A la memoria del Poeta Alcides Rivas Ávila

Le Comte Blue D’Autré Soleil

Barinas 1947- Mérida 2019

Cuando llegué a Mérida y comencé a estudiar la carrera de Biología en la Facultad de Ciencias, el clima era el que todo el mundo se imagina que tiene la ciudad en cualquier época del año. Las mañanas gélidas te envolvían en una neblina espesa mientras subías hacia La Hechicera en donde las clases comenzaban -sádicamente-, a las 7 am.

Las edificaciones del Complejo Universitario La Hechicera aún estaban a medio terminar y en donde ahora existe un taller de no sé qué cosa estaba ubicado inicialmente el cafetín, en el cual hasta alguna que otra cerveza "caleta" se podía degustar. También por dónde ahora se accede a la plaza con la obra escultórica de Carlos Cruz Diez, había una especie de comedor o cuadra para atender a los obreros de la construcción, en el cual también nos permitían a los estudiantes (previa cancelación del mismo) almorzar. Eran tiempos sin muchas restricciones. Yo subía en moto desde Bella Vista, vivía en ese momento en uno de los "chalets" de Carlos Mark Montes -"El Maligno"-, hasta la Facultad y a pesar de lo corto de ese trayecto y de las gruesas chaquetas de vestía, llegaba prácticamente congelado a la clase inicial de la mañana.

Una de las primeras personas con las que entablé amistad, además de con mis propios compañeros de curso, fue con un extravagante personaje que en ese momento estaba pintando un mural en una de las entradas del edificio de la Facultad (en él lucían una serie de esferas coloridas que según Valmore Gómez me recordó, el autor titulaba "Los Anillos de Saturno" y los mal hablados de la facultad les decían sarcásticamente "Las Bolas del Conde"). El tipo era un performance ambulante y todos le llamaban simplemente "Conde". Con una melena desgreñada, con el rostro enmarcado por una extraña barba rala y con la pinta -dirían ahora un outfit vintage- de un hippie trasnochado, atrapado en un rizo del tiempo; el hombre se movía a sus anchas por toda la Facultad.

Este fabuloso personaje era Alcides Rivas Ávila, "¡Le Comte Blue D’ Autré Soleil!".

Como los cursos eran de pocos estudiantes, había profesores que preferían que nos reuniéramos en el cafetín a discutir los temas que estaban incluidos en el programa de la asignatura y luego de terminada la "clase" prolongábamos la estada en ese recinto con alocadas tertulias rociadas por múltiples tazas de café y perfumadas por el humo de alguno que otro cigarrillo.

En una oportunidad en la que me quedé solo en la mesa, se acercó a mí el Conde y en su perorata característica me invitó a "visitar a una Princesa que habita en Los Chorros de Milla". Él -me dijo-, le iba a llevar un ramo de "delicadas flores obsequiadas por la montaña" y le iba a leer unos poemas que le había escrito.

Traté de excusarme con el pretexto lógico de que "tres son multitud" y que no me gustaba el papel de "lamparita", pero ante la insistencia del Conde, no tuve otra alternativa que acompañarlo no con muchas ganas. Nos enrumbamos hacia los Chorros pasándole por un costado al Hotel La Terraza y por el camino me iba describiendo la belleza inconmensurable de esa Princesa de ensueños que me iba a presentar.

Pasamos el puente, comenzamos a subir dejando atrás las casas que bordean la carretera y cuando llegamos a "La Casita de las Rosas" (emblemática discoteca de la época), le pregunté que dónde vivía la chica, puesto que ya íbamos a llegar a la entrada del parque zoológico.

Entonces el conde pegó una corta carrera y cayendo de rodillas, con los brazos extendidos como un crucificado, comenzó a recitar en voz alta un extraño poema a los pies de la estatua de la India Caribay. Después mientras le arrojaba las flores del bouquet que con tanto orgullo me había mostrado en la Facultad entró en una especie de trance en el que murmuraba algo que para mí fue ininteligible.

Me senté en la orilla azul de esa especie de pileta que rodea el pedestal de la estatua y mientras contemplaba los detalles de la escultura imaginándome cómo podría haber sido ella realmente, escuchaba quedamente la declamación del Conde que se esmeraba en ablandar el corazón de bronce de aquella beldad indígena que quedó para siempre en aquel paraje merideño.



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Carlos Pérez Mujica


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