Reflexiones macondianas: La destrucción de PDVSA, ¿de quién es la traición?

 

"La peor forma de injusticia es la justicia simulada"

Platón.

 

Pasó de estar dentro las primeras tres primeras empresas mundiales en el manejo del negocio, según la revista Petroleum Intelligence Weekly, de ser una corporación de clase mundial con un desempeño basado en el trazado de excelencia y la marcación de calidad, de ser un referente mundial en cuanto a la aplicación de modelos gerenciales exitosos y profesionales, de ser un codiciado ambiente de trabajo para lo mejor de la intelectualidad técnica y profesional del país, de ser la garantía de vida de un país enquistado en una nefasta mentalidad rentista, y economía de puerto monoproductora, a ser una empresa al borde del colapso y de la ruina técnica y moral, a ser el fiel reflejo de una organización donde se ha aplicado inexorablemente el modelo ineficiente, corrupto e inepto del populismo de izquierda, llamado pomposamente en Venezuela: socialismo-populista; una empresa abandonada en masa por su capital humano profesional y una amenaza latente para la vida de millones de seres humanos que dependemos del 96% de las divisas que genera esta empresa para subsistir y que, de colapsar enteramente, provocaría una horrenda crisis humanitaria, de inusitadas proporciones con respecto a la que vivimos actualmente. Me refiero a PDVSA.

Tal como dijo el Libertador, "no se puede ser grande impunemente". La gallinita de los huevos de oro, la empresa exitosa y productiva, el modelo de gestión exitoso, la primera empresa nacional, no pudo mantenerse incólume ante la desgracia de ser tocada por el Midas asombroso del siglo XXI en Venezuela: el populismo; solo que este Midas no convierte en oro todo lo que toca, lo convierte en una cosa que comienza con la letra m, término que no utilizaré acá por respeto a mis lectores.

El señor presidente de la república ha dicho, en un descargo formidable de hipocresía política, de cinismo oficial – ha aprendido a ser "buen político", es justicia decirlo – que se trató, luego de la inocultable situación de ruina de la principal industria del país, de un conjura, de una vil traición de los altos gerentes y jerarcas de la industria, ayer alabados y hoy vituperados, presos y prófugos. Tanto más vil la traición y felonía de tales sujetos cuanto que fue cometida en connivencia con los despreciables gringos comemundos que compran al contado nuestra exigua producción actual y nos proveen de crudo liviano y gasolina que no logramos producir en nuestras semiparalizadas refinerías. Y, ¿Quiénes son los traidores señalados duramente por el señor presidente de la república? De los más conspicuos podemos nombrar, al inefable Ramírez Carreño, prototipo del revolucionario ideal, este protohombre llego a tener más de 20 cargos, ¡increíble eficiencia sobrehumana socialista!, Del Pino, Chacín, Parada, Pedro León y algunos otros; más de cien cuadros gerenciales, según las cuentas de nuestro respetable señor Fiscal Saab, que antes de ser fiscal les alababa, y ahora, Fiscal General del respetable Ministerio Público, representante terrible de la ley, les condena. No es mi intención defender a tales sujetos, que bien merecido tienen su destino en la prisión o en el exilio, como castigo a su inmoralidad, sic semper fures. Mi intención es demostrar, que tal como ha dicho el primer magistrado de la nación, hubo una traición, un acto alevoso, premeditado, concertado, despreciable, en la destrucción de PDVSA. Pero los señalados de traidores, son apenas fichas, culpables por supuesto, pero fichas, solo son los nombres, los testaferros, del gran perpetrador de la traición que destruyó nuestra amada industria petrolera: el populismo, en connivencia con la pillería internacional de la izquierda, con las potencias socialistas, cada vez más "capitalistas" y ávidas de buena y barata energía. Permítaseme exponer mis argumentos.

Desde el principio, la revolución, se trazó como objetivo vital la toma del control absoluto de la industria petrolera para los fines populistas, perpetuistas y autoritarios. De esta forma se crea el famoso "Plan Colina", para tomar por asalto la industria. Es así como en una acción audaz, genial, -admirable, hay que admitirlo – se producen los sucesos del 2002 y el paro petrolero, todo ello dirigido de una forma magistral por Fidel, Chávez y los tanques pensantes, que mediante elevadas técnicas de infiltración política e inteligencia, lograron, no solo dirigir un autogolpe milimétrico, matemático, sino deshacerse de la gran mayoría del talento gerencial e intelectual de PDVSA, que mordieron el peine. A partir de allí se configura la entrega, y se prepara el escenario para la traición. La primera arremetida vino, no es de extrañar, del Caribe. Fidel, inteligentemente, se aprovechó de las debilidades de un Chávez bisoño y deslumbrado, para asegurarse el crudo gratis que necesitaba desesperadamente "su isla", en pleno periodo especial; los comunistas dicen que por la caída del campo socialista, los progresistas decimos que por la incompetencia, ineficiencia y corrupción de los comunistas. Después de Fidel, vinieron las grandes potencias que pregonan el socialismo pero practican el más salvaje capitalismo. Es paradójico que queriendo salvar la presa de los lobos, se le tenga que entregar a las hienas. Queriendo "salvar" la industria del imperialismo estadounidense la entregamos a otros imperios, tanto más peligrosos, por la intrínseca condición natural que los define: hipócritas.

El populismo empezó de esta forma su tarea de zapador silencioso, de topo imperceptible, que poco a poco, corroía los cimientos del país y de la industria. Porque la destrucción de PDVSA es consecuencia directa de la destrucción del país. La industria necesitaba ser depredada, reducida a su mínima expresión, y así fue. Fue un plan inaudito, sistemático y único de quiebre de la forma de negocio más rentable del planeta como es el negocio petrolero. Existen muchos otros aspectos, pero solo nombraré tres que tuvieron un papel fundamental: la transformación de PDVSA en un apéndice del partido de gobierno, la destrucción de la función gerencial y de planificación de la empresa y el crecimiento desmesurado en funciones ajenas al negocio. En efecto, después del paro petrolero del 2002 cuando el gobierno toma el control absoluto de la administración de la industria, quizá fuese el momento de una magnífica oportunidad de convertir a PDVSA en el instrumento de impulso de las capacidades nacionales, en el verdadero motor que nos conduciría apodícticamente al cumplimiento de nuestro Destino Manifiesto. Ello, lamentablemente, no fue así. La industria se convirtió en un instrumento de la política partidista. Se descuidaron funciones medulares y el esquema de asignación de responsabilidades dejó de guiarse por un criterio meritocrático sano y se guió por la prebenda y el clientelismo político. Esto sentó las bases para minar la capacidad de respuesta de la Corporación. Se estableció el peligroso precedente de confundir un bien público con un coto del partido.

La salida de buena parte de la capacidad gerencial y planificadora fue un golpe nunca superado, que nunca iba a ser superado, porque no formaba parte del plan, sabotearía la traición, la entrega. Los cuadros gerenciales, directivos y de planificación superior de la organización fueros sustituidos por elementos sin la preparación necesaria. En un primer momento, para superar la contingencia se colocaron al frente de altas funciones gerenciales, a cuadros técnicos operativos que, aunque solventaron, no tenían el background formativo e intelectual necesario, es decir, no eran cuadros de la función gerencial. Este esquema mutó luego a la colocación en las funciones gerenciales medulares, no al cuadro operativo que mal que bien podía sostener la situación sino al cuadro político, se impuso el retrógrado sistema del comisariato político. Y se empezaron a desechar por escuálidos y apátridas a los "sesudos analistas" con postgrados y doctorados en el IESA o en Berkeley. Solo era necesario ser patriota y tener un espíritu rojo inquebrantable. La partidización de la industria es uno de los más severos golpes para su aniquilación. El partido se apoderó de la industria, a tal punto, que todas las actividades de financiamiento del partido oficial, desde los famosos puntos rojos hasta la propaganda oficial salían de las arcas de la industria. Las instalaciones de la industria se convirtieron en sitios de aquelarre partidario y los buenos técnicos fueron sustituidos por buenos "patriotas". El inefable señor Ramírez, cuyo cinismo es su "honrosa distinción" ejecutó con maestría esta tarea. Es interesante acotar, que es mediante este caballero que se inicia la era del superhombre socialista. Se tenían directores y gerentes que ocupaban tal cantidad de cargos que era sorprendente. Solo el eficiente señor Ramírez ocupó más de 20 cargos, o algo así. Era para tener el control total. El populismo es así, desconfiado, no cree en la delegación de actividades. Pero estos superhombres tenían tal control de la industria, que no controlaban nada.

Luego de partidizar la industria, entonces hacía falta destruir la capacidad gerencial. Se abandonaron los planes de carrera, las evaluaciones de desempeño, la formación gerencial profesional, la planificación, la seriedad, y la pulcritud. Los cargos de una empresa de clase mundial fueron cedidos a los "traidores", a los superhombres que tenían un solo fin: destruir la industria. Una vez logrado ese cometido serian desechados, dura lección para los que creen en el humanismo del socialismo o populismo, que es la misma cosa. Por último y esto fue una consecuencia de la naturaleza clientelista del populismo, se recargó a la industria con tal cantidad de funciones que se limitó fatalmente su capacidad de respuesta en su función principal: extraer y comercializar crudo. La industria creció desmesuradamente. De una nómina de 140 mil trabajadores, no menos del 20%, según algunos reputados investigadores, eran cuadros del partido que no ejercían ninguna función para el negocio, digo más, ni siquiera se acercaban jamás a una instalación petrolera. Es que los superhombres gerenciales del tipo del admirable señor Ramírez, parece que no habían oído hablar de la ley de los rendimientos decrecientes. Con 60 mil trabajadores se producían más de tres millones de barriles, con más de 100 mil se producían menos de un millón quinientos mil. Se crearon decenas de organizaciones o filiales de la industria que no tenían nada que ver con el negocio y que bien podían ser asumidas por el Estado a través de sus ministerios respectivos. Con un escenario de altos precios, todos estos excesos eran permitidos y aún aupados, para el progreso de la patria, pero al sobrevenir el tiempo de las vacas flacas de bajos precios, se pudieron apreciar brutalmente sus efectos.

Además de los tres elementos fundamentales que produjeron la destrucción de la empresa, se suman otros, no de menores dimensiones, relacionados con el manejo doloso de la economía nacional por parte del populismo. El endeudamiento irresponsable de la industria y su utilización, en combinación con el Banco Central de Venezuela, como herramienta perfecta convalidadora de las políticas deficitarias e inflacionistas del gobierno. En efecto, PDVSA se convirtió en una mejor y más eficiente productora de dinero inorgánico que de crudo. Ramírez y sus superhombres, entregaban los dólares de la industria al BCV, es decir, al PSUV, a la absurda tasa del dólar referencial de 6,30 y luego 10 BsF, para luego pedir pagares al BCV para cumplir sus obligaciones en bolívares. Por supuesto en una economía inflacionaria, los bolívares entregados por el BCV eran insuficientes para operaciones, proveedores, deuda interna, misiones y otras, entonces había que endeudarse con el BCV, y ¿de dónde sacaba el BCV los bolívares que entregaba a PDVSA? Por supuesto los fabricaba con su famosa maquinita. De esta forma se ejecutó la tarea innoble de destruir el futuro del país destruyendo su principal fuente de subsistencia, pero, ¿Cuál era el fin? Podemos percibirlo, cuando con una empresa agónica, los socios aguardan cual cuervos ante una presa moribunda. El estado actual de la industria solo indica que su recuperación pasa por "entregársela a los socios". ¿Bajo qué condiciones? Ya empezaron a exigirlas. "Quien paga, manda", como diría Martí. Se les exime del ISLR, se les entrega refinerías, y muy pronto, bajo las condiciones que ellos quieran, se les entregará la industria. El fin, queridos compatriotas era privatizar la industria, solo que esta vez no lo harían los tecnócratas de Harvard o Berkeley, sino los patriotas del valle de los grandes cacaos. He ahí la traición y los traidores.

Ciudadano: Franklin Soler

35solerfr.01@gmail.com



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