Binóculo N° 352

Por fin lo atraparon

Finalmente fue detenido en España, Enzo Franchini Oliveros, el no humano, asesino que roció de gasolina y encendió el yesquero que acabo con la vida de Orlando Figuera, cuando corrió como una tea humana en la plaza Altamira en un intento por apagarse, mientras cientos de personas celebraban la hazaña. El 5 de junio del 2017, escribí un artículo al respecto, que me parece es necesario volver a publicar, por cuanto es un hecho que debe quedar en la memoria de todos, del mundo entero. Las cosas que no deben ocurrir. Como decía Alí "que sea humana la humanidad"

"Déjenme vivir, yo lo único que quiero es ver a mi hija"

Fue la última frase que expresó Orlando Figuera. "Nada chico eres un maldito chavista", fue la última frase que oyó antes de que el destino le cambiara la vida para siempre, cuando un asesino encendió el yesquero que lo hizo correr envuelto en llamas por cerca de treinta metros.

En ese momento recordé el genial cuento de Juan Rulfo "Diles que no me maten". "¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad".

Fue un aplauso colectivo de los asesinos presentes, todos culpables. Unos por acción y otros por omisión. A final de cuentas, ese negro chavista debía morir porque apoyaba a Maduro y al proceso político que lidera. Un joven de 21 que solo pedía que lo dejaran ver a su hija, argumentando que no era chavista y preguntaba la razón por la que se ensañaban con él, en el desconcierto de no saber qué, o por qué lo estaban linchando. Todos los presentes fueron culpables. No como Fuenteovejuna, porque Orlando no era el comendador. Todos vieron cuando Orlando fue rociado con gasolina, todos vieron como le apuñalaron la cabeza, todos vieron el peor acto de injusticia que es golpear a un hombre indefenso, una turba que pedía sangre, la sangre de cualquiera que, aunque no lo fuera, lo pareciera. Todos en la Plaza Altamira consintieron ese acto prehistórico que solo en mentes retorcidas les puede parecer heroico. Así como consintieron que le pegaran a una muchacha de franela roja, aunque fuera autista porque a una de esas viejas desalmadas de las que van a misa todos los días, se le ocurrió decir que parecía chavista. Así como todos callaron cuando a un asesino se le ocurrió lanzarle una botella con agua congelada a Armelina Carrillo, porque estaba convencido que, con asesinarla, acabaría con el gobierno de Maduro. No importa si se ensañaron y golpearon a un teniente hasta la muerte, donde la única mujer participante había sido atendida en Cuba. Cuán retorcida debe ser la mente de alguien que haga eso y le parezca que esté bien, o estúpidamente suponga que ese hecho acabará con el gobierno de Maduro. Ya lo dije, es una carga de odio que se sustenta en la carencia de afecto, son hijos de padres maltratadores, madres drogadictas o alcohólicas, hogares destruidos. Nunca recibieron un abrazo, un beso, o un te quiero. Es un odio grabado en la hipófisis y una sed de cobrarles a los padres en la vida de algún inocente. Por ello, no esgrimen la valentía de enfrentar a un contrincante cuerpo a cuerpo. Ni siquiera fue una pelea entre dos. Fue un simple linchamiento. El disfrute de ver el sufrimiento en el otro, de verlo sangrar, desfallecer, inerme. Todo se vale.

A eso llegó la política en Venezuela para unos cuantos "líderes". Se olvidó el debate de las ideas, se sacrificó la capacidad de pensar, de producir intelectualmente, de escribir algunas líneas. La nueva dirigencia de la oposición tiene poca preocupación por la formación. Necesita el poder para entregar el país y para ello los métodos son novedosos y múltiples. Eso sí, todos violentos. Quizás lo que más impresiona de todo esto es que pareciera que la cordura se perdió en las enmarañadas cuevas de la sinrazón. El odio a un líder político o a un sistema los lleva a justificar todo, no importa a costa de qué, de los que supuestamente eran decentes en la oposición, si es que alguna vez hubo decencia. No importa si el aliado de turno tiene un AT4 o explosivos C4 para volar una escuela llena de carajitos, o destruir un hospital lleno de bebés. No importa si la coprofagia (patología tratada por la siquiatría) es un arma para generar desprecio, no importa si un idiota se desnuda frente a una tanqueta a cumplir sus 15 minutos de fama para cobrar y luego largarse del país. Lo importante fue lo mediático. La imbecilidad se apoderó de todos, incluso de su condición de seres humanos. Nadie asume nada, pero todos tienen una respuesta para avalar todo. No importa que el balance sea 75 muertos. Perdieron la moral de la vida y la ética del comportamiento. Mejor enviar niños al frente porque con ellos muertos el dividendo mediático es mayor. Ya no pueden decir que son pacíficos, porque hasta el que no activa el encendedor, aplaude a quien lo activó, y eso lo hace culpable en cualquier parte del mundo. Pero, además, lo hace profundamente inhumano…

Orlando pudo ser un poeta, o un médico, o un músico, o el sencillo padre que solo quería ver a su hija. Su asesino, un joven igual que él, se convirtió en verdugo, seguramente sin saber por qué, ni si Orlando hubiera sido su pana, su compañero de caimaneras, su compadre, el compinche de los palos. Sintió que Luis Almagro lo apoyaría y que Luisa Ortega le daría su venia. Tan alevosos ambos para justificar lo injustificable. El asesino ni siquiera se pensó que le estaba quitando la vida a un ser humano.

A pesar de la abolición de la esclavitud, Figuera arrastró el estigma de ser moreno en un país donde todos somos negros, aunque parezcamos blancos y estamos orgullosos de serlo. Pero el fascismo no piensa así. La intolerancia tampoco. El color de su piel y su sencillez, fueron razones suficientes para vincularlo automáticamente a la libertad, al combate por la vida, al canto del pájaro en vuelo, al rocío de la mañana, a José Leonardo Chirinos, a sudor de negro y cacao, a la poesía que está en el olor de la tierra mojada después de una llovizna. Y eso no se lo perdonaron a Orlando los asesinos, todos, los de la Plaza Altamira. Solo quería vivir para ver a su hija. Murió antes de que Venezuela le metiera el segundo gol a Estados Unidos para pasar a la semifinal, allá en Corea, en el campeonato Sub-20, un triunfo que quizás le hubiera arrancado una sonrisa en el tránsito a su partida, y sin que su hija lo conociera.



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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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