De la educación

No se puede esperar nada de ciudadanos sin educación, excepto una democracia inestable o una dictadura mundial vergonzante.

Quizás tenía toda la razón Isaac Asimov cuando decía que " ser autodidacta es, estoy convencido, el único tipo de educación que existe ". No nos va quedar más remedio que aprender por nosotros mismos si queremos salir de esta telearaña educativa.

La escuela tal y cómo está diseñada, no enseña a pensar por uno mismo, sino a repetir los pensamientos de otros. Cualquier alumno que tenga la osadía de plantear dudas a sus profesores más allá del temario, que se rebele contra un programa ideologizado y restrictivo, se enfrentará a graves problemas que pueden llevarlo a ser expulsado del sistema.

En este contexto, triunfará el que mejor repita los mantras alienantes perfectamente diseñados. El estudiante aventajado quedará convencido de su excelencia, de su buena memoria y de su capacidad de aprendizaje porque así se lo harán saber sus maestros, que lo colmarán de elogios. Pero, en realidad, sólo estarán premiando su sumisión a un procedimiento psicopedagogíco que lo condicionará de por vida, que hará de el un ciudadano modelo al servicio de las élites. Las mismas que llevan a sus hijos a verdaderos centros estimuladores del pensamiento, coto cerrado del verdadero poder, en los que no se pierde el tiempo con adoctrinamientos de ninguna naturaleza. Centros donde, desde el primer minuto, les inculcan que serán responsables de dirigir la sociedad, de liderar a sus congéneres, a esos que crecen inmersos en los programas que ellos un día deberán perfilar, como antes hicieron sus padres.

Todo ello se realiza con tal disimulo, tomando tantas precauciones, ridiculizando y estigmatizando a quien se atreve a denunciarlo, que los niños y jóvenes, al igual que sus progenitores, quedan convencidos y agradecidos por las facilidades, además gratuitas, que se les proporcionan para, teóricamente, culturizarse y poder alcanzar las mayores responsabilidades. Sin percatarse que siempre se encontrarán con un techo de acero reforzado, que nunca jamás podrán traspasar sin que alguien de la capa elevada se lo permita. Y de lograrlo, no será para satisfacer sus intereses personales o de la sociedad, sino los de la élite dirigente, que siempre los mirará por encima del hombro, sin dejarlos pertenecer a sus distinguidos clubes sociales, por muy alto que sea el puesto alcanzado.

Dentro de la manipulación se dan fenómenos de retroalimentación. Cuánto más sucumbimos a ella, más queremos encajar en los parámetros que nos imponen. Y, a su vez, el querer encajar en esos parámetros contribuye a que nos puedan manipular con mayor facilidad. Al final, no sabemos que vino antes, pero ambos forman un círculo vicioso e infinito. La gran flexibilidad del cerebro conlleva el peligro de que, a través de simple repetición, nos acomodemos a realidades impuestas, que, incluso, lleguen a convertirnos en los siervos, a los cuales hacía alusión Hegel, cuando el hombre no lucha por su libertad, y que hoy en día se conoce el rebaño de borregos y pedigüeños de oficios, que pululan por todo este mundo tan vilmente engañado.

Hoy me atrevo a regalarme una frase de elogio, por la suerte que tuve con mi profesora de filosofía, quien, con insistencia tesonera, me repetía diariamente: Joven siempre dude de lo que yo le enseñe, piense y reflexione, porque el asunto no radica en creer, sino en entender, comprender, para llegar a un comienzo del saber.

En tiempos de crisis moral, la imparcialidad, es un acto criminal.

Rebelde sin Causa



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