Hombres, tierra y poder: conformación de una nueva personalidad histórica del campesinado venezolano

En la conjunción del tiempo y el espacio los hombres van labrando sus prácticas y narrativas, dándole forma a lo que la voluntad de saber de las sociedades llaman memoria. En ese encuentro de la historia y la geografía se van transformando los espacios y modelando el carácter, es la emergencia de una imaginación histórica y geográfica que permite la conformación de identidades: de la nación. Esa comunidad imaginada no se caracteriza por la homogeneidad, todo lo contrario, su mismo tejido evidencia diferencias puntuales entre las formas de vida en la ciudad con respecto a las del campo.

Venezuela no es la excepción, sin detenernos en el orden de las diferencias, mejor es animarnos a comprender la emergencia de la personalidad histórica del campesinado criollo, veamos; su inserción en las prácticas de peonaje en unidades de producción latifundistas –cuando no feudales- no le permitió apropiarse de la técnica del agro, solo aprendió actividades parciales: ordeñador, machetero, cerquero, recolector, y en el mejor de los casos conuquero; etc. Esta parcialización de las funciones lo libraba de la responsabilidad en el éxito de las cosechas, de ir asumiendo como suyos conceptos como los de la productividad y la rentabilidad de los suelos. Siendo así, no era necesaria la ciencia y la técnica, bastaba con entender los ciclos de la naturaleza.

Esta realidad, forjada desde los tiempos de la implantación colonial en territorio hoy venezolano, modeló el carácter de resistencia e introversión que caracteriza al campesino. Los dos grandes intentos para cambiar las relaciones sociales de producción, y por tanto, coadyuvar en la emergencia de una personalidad histórica que estuviera en ofensiva permanente concluyeron en fracaso para sus intereses: La Guerra de Independencia y la Guerra Federal. No es el caso evaluar los resultados de estas contiendas, pero si es oportuno señalar que, la memoria de lucha del movimiento campesino nacional se inserta dentro de los códigos de resistencia fraguados en las trincheras de combate del siglo XIX.

En relación a lo anterior, la conformación del Estado moderno en Venezuela durante las cuatro primeras décadas del siglo XX, anclado en las lógicas del rentismo petrolero, arrinconó y desmovilizó al movimiento campesino. En la modernidad política venezolana el cuerpo natural de la nación va a estar constituido por campos petroleros, y no por agrícolas. La tesis del desarrollo asumida por la burguesía durante la centuria pasada descansaba en el encadenamiento productivo industrial, la democratización de la propiedad de la tierra nunca fue prioridad, por más reformas agrarias (1960) que se decretaran. Siendo así, el latifundio como rémora de la barbarie, va a tener un lugar privilegiado en la literatura criolla, así como en el proyecto civilizador del sistema político de conciliación de élites.

Como podemos observar, la personalidad histórica del campesino venezolano se caracteriza por la resistencia, introversión e indiferencia hacia formas de organización que deriven en el uso del poder transformador. No por eso, ha dejado de denunciar con una valentía insospechada el amedrentamiento y sicariato llevado a cabo por los terratenientes en su contra, poniendo en evidencia la connivencia de los aparatos de represión del Estado con los grandes propietarios.

Sin lugar a dudas, en este nuevo ciclo histórico de la Revolución Bolivariana (2013-2030) en el que se pretende derrumbar al Estado mágico y superar al capitalismo rentístico, necesaria es la conformación de una nueva personalidad del campesinado, que descanse en valores y formas de reconocimiento que permitan la emergencia de novísimas prácticas de la democracia directa, tributando a la construcción de una nueva venezolanidad anclada en un tejido económico productivo y diversificado. El reto como vemos es mayúsculo pero pensemos por un momento cómo hacerlo.

No es poca cosa lo que ha logrado la Revolución Bolivariana desde el punto de vista reivindicativo, la promulgación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario (2001) ha sido un instrumento muy valioso en la democratización del acceso a la tierra. Este es un punto a favor que debe ser aprovechado, es decir, estimular desde el territorio nuevas formas de democracia popular, teniendo en cuenta las particularidades geográficas y culturales de las comunidades. El nuevo sujeto histórico del sector campesino debe ser puntal de referencia en la conformación del naciente imaginario productivo nacional, dejando atrás el estereotipo del Juan Bimba aupado por la democracia representativa (1959-1999).

A un campesino empoderado, sujeto de poder, debemos sumarle el que esté formado con rigurosidad científica y técnica en sus áreas de peritaje. En el ejercicio de la educación popular y descolonizada, el movimiento campesino debe procurar el advenimiento de formas de conocimiento que superen la dualidad sujeto – objeto, bajo estas premisas, en las que el sentipensar con la tierra no solamente contribuye con la preservación de la vida en el planeta, sino también, con las metas de aumentar los niveles de eficiencia productiva. El proyecto educativo campesino debe convertir en cosa del pasado la parcialización del conocimiento del campo, debe procurar un empoderamiento epistemológico.

Si en la nueva personalidad histórica del campesino bolivariano debe convivir el poder con el saber, la conjunción de estas dos fuerzas debe apalancar la capacidad productiva. En el imaginario burgués y terrateniente, el campesino es dibujado como un sujeto presa de su indiferencia e ignorancia, en esencia, es un no-sujeto. En el nuevo ciclo histórico de la Revolución, el reconocimiento de los campesinos ya no como alteridad sino como elemento constitutivo de la venezolanidad, asegura un ejercicio de compromiso de su parte en aras de elevar la producción agrícola a niveles óptimos, contribuyendo en la formación de una narrativa del desarrollo económico capaz de superar las trampas del mercado y la globalización neoliberal.

Es pronto para decretar las características constitutivas de una nueva personalidad histórica del campesinado bolivariano. Lo que sí podemos afirmar es que debe caracterizarse por tener conciencia del poder, y en su uso, apropiarse de las herramientas epistemológicas para su transustanciación en un sujeto libre y emancipado. Un perfil y una actitud que descansen en el poder y el saber aseguran al movimiento campesino las armas necesarias para pasar a la ofensiva, y con lógicas del trabajo en el campo, superar de una vez por todas al Estado mágico y al capitalismo rentístico.

 



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