Del país profundo: La palabra mágica de Alfredo Armas Alfonzo

La casa caraqueña de Colinas de Bello Monte, Lejarazu, lugar cercano al cielo, en la Avenida Tuy, donde vivió tanto tiempo Alfredo Armas Alfonzo, era un aluvión de sorpresas. Libros y más libros, colecciones completas de revistas empastadas, cuadernos de viajes y antiguas ediciones de periódicos de diferentes épocas, papeles, muchos papeles amontonados junto a las imágenes religiosas, donde siempre destacaba un viejo santo de madera con las lágrimas del hijo de Dios, las obras de arte en variados formatos, los recuerdos del Clarines natal expresado en alguna hoja de ventana, algún gran espejo y huellas precisas de numerosos objetos a los que estaría unido a lo largo de la vida, grabados y planchas de impresión, fotografías, perfiles de postales y hallazgos de manuscritos con trazos de planos y de letras desunidas en los mapas de los vencidos y de los vencedores. Estábamos frecuentemente ante su mundo del río Unare y de toda esa gran extensión que iba más allá, hacia las desembocaduras del Neverí y del Manzanares. Percibíamos los sueños indetenibles en aquella voz pausada y dolida que nos iba contando, paso a paso, los desordenados asaltos al territorio, las guerras breves y las guerras lejanas ante el paso de las lluvias tormentosas, porque sin saberlo vivíamos del ruido inacabable de la muerte. Era la desenvuelta palabra mágica del narrador minucioso que nos respondía seguro y amable, ante cualquier pregunta que tuviéramos a bien hacer.

Alfredo, como simplemente le decíamos, nos obsequió siempre con su memorioso discurso, con su testimonio infinito, allá en Colinas de Bello Monte. Era el omnipotente conversador de intensa palabra que explicaba el origen entrañable de cada pedazo del país, de nuestro país de soledades y de acosos. Su obra, más allá de las frases dichas con voz propia, se multiplicó en escritura ardiente, en transmutados relatos de gran fama, traídos al terruño que fue Clarines y el territorio del Unare. Desde Los cielos de la muerte hasta Los desiertos del ángel, dejó más de treinta libros a las generaciones que le seguían y entre muchas revistas que editó y cientos de crónicas en semanarios y periódicos de circulación diaria, espesaría la solidez de una obra literaria magnífica. A la hora de su fallecimiento en Caracas, en noviembre de1990, a la edad de 69 años, su nombre destacaba entre los renovadores del cuento venezolano, y el inventario de su imaginación tendría un especial significado entre los creadores de ese género literario en América Latina.

Fluían anchas nuestras conversaciones en ascenso, con la descripción del dolor y de la alegría, como solo él sabía hacerlo, y podíamos pasar horas, simplemente escuchándole, del comienzo al fin, una tras otra cada historia inalterable en sus labios de maestro. Así era Alfredo, y en nuestros viajes repetidos a Caracas, para sumergirnos en la pertenencia de su vida y en sus disgustos con la época cegadora que le tocó mirar en los últimos años, fuimos consolidando cada día más aquella especial amistad.

Además de encontrarnos frente a tantas guerras de la patria, era común citar la relación de familia, los cruces de los Armas Bellorín, de los Armas Cañas, de los Armas Itriago y de los Armas Chacín. Rafael Armas Chacin, el padre y Mercedes Alfonzo Rojas, la madre de Sabana de Uchire. Otros temas de conversación, la fiereza de cumanagotos, chacopatas y palenques ante los intentos de colonización en las costas de Maracapana, desde Cumaná al río Unare, la valentía del cacique Cayaurima, y de tantos otros líderes rebeldes, la increíble historia de la isla de las perlas, las propuestas fundacionales de Francisco de Vides, con un título de gobernador y capitán general por dos vidas y licencia para repartir tierra entre los pobladores procedentes de las regiones andaluzas y extremeñas del viejo continente. Así iba pasando el tiempo, y de la provincia de Huelva, de Trigueros, de Aracena, de Beas, donde tienen escondida una Virgen de Clarines, llegarían a estas costas los primeros pobladores en esos dos barcos, Nuestra Señora de la Concepción y Nuestra Señora del Rosario, para mezclarse con los aborígenes de Aripata y dejar una huella en la ciudad fundada con 60 vecinos españoles el 7 de abril de 1594. Fue Nuestra Señora de Clarines, que sería mudada una y otra vez, hasta convertirse en el San Antonio de Clarines, antiguo fortín fundado por el Capitán Bravo de Acuña en 1667, y años más tarde, sitio de misión de los frailes observantes. Resultaría ser el mismo Clarines inspirador de leyendas, donde nace Alfredo Armas Alfonzo un 6 de agosto de 1921.

En complicidad con un fotógrafo nacido a orillas del mar Mediterráneo, en Almería, España, el inolvidable Sebastián Garrido (El Torero) y con el diseñador de origen chileno Mariano Díaz Bravo, además de otros seguidores, Alfredo Armas Alfonzo en Cumaná saca adelante una de las empresas de cultura más significativas del país. Viene de nuevo a la vieja capital que lo expulsó con el terremoto del 14 de enero de 1928 y aquí establece las bases de una Dirección de Cultura de la Universidad de Oriente, desde el año 1962, hasta el momento de su regreso a Caracas en 1968. Crea los talleres gráficos de la universidad y desde esa imprenta se dan a conocer miles de ejemplares de distintos libros y revistas de circulación regular, como fue el Oriente Universitario y la propia revista de cultura Oriente. Se entrega de lleno a promover todas las formas de expresión de arte en la región, otorgándole especial significado a los elementos propios de la sabiduría popular. Los nombres de Luis Mariano Rivera, María Rodríguez, Atanasio Rodríguez (Chigüao), Daniel Mayz o del negro bolivarense Alejandro Vargas, no son ajenos a la importancia de su gestión. “Yo tuve que sentarme con Daniel Mayz una de esas tardes de luz de Cumaná, de amor a Cumaná, de olor a nísperos y mangos maduros de Cumaná en Quinta Tobías, para enseñarle a Don Daniel a poner su firma, eliminando incluso letras: “D. Mayz”, y llevarle la mano al viejo, una y otra vez, hasta que nos doliera el brazo a él y a mí, y así aprende Don Daniel a firmar para estampar su nombre en la nómina de cheques. Habría que mencionarlo como un hecho que Luis Manuel Peñalver permite, porque cuando él me dice: “Alfredo, tú me propones el nombramiento de un hombre que es analfabeta como docente de una universidad, a mi me parece hermoso, pero entiende que…yo te lo firmo gustosamente y te lo voy a firmar, pero… ¿no nos reclamará esto la historia?” y Luis Manuel Peñalver firma como rector de una Casa Universitaria el nombramiento como profesor de música de Don Daniel Mayz. ¿Qué significa eso? Significa el rescate de uno de los valores musicales tradicionales de la cultura de nuestro oriente de más belleza, de más contenido, de más importancia. Daniel era un músico culto, autodidacta, de la mayor significación en la historia musical de nuestro país. Y cuando se muere Don Daniel, se muere un hecho de verdadera grandeza de la cultura de nuestro oriente. Fue profesor universitario y vivió los últimos años de su vida gracias, pues, a aquel recurso que no era sino una miserable manera de pagarle de algún modo lo que él había aportado y dado a la cultura musical…”. Esa confesión que Alfredo Armas Alfonzo le hizo alguna vez a Ramón Ordaz, durante una entrevista para el Oriente Universitario, era parte de lo que repetidas veces hablábamos allá en Colinas de Bello Monte, el significado hermoso de lo que el pueblo creador concibe, y la necesidad de respetar y darle apoyo a esas culturas ancestrales, prohibiendo con severidad cualquier intento deformador, al que se han venido acostumbrando los falsos gerentes culturales, en una lamentable confusión de lo popular con la vulgaridad, cuando los discursos toman otros giros.

Desde El Tigre o desde Cumaná, siempre los encuentros frecuentes con Alfredo, los entendía como parte de una escuela, no eran simples andanzas. Tiempo más tarde, me correspondería entregarme en la misma universidad, “la casa más alta”, a la tarea de impulsar la cultura a favor de los más desposeídos, y fue su nombre el que tuve en cuenta a la hora de tomar la brújula para definir un camino de pueblo entre los linderos universitarios, lo que llamamos entonces una etapa de reafirmación, y entre los años setenta y los ochenta, nos ocupamos fundamentalmente de eso, de hacer valer aquel lema que citábamos con orgullo: “Del pueblo venimos, hacia el pueblo vamos”.

El autor con Alfredo Armas Alfonzo en Colinas de Bello Monte. Caracas. 1986.
Credito: Rafael Salvatore




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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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