Del país profundo: Sixta Marrero entre los negros Kimbánganos de Guárico

Al acercarnos a la historia de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, documentada con significativos aportes por Lucas Guillermo Castillo Lara, nos volvemos a encontrar con el torbellino de siempre entre esos caminos que no tienen fin, el suplicio de nuestro pueblo, “la cuota de sangre negra en los llanos guariqueños”, la dolorosa peregrinación de hombres y mujeres esclavizados donde tuvo acento especial la herencia de África relacionada a la famosa sublevación del héroe Andresote en Yaracuy,“el paraje muy remontado en que practicaban su alzamiento valiéndose al mismo tiempo del asilo de una Cumbe…”.

Se esparcieron entre los chispazos de las profundidades llamadas en un principio llanos de Caracas. Seguían hacia tierras lejanas con el sueño de los que predicaban el catolicismo. Fray Salvador de Cádiz y Fray Tomás de Pons en aquellos tiempos de la Compañía Guipuzcoana imaginan la fundación de un pueblo de esclavos que pueda alimentarse del cristianismo. Bajo la promesa de libertad atraviesan distintas rutas del llano casi dos centenares de cimarrones que llegaron a creer en la palabra de la iglesia apostólica. Venían del tormento de las minas de Aroa y sus proximidades en Nirgua y cogieron llano. El sueño no se cumplió y se regaron por esa inmensidad los fugitivos. Algunos siguieron muy lejos hacia el sur buscando el Orinoco y otros, siempre rebeldes, encontrarían asiento en las proximidades del río Orituco.

Este es solo un ejemplo de lo que antecede a una diáspora tan visible en el nuevo continente. Se organizan las familias a lo largo del tiempo. Se mezclan las sangres y aparecen grupos sociales vinculados a la iglesia. Llevan portabanderas y capitanes que toman las plazas de los pueblos y se aferran al culto de alguna imagen del catolicismo. Es la santa hermandad amparada en la fe para consolidar su organización y hacer pública la huella lejana de un culto que generaciones anteriores sembraron entre distintos colectivos.

Con la inclinación de aquel sueño en la memoria, andando el tiempo quise aprender más del sinfín de compuertas que tiene el recuerdo de la palabra África entre los guardianes de antiguas costumbres llaneras y así caminé por un costado de Guárico entre Nuestra Señora de Altagracia de Orituco, San Rafael, San Francisco Javier de Lezama y llegué un día al lado de Sixta Marrero quien me dice: “Yo soy descendiente de esclavos y de esas familias casi todos murieron, por eso la única que queda dando el detalle soy yo…”, y me nombra a Tocoragua y al sitio donde ahora vive llamado Acapral, que sirve de resguardo a la imagen de un San Juan Bautista milagroso. Allí comenzamos.

“Resulta que a uno de los dueños de Tocoragua lo llamaban Juan Marrero y era un hacendado que le compraba esclavos a los españoles para la producción de la caña y con ese mismo apellido Marrero marcaban a todos los esclavos y los obligaban a tener el apellido de él, Marrero, por eso es que hay mucho Marrero. Éramos tres hermanos, Daniel Marrero, Felicia Marrero y yo que me llamo Sixta Marrero, pero me dicen “Tita” y soy la única que queda viva de esa generación. Mi mamá se llamaba María Marrero y mis hijos todos son Marrero, Héctor, Félix, Guillermina y Rogelio que se me murió. De allí venimos, de Tocoragua que era una gran hacienda con casas y bodega y por allí pasaba el río Orituco. Fue el lugar donde nací yo un 4 de enero de 1939 y fue el lugar donde encontraron a los negros kimbánganos…”.

Se siente como una trifulca donde hacen su aparición los machetes en fila. Gritos y ráfagas de los saltos a semejanza de una batalla. Carcajadas y palabras de rebeldía de los que bailan frente a una imagen envuelta en un gran misterio. Son los negros kimbánganos de Lezama que dejaron su ombligo en Tocoragua. Hombres y mujeres que celebran a un San Juan Bautista cada 23 y cada 24 de junio. Coro de voces que van de un sitio a otro en romería y juegan con carbón y golpes de tambor en gran fraternidad, juegan con el trance abreviado. Tributarios y redimidos serían los antepasados de este tipo de ofrecimientos en honor al santo. Ahora los lazos ceremoniales comprometen la provocación de la mujer invocadora que estalla de furor entre los pasos dominantes de la jinka. Un hombre vencido en la lucha debe revivirse con la perennidad del cuerpo femenino levantando sus faldas. Siguen dando tumbos los concelebrantes.

Cuenta Sixta Marrero que Tocoragua tenía montañas donde salían encantos. “Allí había de todo, había la madrevieja por donde brotaba el agua clarita, eso era un manantial donde los esclavos se bañaban y un día un esclavo salió de la reunión de todos a cazar en la montaña. Cuando viene de regreso ve un samán y ve un reflejo con la cara de un santo, una imagen pues, entonces sale corriendo a avisarle a los demás esclavos que no le creían, hasta que de tanto insistir todos fueron a ver el samán. Todavía ese samán está igualito en el mismo sitio. Entonces llegaron los esclavos y le cantaron a ver si bajaba la imagen y llegó uno de los esclavos más viejos que inventó tocarle los tambores y así fue como le pudieron ver la cara al santo, lo recogieron y se lo llevaron al dueño de la hacienda Juan Marrero que le puso ese nombre como el de él, Juan, San Juan lo bautizaron y le quitó la imagen a los esclavos y le mandó a hacer un nicho, ese San Juan lo tiene la hija mía Guillermina Lorenza Marrero allá en Acapral, pero primero lo tenía un tío mío llamado Julián Marrero. Eso viene de generación en generación y el dueño del tambor se llamaba Bonifacio Marrero…”

“A nosotros los negros kimbánganos no nos permitían entrar a la iglesia, el dueño de Tocoragua lo tenía prohibido, por eso es que llevamos al santo en su altar a la plaza Bolívar de Lezama y el padre le ofrece una ceremonia mientras nosotros estamos fuera de la iglesia. Allí le hacemos su fiesta. Los negros kimbánganos existen porque había un esclavo que lo llamaban kimba, pero kimba también es el machete de trabajar y ese negro kimba era muy peleador y cuando estaba fajado con otro, los demás esclavos le decían “a que no lo tumbas kimba, a que no lo tumbas” y todo el mundo se quedó con ese nombre kimba, pero kimba además es el nombre de la lucha a machete entre los varones cuando celebramos al santo con esos bailes que tienen tres partes, el lucero, el redondo y el yo yo que es el que se hace con el machete como si se quisieran sacar los ojos en la lucha, “o yo yo que te saco los ojos”. El yo yo es el más fuerte y allí es donde aparece la jinka que es cuando la mujer le envuelve la cabeza al hombre y cae al suelo, porque la mujer es la que los aparta en esa lucha de kimba…”

Antes de separarme de Sixta Marrero, aquella mujer de pequeña estatura que no oculta sus recuerdos de infancia, quise saber más de su vida cotidiana y me fue contando como se hacía la melcocha y el papelón entre los grandes cañaverales, como pescaba los bagres con anzuelos en el Orituco, como pilaba el maíz y molía y cocinaba en fogón de leña y como cargaba el agua en taparas sobre su cabeza. Ella enciende su mirada y va remachando cada pregunta que le hago con el ímpetu de las palabras de combate. “Yo no me ameno de ser kimba” y se despide de todos con una inmensa risotada.

Sixta Marrero en Lezama. 2017
Credito: Rafael Salvatore











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Benito Irady

Benito Irady. Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas

 irady.j@gmail.com

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