Che Guevara y el fracaso de sus asesinos

Desvelan las mentiras de los grandes medios burgueses en sus entrevistas a los asesinos del Che, bolivianos y gringos

«¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!» Con esas palabras recibió Ernesto Guevara a su asesino, el sargento Jaime Terán, según testimonio del propio criminal, en la escuelita de La Higuera, Vallegrande, Bolivia, al mediodía del 9 de octubre de 1967, cuando el militar borracho e incapaz de mirarle a los ojos le disparó una ráfaga que extendió su agonía hasta que otro militar lo remató.

Previamente fueron asesinados en esa jornada los sobrevivientes de la guerrilla: el peruano Juan Pablo Chang y los bolivianos Simeón Cubas y Aniceto Reinaga, por los cuales en sus últimos segundos de vida su entrañable jefe se preocupó y le preguntó a Terán por ellos. Al conocer que murieron con honor, dijo: «¡Eran unos valientes!», según el testimonio mencionado.

La suerte del Che, al quedar cercado en la quebrada del Yuro en Vallegrande, tuvo mucho que ver con su alto sentido de responsabilidad y altruismo, ya que al llegar a la zona, perseguido por el ejército y con varios enfermos que no se podían mover con rapidez, les ordenó que siguieran, mientras él decidió quedarse con un pequeño grupo para detener al ejército, que lo rodeó, según cuenta Harry Villegas (Pombo), uno de los sobrevivientes de la gesta.

El Comandante en Jefe al hablar de los últimos instantes de vida de su entrañable compañero expresó:

«Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tienen que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba».

La muerte del Guerrillero Heroico como una solución para acabar con sus ideas -algo practicado durante toda la historia por los regímenes opresores-, era también un método compartido en la Casa Blanca.

En esos días Walt Rostow, asesor de Seguridad Nacional del presidente estadounidense Lyndon Johnson, escribió que «la muerte del Che marca la desaparición de otro de los agresivos revolucionarios románticos» y que «en el contexto latinoamericano, tendrá un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros».

Según investigaciones realizadas, la orden de ejecutar al Che Guevara y sus compañeros la recibió el dictador boliviano Rene Barrientos del embajador estadounidense Douglas Henderson, y fue preparada minuciosamente por la jerarquía militar por temor a que el líder revolucionario convirtiera un posible juicio en tribuna si lo dejaban vivo y como escarmiento a los revolucionarios del mundo.

La indicación final viajó de La Paz a Vallegrande en forma de mensaje de radio codificado al agente de la CIA de origen cubano Félix Rodríguez Mendigutía, encargado de dirigir las acciones contra la guerrilla en el teatro de operaciones de Bolivia y quien organizaría los asesinatos de La Higuera.

Félix Rodríguez, quien vive actualmente protegido por el gobierno estadounidense en Miami como miembro destacado de la mafia cubano-americana, se ufana de su participación en estos hechos y confesó a la revista española Cambio 16, edición del 18 de diciembre de 1998: «Salí y mandé a Terán que cumpliera la orden. Le dije que le disparara por debajo del cuello, pues tenía que parecer muerto en combate.»

Para completar la imposible tarea de eliminar con su muerte su causa, y por temor inclusive a que su tumba se convirtiera en sitio de veneración, su cadáver, junto con los de sus compañeros, fue sepultado en un lugar secreto y se divulgaron las más disimiles versiones, incluyendo que sus restos habían sido incinerados y sus cenizas esparcidas al viento.

En su honor, el poeta Nicolás Guillen escribió en los días en que el pueblo cubano conoció la triste noticia su antológico poema Che Comandante, en el cual prefiguró la esperanza de que un día sus sagrados restos serían objeto de culto revolucionario.

«Y no porque te quemen,
porque te disimulen bajo tierra,
porque te escondan,
en cementerios, bosques,
páramos, van a impedir
que te encontremos,
Che Comandante,
amigo.
»

En ocasión de la llegada de sus restos a Cuba, en 1997, tras ser hallados, y su posterior inhumación, Fidel Castro definió el fracaso de los asesinos del Che por borrar su huella y legado en la historia.

«Los interesados en eliminarlo y desaparecerlo no eran capaces de comprender que su huella imborrable estaba ya en la Historia y su mirada luminosa de profeta se convertiría en un símbolo para todos los pobres de este planeta, que son miles de millones. Jóvenes, niños, ancianos, hombres y mujeres que supieron de él, las personas honestas de toda la tierra, independientemente de su origen social, lo admiran.»

A 50 años de su muerte, el Che sigue irradiando luz de aurora.

 

 

 



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