Derechos del niño

Formas encubiertas de maltrato infantil

-¡Mami, mami; mira mi banderita!-

Emocionada, contentísima; mirándola a la cara; y señalándole el tricolor patrio de ocho luceritos; con sus bracitos extendidos; le gritaba una parvulita a la madre, quien la había recibido de manos de la maestra de guardia.

–Muy bonita-

A secas, sin signos de admiración, le decía la progenitora:

-Está bien-

Como para justificar algo

- Pero, no me gustan esas ocho estrellas-

Remató con sarcasmo frustrante la mama. Sus músculos faciales reflejaban desaprobación. La mordacidad se le reflejaba en los ojos; los cuales separó con desprecio de la ondulante banderita, hecha a mano por su propia representada. No se refería a la confección de las estrellas, sino a la cantidad de las mismas.

Estimado público aporreahabiente, el diálogo presentado al inicio, aconteció en Cagua, en la entrada del colegio de uno de mis nietos; mientras yo lo esperaba; pocos días antes de declararse la Pandemia Covid-19, que bastantes angustias y desasosiegos nos ha proporcionado. Dios interceda con sus bondadosas manos, para que el próximo calendario académico sea presencial.

Después de recibir el nieto, nos metimos en una venta de chucherías (golosinas) –como de costumbre- para satisfacer los caprichos del muchachito. Cosa que yo, en mi infancia, nunca hice, debido a que no llegué a conocer abuelos, ni por ascendencia materna, ni paterna. Posteriormente, nos dirigimos en el carrito de "Lola" hasta la casa. Era la hora que el sol está en su zenit, ocasión en que los rayos del "Dios Helio" se ensañan contra tu dermis.

Retrocediendo a la conversación madre-hija, pude notar que la muchachita se quedó como decepcionada; y dentro de su candidez, -estimo- no supo qué responder ante la fáctica condena de su representante. El compromiso (Tarea) del angelito no tenía cabida en la mente de su protectora. A lo mejor, miles de dudas se arrimaron internamente en las cándidas neuronas de la chiquilla, quien, es obvio, esperaba un elogio gratificante, unas palabras de estímulo, un abrazo caluroso. No, mis apreciad@s aporreahabientes, los ojos de la dama reflejaban otra cosa: maltrato. Sus pupilas hablaban per se.

Quizá con tanta alegría, con tanto esmero y dedicación, la preescolar realizó su símbolo patrio en el aula de clases, con sus compañeritos; en cumplimiento de sus estrategias metodológicas, pero, la madre, -como evidencié- por intríngulis de preferencias partidistas le derrumbó, le cercenó el ánimo a su prole. He de suponer que la criatura no entendía todo aquello que el adulto manipulaba a su antojo. La pequeña no tenía capacidad de discernir entre la actuación de la maestra de la escuela y la mamá. A mi manera de ver las cosas, es donde un inocente se halla en dos aguas

Tal vez, la falta de conciencia histórica de la señora, la pereza mental, leer, la no aceptación recalcitrante, caprichosa, del decreto que modificó nuestro pabellón Nacional, la indujo a cometer el desatino contra la humanidad de la niñita, producto de su vientre; que en ese momento de su vida no sabe diferenciar de manera consciente, entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Pueda que la infante en un futuro no muy lejano, se acuerde de ese episodio; y sea élla misma, quien decida libremente, si su banderita debía llevar siete u ocho estrellitas; y que no sea un tercero quien le quite su alegría.

Para despedirnos, esto me trajo a colación, estando yo en cuarto grado de primaria, en mi colegio "Fe y alegría", donde de casualidad no salí graduado de cura; fui seleccionado entre un grupo de estudiantes, para dar una exposición que versaba en relación a la "Revolución de Gual y España" a todos los grados (de 1ro. al 6to.) en aquel inmenso salón, completamente techado, con las severas e intransigentes monjas y todas las maestras al frente. Fueron sudorosos días de práctica, mañana y tarde. Repetición tras repetición; y que no se me ocurriera decir:-"¡Ay! qué fastidio"- como es obvio, los de mi generación saben lo que a uno le esperaba. Cómo me hubiese sentido si al llegar a mi casa, mi madre me hubiera dicho: -"¡Qué gran cosa hiciste!"-. Esto hizo ponerme en los zapatitos de la preescolar.

¡Muchas gracias!

Nos vemos en la próxima estación.



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José García

abogado. Coronel Retirado.

 jjosegarcia5@gmail.com

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