La universidad colonial de ayer y el enclave sociocultural de hoy

El bochornoso comportamiento asumido por las actuales autoridades universitarias de la UDO, UCV, UC, LUZ, entre otras,  ante el proceso de cambios impulsado por la revolución Bolivariana, se asemeja casi al calco al que tomaron las autoridades y la mayoría de los miembros del claustro de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, en ocasión de la gesta independentista venezolana contra el colonialismo español. En esta oportunidad los claustrales de la vetusta institución se manifestaron contrarios al proceso emancipador; su rechazo al respecto fue total, absoluto, completo. Es cierto que individuos particulares, vinculados con la universidad, no se sumaron al coro de voces predominante, el de los contrarios a la revolución. Pero también es verdad que la institución como totalidad hizo causa común con la corriente realista. Esto es fácil de corroborar leyendo las actas del claustro universitario de los tiempos de la guerra de independencia. Allí está todo escrito en blanco y negro, allí podemos leer los diferentes acuerdos de los claustrales condenando la revolución emancipadora.

Y lo que dicen esos documentos es que las autoridades, los profesores y los estudiantes, en número mayoritario, se mostraron en esa ocasión como los más fidelísimos realistas. Fueron fieles a la doctrina aprendida en la universidad, una institución que tenía todas las características de un claustro religioso, donde se impartía una educación doctrinaria que enseñaba a sus miembros obediencia total a los mandatos de la monarquía española y del papa romano, así como respeto absoluto al orden colonial. Por eso, ante el hecho consumado del inicio de la revolución de independencia, los claustrales se atemorizaron, para ellos ese proceso representaba un verdadero sacrilegio, una violación de las leyes de Dios, una violación a las leyes del Santo Padre romano y a las leyes del poderoso rey español, todas las cuales lo que ordenaban era completa sumisión de los súbditos y de la feligresía ante sus autoridades de allá de Europa. Y así, contrarios a la Independencia y a la República, se mantuvieron esos claustrales hasta el fin de la guerra en 1821, cuando, obligados por la nueva situación, van a tener que ajustarse a la realidad republicana floreciente en nuestro territorio. Y, luego, en 1827, fustigados por El Libertador Simón Bolívar, terminarán por ajustarse a los cambios institucionales impulsados en esa ocasión por el Gran Caraqueño, cuando instituye éste los Estatutos Republicanos de la Universidad Central de Venezuela, estatutos con los cuales la universidad empieza a vestirse a la moderna y comienza a sintonizar con los objetivos e ideales que la República de Colombia impuso a sus instituciones.

Hoy día, doscientos años después de aquellos acontecimientos, la vieja Universidad de Caracas, acompañada por otras instituciones educativas,  repite la misma actuación en un nuevo contexto nacional, también revolucionario, emancipador y republicano. Se repite el mismo comportamiento fanáticamente reaccionario de la universidad clerical y realista, ahora cuando las universidades mencionadas se encuentran dirigidas por autoridades como Cecilia García Arocha (UCV), Jessy Divo de Romero (UC), Milena Bravo de Romero (UDO), y Jorge Palencia (LUZ), piezas, cada uno de ellas, de la guerra internacional que hoy libran las fuerzas del capitalismo mundial contra la Revolución Bolivariana. Ese comportamiento retrogrado no difiere en nada del que mostraron, en tiempos del proceso independentista, sus homólogos de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, Manuel Vicente Maya (Rector entre 1811 y 1815, Doctor en Teología), Juan de Rojas Queipo (Rector entre 1815 y1817, Doctor en Teología), Pablo Antonio Romero (Rector entre 1817 y 1819, Doctor en Cánones), Manuel Oropeza y Torre (Rector entre 1819 y 1821, Doctor en Derecho Civil; y, Miguel Castro y Marrón (Rector entre 1821 y1823, Doctor en Teología). Estos no tuvieron ningún empacho a la hora de colocar la universidad al servicio de las fuerzas realistas, así como ahora las autoridades rectorales nombradas tampoco dan muestras del más mínimo pudor en su esfuerzo por hacer de tales instituciones un bastión de la derecha política venezolana, de la más extremista y atrasada, a cuya cabeza está María (Guarimbera) Machado de Branger, una conspicua representante de la burguesía del país, y además, ficha reconocida del imperio yanqui. Por esos desempeños y tales preferencias es que esas universidades venezolanas, más que instituciones educativas, son hoy día verdaderos enclaves socioculturales neocoloniales, instituciones que juegan a favor del equipo contrario al de la patria, instituciones donde no se educa sino se adoctrina a los jóvenes con las recetas del neoliberalismo y con las modas teóricas provenientes de Europa y los EEUU.

Como vemos entonces, poco ha cambiado esa universidad venezolana colonial a lo largo de doscientos años, a pesar de haber tenido lugar en nuestro territorio una exitosa guerra de independencia,  liderada por Simón Bolívar. Con esa universidad pasa lo mismo que con la iglesia católica venezolana: ninguna de las dos ha podido romper aun con su origen colonial, razón por la que actúan casi de la misma manera que antaño, esto es, como si viviéramos en el siglo XVIII, sometidos a la monarquía española y gobernados en lo interno por los blancos terratenientes mantuanos. Así las cosas, esa universidad necesita entonces de un proceso libertador que la emancipe de sus actuales amarras del doctrinarismo neoliberal y de su conservatismo político, necesita de un proceso transformador como el que impulsó Simón Bolívar en 1827 en la vetusta Universidad de Caracas, cuando con ayuda del Doctor José María Vargas, llevó adelante un conjunto de acciones orientadas a poner en sintonía esa institución con los requerimientos del nuevo orden político establecido por la República de Colombia. Un proceso de tal dimensión, profundamente transformador, requieren en fin esos enclaves socioculturales neocoloniales encabezados por la UCV, para adecuarlos así a la nueva realidad nacional impuesta en Venezuela por la Revolución Bolivariana.       



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Sigfrido Lanz Delgado


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