la sempiterna excusa de la necesidad de ganar y organizar las sucesivas elecciones como única estrategia posible de continuidad en el poder.

Algunos marxistas decíamos que, qué sentido tenía tratar de mantenerse en el poder si la revolución no avanzaba un miligramo, (más allá de las misiones asistenciales que catalogaban demagógicamente como socialistas), por el freno burocrático y también por el propio centrismo de Chávez.

Y advertíamos de la muerte lenta de un proceso que degeneraba cada día más, aunque a saltos, perdiéndose con ello la oportunidad histórica a la que aludía Bensaid, de iniciar un nuevo intento de transición socialista en el siglo XXI, más democrático e inspirador que el estaliniano.

Los recortes del neoliberalismo en el mundo (con el efecto del arranque de un ciclo de luchas en A. Latina) y la posterior crisis capitalista permitían a Venezuela intentar dicha aventura con no pocos apoyos internacionales tanto de gobiernos como de movimientos sociales.

Allí estábamos aportando nuestro granito de arena, desde una posición crítica y al mismo tiempo entrista imbuido del trotskismo más ortodoxo. Desde la corriente en la que militábamos, que por respeto preferimos no mencionar, se catalogaba a Chávez como un "centrista", es decir, un líder que se balanceaba entre la reforma y la revolución.

Sin entrar en debate sobre dicha apreciación, había elementos en sus acciones y en su discurso que permitían la definición. No obstante, lo que interesaba era poder practicar el entrismo como estrategia política dentro del movimiento y del PSUV. Sí, porque para nuestra corriente, el entrismo en un partido de masas policlasista y populista no era una táctica, como dijera Trotsky en los años treinta, sino una estrategia per se bajo la consigna "hay que estar donde estén las masas", "fuera no hay nada" "solo las sectas profetizando".

Otras organizaciones herederas del legado de Nahual Moreno, dirigente latinoamericano (argentino) de la Cuarta Internacional durante décadas, también hacían lo mismo a excepción de una corriente, la del famoso sindicalista Orlando Chirinos, hoy PSL, que era señalada de sectaria y puritana por separarse del movimiento político chavista que efectivamente en esos momentos (del 2002 al 2012 aproximadamente) era masivo y hegemónico.

Hoy alguien podría decir y con cierto nivel de razón que ellos (el Partido Socialismo y Libertad) estaban en lo correcto cuando criticaban duramente al chavismo de populista y militarista (bonapartismo clásico latinoamericano) a tenor de los posteriores acontecimientos.

Empero, otros también podrían sostener que había que intentar influir desde dentro pues el futuro dependía de los vaivenes de los acontecimientos históricos, a decir de Alan Badiou, y estos a su vez de las acciones de los seres humanos que para Ernesto Laclau no es más que el pueblo como totalidad abierta en un momento de contingencia hegemónica.

Otras organizaciones de origen hegemónicamente morenistas como Marea Socialista dejaron de practicar su entrismo luego de la muerte de Chávez, pasando a la oposición y responsabilizando exclusivamente al Presidente Maduro y a la dirección nacional del PSUV de la crisis.

Como si los dirigentes actuales no fueran en su mayoría los mismos y como si las políticas económicas basadas en los controles al capital, el discurso demagógico, la

corrupción y la descalificación permanente contra la oposición (escuálidos), no vinieran desde los tiempos de Chávez.

Otros, generalmente académicos que militaron en los 80 y 90 en organizaciones revolucionarias como Bandera Roja, el Movimiento al Socialismo, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Partido de la Revolución Venezolana, la Liga Socialista, y un largo etcétera, suelen coincidir en que el chavismo no tiene nada que ver con el socialismo. Que la revolución bolivariana no fue una revolución sino una pantomima populista y militarista más (para ellos no hay populismo de izquierdas ni de derechas) y que por tanto éste sigue siendo un proyecto (el socialismo) con buena reputación como relato alternativo para los actuales movimientos sociales y los nuevos partidos de izquierda como Podemos en España.

Pero en la práctica este discurso resulta ser muy difícil de sostener cuando el mismo Chávez fue quién retomó la idea a través de su propuesta del Socialismo del Siglo XXI auspiciando el apoyo y el debate de los movimientos sociales mundiales.

¿Cómo le explicas a la gente normal que no hubo revolución? ¿Qué el control de precios no es una política socialista? ¿O que la expropiación de empresas aisladas como Inveval, Invepal tampoco lo es? ¿O la nacionalización del Banco Santander- Venezuela? Para el sentido común de la personas corrientes eso son políticas socialistas y de muy poco valen los debates eruditos entre teóricos marxistas para desmentirlo.

Y es que el sentido común, a pesar de estar condicionado por los medios de comunicación que fungen en su mayoría, como dispositivos de alienación ideológica con alevosía, se basa también en el legado de las generaciones pasadas que vivieron en los tiempos del socialismo soviético y que quedaron en el imaginario colectivo.

Y eso es suficiente para que determinen que en Venezuela ( a excepción de nuestro "edecán" Rodríguez Zapatero) existe un régimen parecido donde se concentran los poderes, donde se expropia al capital (no decimos que sea negativo en determinado momento), donde se reprime al disidente, y donde el pueblo asalariado vive con raciones de alimentos mientras los dirigentes disfrutan igual que la burguesía, la antigua y la bolivariana, los manjares del poder.

Sí,nosotros apoyamos a Chávez y durante un tiempo limitado también a Maduro. Mea culpa.

Porque éramos y aún somos marxistas y se hablaba de revolución, de socialismo y habían marchas multitudinarias llenas de placer y regocijo anti imperialistas. ¿Quién podía resistirse a eso? Porque nos sentíamos leninistas, bolcheviques, y se podía hacer entrismo en el chavismo para crear esa fracción "infalible" que disputara la

dirección del movimiento a los reformistas y oportunistas de turno, a los demagogos y burócratas, para llevarlo (el movimiento de masas) por el camino correcto.

Y aquí viene la pregunta: ¿si aquello hubiera ocurrido, es decir, si la revolución dirigida por una tendencia marxista revolucionaria genuina hubiese decretado el socialismo cuando lo permitía la correlación de fuerzas, habría sido distinto el resultado al que hemos llegado con la crisis actual?

¿Acaso el bloqueo financiero no habría sido impuesto? ¿Acaso hubiéramos industrializado el país a tiempo para compensar el vacío de la huelga de capital y la debacle de los precios del petróleo? ¿Acaso hubiéramos controlado la hiperinflación? Acaso el 40 % de la población juvenil y no tan juvenil, no se hubiera marchado en forma de éxodo como está ocurriendo hoy? ¿Acaso hubiéramos evitado el hambre, la crisis hospitalaria y de medicinas?

Lo sabemos, responder a dichas preguntas es algo así como responder a la mayor de todas: ¿si Lenin no hubiera muerto en 1924, y con Trotsky a su lado, se pudiera haber evitado la degeneración burocrática y haber concretado el socialismo internacional a través de la estrategia de la revolución permanente?

Antes de una posible respuesta habría que preguntarse primero ¿Dónde está el límite al que aludíamos al principio entre las condiciones objetivas estructurales y la capacidad subjetiva de producir nuevas realidades sociales? Responderemos. Nadie lo sabe. De ahí los márgenes para la duda, para la política.

Sinceramente dudamos que el resultado hubiese sido muy distinto al actual porque el socialismo parece hoy una tarea más improbable que en tiempos de Lenin, que estamos a destiempo, y mucho más en un país sin base productiva real en el marco de la globalización y el total dominio del capital financiero. Poco puede hacerse desde la teoría clásica de la revolución permanente para saltar etapas en un contexto así.

Otros dirán que al menos hubiese sido una derrota mucho más honrosa y no lo que estamos viendo. Por supuesto, estamos de acuerdo. Se habría fracasado intentando hacer una verdadera revolución socialista para que como dijera Samuel Beckett: "Intentarlo de nuevo. Para fracasar otra vez. Para fracasar mejor." Quién sabe en qué hubiera terminado. Siempre permanecerá esa incógnita.

Pero el problema es la gente. No es como empecinarse en tratar de bajar de las 3 horas en un maratón. No se puede experimentar con los sentimientos y las necesidades de las personas como si se trataran de cobayas en un laboratorio.

En este sentido, si las vanguardias políticas tienen un sentido de existencia este debe ser precisamente el de saber graduar el movimiento objetivo de la lucha de

clases en pro de la gente, de las mayorías sociales, más allá de la obsesión de la toma del poder o de su mantenimiento, que puede convertirse en una gran espada de Damocles.

Venezuela fue la esperanza de millones de pobres y explotados en el mundo, y hoy no es más que la vergüenza de la izquierda política mundial. Una izquierda que no sabe adónde mirar cuando le preguntan por Venezuela, no vaya a ser que le salpiquen las heces al mirarse en el espejo. Como si la gente no supiera a estas alturas que Podemos lo financió el Presidente Chávez con las mejores intenciones, la de extender la revolución en Europa (pero para eso hacen falta cojones y la izquierda se los donó a los nacionalistas).

Aquella Europa avanzada, no por ser los más listos o los más bonitos sino por estar ubicada en unos de los centros mundiales de la tributación del plusvalor que nos llega desde afuera a través de la deslocalización de la cadena productiva y de la super explotación del ser humano "ajeno", y que luego, irónicamente regresa saltando fronteras o poniendo bombas.

Sí, nosotros participamos en la Revolución Bolivariana, con mucha ilusión y espíritu anticapitalista que aún hoy mantenemos a pesar del terrible espectáculo que estamos viendo. Porque el capitalismo no ofrece más que esquizofrenia competitiva, un sistema desestructurador de familias, y aniquilador del cuerpo del trabajador y del medio ambiente. Un sistema imposible de reformar porque pone al dinero, al puto dinero (disculpen la mala palabra), por encima de las personas. ¿Cuándo acabaremos con el dinero?

En definitiva, lo que estamos viendo es una crisis orquestada a fuego lento por la propia burocracia bolivariana que sacrificó conscientemente a su propio pueblo por los privilegios y las mieles del poder en nombre del socialismo. Y eso la historia nunca no lo perdonará. Maduro no será absuelto, de eso estamos seguros.

Nuestra tragedia personal radica ante todo en la imposibilidad de plantear una batalla seria a la burocracia, Mea Culpa. Para empezar nos faltó más compromiso individual en la lucha interna, más trabajo, más consciencia del momento histórico. También faltó más apoyo internacional de cuadros, que quizás no comprendieron la importancia simbólica que tenía el futuro de la revolución bolivariana para la misma causa emancipatoria general.

Faltó unidad interna de la izquierda revolucionaria que siguió y sigue estando infiltrada con ese famoso virus divisionista de la Cuarta. Ni hablar del colaboracionismo del partido comunista apoyando y teorizando sobre la supuesta "transición venezolana al socialismo" en el marco de la consolidación previa de la etapa de la "liberación nacional" como si se tuviera cien años de margen a favor.

La derrota duele mucho casi como perder a una hija y no poder recuperarla o tener a un hermano con problemas de adicción y no poder hacer nada para evitar su autodestrucción.

Sea por acción u omisión casi todos tenemos algún nivel de responsabilidad al haber dejado a la burocracia las riendas de un proceso que no es de ellos, ni siquiera de los venezolanos, sino de todos los que abogamos por otro sistema distinto al capitalismo, porque significaba el difícil y pesado reto de desenterrar al socialismo como alternativa. Chávez tuvo ese mérito. No se lo quitemos.

Sin embargo, no fue en balde estar allí, aprendimos algunas lecciones políticas que definen nuestra conclusión: no hay mejor estrategia revolucionaria en el siglo XXI que abogar por la radicalización permanente de la democracia en su sentido más constituyente concordando en esto con Toni Negri.

A través del consenso anti oligárquico de las mayorías, practicando la democracia, empujándola hacia adelante como un proyecto infinito de superación consciente de las condiciones del colectivo pero también como un presupuesto que no puede postergar su práctica misma. Sin descalificar al que piense distinto, y sin pretensiones vanguardistas, porque no existe eso de la infalibilidad de la dirección revolucionaria, es un mito, (que le pregunten a Trotsky y a Lenin por Kronstadt).

La derrota esperpéntica que estamos viendo no es solo del gobierno bolivariano, sino simbólicamente también de la izquierda política global, del socialismo y por defecto del marxismo. ¿Quién se atreverá ahora a levantar de nuevo la bandera del socialismo?

Asumemos la crisis del marxismo, no para desecharlo como le gustarían a algunos sino al contrario, para revitalizarlo y actualizarlo pues, a pesar de levantar la cabeza como efecto rebote de la crisis capitalista, nos tememos que seguirá estando por un tiempo indeterminado en "la línea maldita de la filosofía política" .

No obstante, la objetividad de la lucha de clases y las crisis cíclicas, están por encima de las derrotas y las depresiones subjetivas momentáneas, y lo hará renacer una y otra vez como el ave fénix, nos guste o no, y con él también el debate constituyente sobre el qué hacer, el cuándo, el qué, el cómo y el porqué.

Mea Culpa

 

*Doctor en Pensamiento Político e Investigador del Laboratorio de Ideas y Prácticas Políticas de la Universidad Pablo de Olavide.

 

edula7@hotmail.com



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