El Estado asesino anda suelto

Si la zoonosis es la manifestación global de la decadencia de un sistema obsoleto que tiende a volverse abiertamente criminal, la secuencia de asesinatos civiles, desde el de Floyd en Minneapolis, hizo brotar otro de los componentes esenciales del régimen del capital imperialista en su fase más corrosiva.

Un reportaje de la BBC News de Londres registró que en Estados Unidos son asesinados "Más de 1.000 personas por la acción -justificada o no- de la policía". Algunos lo definieron como una pandemia, señal de una guerra interna irresuelta en las entrañas del imperio más fuerte, que desde la década de los años 60 no para de manifestarse en las más diversas formas. A veces, en la forma cruel del asesinato policial directo, pero la manifestación más estructural de esa guerra supremacista blanca es el encarcelamiento masivo de jóvenes de la raza negra.

Un autor norteamericano recopilado por Marcello Musto en un libro sobre el estado del capital en el mundo, arriesga la hipótesis de que el sistema policial norteamericano y sus gobiernos desde finales de la década de los años 70, acudieron a la estrategia del encarcelamiento para frenar la rebelión negra en ese país. Encerraron a una cantidad tan masiva de activistas negros y de otras etnias, que junto a los delincuentes de esos orígenes raciales, constituyeron una masa poblacional suficiente que les permitió paralizar durante dos décadas esa rebelión interna. Aquello que Nahuel Moreno y otros definieron a comienzos de los setenta, como una "revolución negra en EE.UU." fue detenida, fraccionada y derrotada por medio del control punitivo penal. Puede ser. Lo importante de ese dato histórico es que permite comprender que lo que fue ha comenzado a cambiar y que si fueron derrotados, eso ya no es. Desde el caso de Floyd hasta lo sucedido este domingo pasado con Jacob Blake, en Wisconsin que terminó en parálisis, lo que se ha visto es una verdadera rebelión en las formas contemporáneas: la "viralización social" a varias partes del mundo imperialista y no imperialista. No es una revolución, pero si un componente de algo similar a la brutal transformación social y cultural en el campo feminista.

No deberíamos separar en formas absolutas el fenómeno del supremacismo anti negro en EE.UU. con la otra forma de "supremacismo" social registrada en nuestro continente, en Hong Kong, Líbano y más recientemente en París y Bielorusia: La del Estado actuando con violencia cruda contra jóvenes y activistas de diversos orígenes sociales y sexo, con el objetivo de preservar la frágil estabilidad de sus regímenes o Estados, según el caso.

Las masacres recurrentes en Colombia con más de 100 jóvenes asesinados en menos de 12 meses, las masacres ya recurrentes en Honduras, El Salvador, Guatemala y en las ciudades de la frontera norte de México, son suficientes por su recurrencia y salvajismo, para inscribirlas en esta tendencia actual del Estado en esta fase del capitalismo global.

En la Argentina de pretensiones apacibles de Alberto Fernández, se produjeron dos escándalos periodísticos, por sendos asesinatos de dos jóvenes pobres. Ambos se llamaron Facundo y ambos fueron asfixiados por cuerpos policiales, uno bajo el agua de un río semi congelado en la Patagonia, el otro en un basurero del Gran Buenos Aires, en los dos debido a sus condiciones de marginados sociales.

Aunque no son masacres, su relevancia como escándalos se explica por un hecho político-cultural. Desde 1982, en la sociedad argentina se formó una epidermis transclasista de alta sensibilidad democrática. El pueblo conquistó y atesoró una conciencia ampliada, según la cual toda forma de violencia estatal merece la condena social. Cosas como las FAES, las BACRIM, o las Milicias de Río de Janeiro no serían soportables.

En eso Argentina es una excepción hoy en el continente. Predomina lo contrario: un avasallamiento sistemático y sistémico del Estado contra sectores de la población que no puede absorber en sus economías y vida urbanas. Algo similar vivió el capitalismo durante sus primeras décadas en Irlanda, Inglaterra, Alemania y Francia. También el capitalismo norteamericano en las décadas de los años 20 y 30 en medio de la debacle económico social de la Gran Recesión. Aquellos hechos fueron retratados en películas famosas y algunas novelas. El capitalismo norteamericano, con alto grado de conciencia, financia masivamente un tipo de cine y TV que retrata sus flagelos sociales al mismo tiempo que los legitima lúdicamente mediante el placer visual en la conciencia del mundo. América latina refleja esa tendencia con películas "taquilleras" como la historia de Pablo Escobar Gaviria, la Reina del Sur o la del Chapo Guzmán y los Narcos mexicanos. La revista Herramienta, argentina, publicó en 2018 un excelente libro sobre este tema.

Se trata de una manifestación actual del capitalismo contemporáneo. Acude a la violencia a escala social como siempre lo hizo, pero a niveles desconocidas para defenderse de flagelos sociales, que a veces se transforman en formas de resistencia: Los negros en EE.UU., las mingas en Colombia, o las brigadas de mujeres armadas contra el narco en México). Cualquiera de ellas representan amenazas a su sistema legal de dominio y a sus mecanismos de acumulación de capital interno.

Aunque México y Colombia son las expresiones son los casos más históricos y graves, Venezuela tiende a equipararse como un tercer escenario en la zona del Caribe, y ya nos llama poderosamente la atención, los casos del asesinato despiadado de José Carmelo Bislick Acosta, ocurrida el lunes 17 de agosto en Guiria, Estado Sucre y de 2 jóvenes más en Cabimas, Estado Zulia, que independientemente que en este hecho, hayan sometido a juicio a los de la FAES implicados, queda al descubierto una vez mas que tipo de policía componen a este cuerpo de seguridad del Estado, ya con bastante antecedentes de brutalidad y excesos



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Liga Unitaria Chavista Socialista LUCHAS

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