De “¡mueran los golpistas!” a “¡paredón!”

El 4 de febrero de 1992, cuando fracasó el intento de golpe de Estado, liderado por el entonces teniente coronel, Hugo Chávez Frías, se produjo un célebre debate en el extinto Congreso Nacional. Senadores y diputados del antiguo parlamento bicameral expusieron sus puntos de vista sobre las causas, consecuencias y características de la acción insurreccional.

Entre los oradores más famosos de aquel día estuvieron Rafael Caldera, cuyas palabras lo catapultaron a la candidatura presidencial del año siguiente (obteniendo un triunfo, poco claro, en las urnas) y David Morales Bello.

El dirigente adeco era muy popular por controlar los oscuros hilos del poder judicial, al comandar una tenebrosa y corrupta facción, conocida como la “tribu de David”, además, se rumoraba que este personajillo había delatado a Leonardo Ruiz Pineda durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y, por consiguiente, era uno de los responsables del asesinato del mítico líder de la tolda blanca. Pues bien, aquel 4 de febrero, Morales Bello lanzó, para sorpresa de los presentes, una lapidaria frase que serviría como obituario político para su carrera: “¡Mueran los golpistas!”

Aquella frase lamentable marcaría la debacle política de una figura asociada con la corrupción judicial y el tráfico de influencias. Morales Bello no supo leer correctamente la intentona golpista. Pensó, tal vez, que se trataba de algunos “loquitos cabezas calientes”, sin mayor fortaleza. Fue un grave error de la clase política dirigente que, ciega por el control que tenían sobre el Estado, no previó que la derrota militar de Chávez y sus hombres, se traduciría en una victoria política que llevaría al oficial de Sabaneta hasta  Miraflores.

Desde entonces han pasado, poco más, de veintisiete años y el país, lejos de mejorar con la llamada revolución bolivariana, ha visto incrementados todos sus padecimientos a la décima potencia. Corrupción, violencia, represión, escasez, desempleo, inflación, pobreza, crisis sanitaria y todos los males que sufría el pueblo venezolano para el año 1992, se han disparado exponencialmente con una elite psuvista, absolutamente ajena a los intereses de la nación.

Incluso, la ceguera de gran parte de los representantes de la atroz tiranía de Nicolás Maduro, es mucho mayor de la que tenían dirigentes de la llamada cuarta república, como David Morales Bello. También, parece que el gusto por la eliminación física del rival ha crecido ya que, desde el mismo escenario, el hemiciclo del parlamento, se llamó a asesinar impunemente a un ciudadano.

La protagonista del lamentable exhorto fue María León, quien forma parte de ese engendro todopoderoso que se hace llamar “asamblea nacional constituyente”. La otrora guerrillera afirmó que revocar la inmunidad parlamentaria al diputado Juan Guaidó, no era un castigo suficiente, por lo que era necesario “algo más”, incluyendo la realización de “juicios populares” (linchamientos). La propuesta de la “señora” fue acompañada por gritos de los presentes, quienes, poseídos por  una especie de "síndrome de las turbas", clamaban por “¡paredón, paredón, paredón!” (es decir, fusilamiento).

León fue guerrillera de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) en la década de 1960 (aunque algunos viejos amigos, que formaron parte de la insurgencia, afirman que las actividades conspirativas de la “dama” se limitaban a repartir el periódico del Partido Comunista, Tribuna Popular). Es decir,  combatió al Estado durante aquellos convulsionados años, por lo que era catalogada como "terrorista", al igual que ahora la tiranía llama "delincuentes", "títeres del imperialismo" "pitiyanquis" y "terroristas" a quienes la enfrentan. 

Esta “constituyente”, con su vocecita frágil y con una notoria dificultad para hilar ideas coherentes, hizo un llamado público al asesinato. Desde mi punto de vista, eso es instigación al odio ¿O no?

Tanto David Morales Bello, en 1992, como María León, en 2019,  representan dos caras de la misma moneda. El  adeco y la  madurista son ejemplos claros del desprecio hacia la vida humana. Ambos, constituyen muestras de una clase política enferma de poder que, amparada en sus privilegios, perpetra terribles desmanes contra un pueblo  que intenta sobrevivir en medio del caos, la negligencia y el desamparo.

 

*Luchador social 

 

antonioprado1980@gmail.com



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